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Gonzalo Serrano, la decisión que cambió todo

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
Gonzalo Serrano, la decisión que cambió todo

“Sorry, sorry”, le silban. Intuye una voz conocida. Entrevistada mil y una veces en televisión. Se gira un segundo. Una estela espigada pide paso por un lateral. Educada. Fugaz. Chris Froome le sobrepasa como una flecha. Imperial. “Thanks”, recibe al apartarse. En décimas de segundo el británico se pierde por los puestos cabeceros del pelotón, arropado por su séquito de hombres de confianza. Él permanece unos metros por detrás. Admirado. Si Sebastián lo estuviera viendo.

Gonzalo se lo dijo hace unos días a sus amigos, tomando un Café, en Malasaña, en pleno corazón de Madrid. Que correría con el inglés en la Vuelta a Andalucía. Aunque ya lo sabían. Bromearon con él. Por sus nervios. Por su delgadez. Él sonreía frente a su café. Bajo su gorra oscura seguía estando el mismo chico soñador, el que, desde hace años, deseó correr algún día junto al británico. Ser profesional.

Se lo prometió a Sebastián, su abuelo y Javier, su padre, le regaló una bicicleta como señal de confianza ciega. La que tenía antes se la había devuelto hace tiempo al equipo Froiz. Porque el año no estaba siendo bueno. Ni equipo, ni corredor, se comprendieron nunca. Y porque ya no quería ser ciclista. Para qué. Apenas había equipos a los que optar en profesionales. Decidió refugiarse en otras cosas. Romper con el mundo de la bicicleta. Para pensar. Ni una sola pedalada en seis meses.

Fue entonces cuando, en 2015, en un mes de enero, Miguel Ángel Hurtado, director del Cartucho.es, le llamó. “Gonzalo, tenemos un equipo modesto, pero de gente trabajadora. Tú sabrás si lo quieres liderar o no”. Le convencieron. Por eso aceptó la bicicleta de su padre. Porque tanto Miguel como Rodríguez Magro, mánager del equipo madrieño, le dijeron que si cambiaba esa cara y volvía a ser él, correría junto a Froome algún día. Así haría féliz a su abuelo.

El primer entrenamiento pudo costarle la ilusión. En el kilómetro 50 tuvo que ser llevado a empujones por sus compañeros. Acalambrado y fuera de peso, era incapaz de seguir el ritmo del grupo. Pidió un tiempo de aclimatación. Dos meses después ya era un habitual de los ataques. El año siguiente, llegarían las primeras victorias importantes.

Al terminar la temporada, a pesar de su ímpetu, de su afán por ser profesional, Magro y Miguel le aconsejaron esperar un año más en amateur, aceptar la oferta del equipo filial del Caja Rural. Crecer despacio.

Gonzalo hizo valer la confianza depositada en él. En 2017 se adjudicaría una de sus grandes ambiciones, la Copa de España. Entonces, José Miguel Hernández, uno de los directores del equipo, le dijo que no tendría problemas para pasar a profesionales con ellos el año siguiente. Primero probaría como stagiaire del primer equipo corriendo los Tours de Utah y Colorado ese verano. Para probarse en condiciones. No defraudó.

Pero el contrato para pasar profesionales llegó tarde. Con 30 días de retraso. Se lo entregaron tras una cena del equipo filial. La alegría no era completa. Sebastián, su abuelo, había fallecido hace un mes. Le había acompañado desde los seis años, cuando le inscribió en el Velo Club de Portillo. Estuvo presente en casi todas sus carreras. Sin embargo, nunca pudo ver su firma estampada en el sueño que ambos compartían.

Gonzalo jamás pudo contarle que debutó como profesional en la Challenge de Mallorca. Que apenas durmió la víspera. Por los nervios. Que a pesar de que Miguel Ángel Benito, su compañero de habitación, trató de calmar sus dudas, tenía miedo de no poder estar a la altura, porque, encima, llegaba enfermo.

Le hubiese contado que apenas aguantó un rato en el pelotón.  Porque sintió como le daba la vuelta al cuerpo. Que se decidió a seguir la estela de un grupo cabecero. Para disfrutar del aplauso personalizado. Del reconocimiento del público a una escapada. Por cada pueblo por el que pasaron.

Pero la vida son momentos. Unos de superación. Duros. Otros para disfrutar. Eternos. Relatos ante un café. En una tarde entre amigos, en un bar de Malasaña donde Gonzalo, un poco enrojecido, recibió elogios de sus amigos. Los de toda la vida. Los que saben que alguna vez, no todo iba tan bien. Hoy se enorgullecen haciéndole recordar sus “chepazos” junto a Sylvain Chavannel, aquel corredor que tantas exhibiciones hizo en las clásicas y que ese día vio tan de cerca en la Estrella de Bessegés. Le vieron pasar de la agonía, del desprecio del aire cuando silba de costado, a remontar con fiereza en las traicioneras cotas del Ródano hasta ponerse junto al francés.

También saben que aquel día que se acercó a ver pasar la Vuelta a España por la Sierra madrileña, deseó con todas sus fuerzas ser cualquiera de los participantes. Y no un desconocido amateur al que nadie prestaba atención. Ahora tiene repercusión lo que hace. Gente que no conoce ya le marca objetivos. Como correr una Vuelta a España. Son conscientes de que no importa si no la corre este año. Porque, de momento, el que la ganó el año pasado, el británico que tantas gestas habían visto hacer frente al Televisor, un tal Chris Froome, disputa la misma carrera que Gonzalo. Orgullosos de que su amigo tomara la decisión acertada. La que cambió todo.

Rafa Simón

@Rafatxus

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