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Dani Navarro, la importancia de seguir estando

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
Dani Navarro, la importancia de seguir estando

La mirada de Kenny Elissonde se filtra bajo la bruma hasta cruzarse con la suya. No hace falta intercambiar una sola palabra para entender que están en una misma cruzada. Un dos contra uno. Una guerra prácticamente perdida. Valverde es consciente de ello. Los ataques de Dani se lanzan mudos, siendo rápidamente repelidos por el murciano. Los de Elissonde, tampoco llegan muy lejos.

Desde el coche, Christian Guiberteau, su Director, poco puede hacer. Anima a su pupilo con un “Allez, Dani!” que se desinfla ante la autoridad del corredor de Movistar. Quedan lejos los esfuerzos de Nacer Bouhanni en el anterior puerto. Nadie se lo pidió, pero, por el aprecio que se procesan, decidió estirar el grupo para él. A pesar de ser esprínter. Aunque aún vistiera el maillot de líder.

La niebla ha convertido les Montes d´Olme en un túnel acendente. En una espiral de jadeos que curvean el coloso pirenaico buscando la pancarta del último kilómetro.

Dani sabe que corre para hacer segundo. Los perseguidores ruedan a más de un minuto, pero Valverde lleva años intratable. Aun así, sabe ver el ciclismo con relatividad. Se lo dijo una vez un gran amigo, el ex ciclista Egoi Martínez. Que se olvidara de la presión. Que, en las carreras de tanto nivel, siempre habría alguien igual o mejor que él en una escapada. Que el ciclismo profesional ahoga cuando se practica, pero que falta cuando no se tiene. “Dani, cada pedalada, hay que merecerla, sufrirla, pero disfrutarla también”.

Hace muchos años, se topó de bruces con ese consejo.

Manolo Saiz le dio la alternativa en profesionales, en 2005. Pasó de ser aquel escalador que tanto prometía en amateur a un tímido asturiano compartiendo concentración en Cantabria con las grandes estrellas del pelotón nacional de la época. Joseba Beloki, Roberto Heras, Igor González Galdeano... Todos debatían distendidos en sobremesa tras una lluviosa mañana de entrenamiento. Él apenas articulaba palabra. Su timidez le impedía participar en la conversación. Se limitaba a observar, junto a Alberto Contador y Luis León Sánchez, los más jóvenes del equipo, con los que hacía piña. Atreviéndose a reír tímidamente el día que Ángel Vicioso les dio un susto con unos petardos.

Saiz se percató de ello. Un día se acercó a Dani: “Chico, esta gente tampoco quiere que seas el ´alma de la fiesta´. Yo he fichado a los mejores, y entre ellos estás tú. Tu trabajo será tu arma de integración. Y con ella vendrá el respeto”. Dani se lo tomó al pie de la letra. Manolo le imponía. Desde el Trofeo Lluis Puch estuvo siempre trabajando en cabeza del pelotón. “Este chico tiene madera, llegará lejos”, oía decir a sus grandes líderes tras cada carrera.

Pero el destino pudo haberle jugado una mala pasada. El Líberty de Saiz desapareció. Y, siendo aún un desconocido en el ciclismo, veía los meses pasar sin una oferta de continuidad. Rondó por su cabeza la idea de retirarse. La mano, en cambio, se la tendió un paisano. Chechu Rubiera le dijo que su agente, el ex ciclista Tony Rominguer, le había encontrado un hueco en Astana, equipo que se acaba de crear a través de otro suizo, Marc Biver.

Tiempo después, varios corredores de la confianza de Johan Bruyneel se unieron al equipo, entre ellos su amigo Alberto Contador. El madrileño comenzaba a desarrollar una carrera que se intuía meteórica, arrastrando consigo a Dani. Sobre todo, en el Tour de Francia. Dani aprendió a amar esa carrera. Por su repercusión. Por la dureza. Porque llegaba a paralizar un país como ninguna otra prueba. En 2010 llegó a la ronda gala en un punto de forma idóneo. Famélico en lo físico, pero hambriento en lo mental. Semanas antes, había ganado su primera carrera, en una de las etapas de la Dauphiné Liberée, antesala del Tour. Ganó porque Alberto, su amigo, le dijo que ese día la etapa era para él. Que se olvidara de escoltarle porque tenía que gozar de libertad ese día. “¡Coge a los de la escapada, que la `vas a liar ´!”, le retó.  Dani ganó con autoridad.

La misma con la que, en aquel Tour, en cada puerto, apretaba los dientes para que los escogidos de esa edición se retorcieran tras la rueda de Alberto. Para que su amigo consiguiera dar una estocada final. Costó mucho. Andy Schleck se aferraba a él en cada etapa. Por eso, cuando el último día, Dani y sus compañeros escoltaron a Contador en los Campos Elíseos sintió que todo había merecido la pena.

Pero, un año antes, Dani pudo hacer también realidad uno de sus grandes sueños. Conocer y compartir equipo con, para él, uno de los grandes corredores de toda la historia. Lance Armstrong, que había anunciado su vuelta a la competición en 2008, disputaría el Giro de 2009 junto a él, en Astana. Imposible olvidar aquel momento. En aquella mesa. Lance siempre cenaba junto a una copa de vino. En su justa medida. Metódico: “¿Chico, vienes con ganas de pelea al Giro?”, le preguntó el americano. Dani apenas acertó a balbucear monosílabos. Su presencia le intimidaba. A la vez, le envolvía su carisma. Su madera de líder. Y se sentía integrado por él.

Años después, en 2012, llegaría el cambio al Saxo Bank. Siguió trabajando para Alberto en un equipo regido por la frialdad de Bjarne Rijs. Dani sólo supo que su trabajo había sido bueno cuando el Director danés le envió un mensaje de agradecimiento. Hasta entonces, tan sólo órdenes que siempre era acatadas con humildad y trabajo.

En 2013, en cambio, llegaría su decisión más importante. Se sentía bien. Lo suficiente como para adquirir galones. Para dar el paso como líder de un equipo. Yvon Sanquer, con quien ya había coincidido en Astana, le mostró toda su confianza para llevarle a Cofidis: “Dani, conmigo vas a poder moverte con libertad”, le recordó.

Dani acertó. Cofidis le tendió la mano en su victoria más importante, la etapa de la Vuelta de 2014 con final en Cabárceno. La noche anterior, llamó a su ex director en amateur, Juan González, para que le explicase cómo era el final. “Son tres kilómetros duros, pero si atacas desde abajo, llegas”, le filtró rotundo. Aquel día, Dani comenzó la etapa con malas sensaciones. Sin embargo, a falta de 20 kilómetros, cuando la Française des Jeux trabajaba para Bouhanni, sintió como su cuerpo cambiaba de mentalidad. Su compañero Christophe Lemevel se percató de ello y le colocó delante del grupo al pie de la ascensión. “Tu vas y reussir (lo vas a lograr)!”, silbó el francés. Dani dejó que otros le abrieran camino. Luego, arrancó fuerte. Tanto como para saborear los metros finales. Para gritar victorioso bajo la línea de meta.

Pero con Cofidis también sufrió el amargor del Tour. En la edición de 2016, gozando de libertad absoluta, a punto de terminar la carrera, había rozado el triunfo de etapa hasta en dos ocasiones, siendo tercero en ambas. En el pelotón, entre periodistas, se rumoreaba que subiría al podio final de París como ganador del premio al corredor más combativo. Su sueño desde los 12 años. Hacer algo grande en el Tour. Sin embargo, a falta de dos etapas, sufrió una dura caída. Tuvo que abandonar.

Ese día volvió a sentir el amargor más cruel del ciclismo. La necesidad de darse un tiempo para curar las heridas con las que a veces te raja el ciclismo. Aquellas que sólo los más próximos saben aliviar. Como le decía Egoi Martínez: “desconecta con los tuyos cuando puedas. La presión nunca abandona al ciclista. Aunque la echarás de menos cuando te retires”.

Dani nota como Valverde ha bajado una corona. Como mide su distancia. Elissonde y Dani vuelven a observarse. Saben que ninguno de los dos corre para ganar. El murciano está intratable. Desaparece bajo la niebla con un contundente golpe de riñon. Sólo la silueta de sus brazos en alto saliendo de la bruma despeja las dudas del espectador. Dani, encorvado por el esfuerzo, cruzará la línea en segundo lugar. Aturdido. Orgulloso a la vez. Sigue viendo el ciclismo pasar por sus piernas. Pero a primer nivel. “Siempre habrá alguno igual o más fuerte que tú”, le decían. Pero lo importante, es seguir estando.

Rafa Simón

@rafatxus

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