Natural de Rennes, pero de origen español como denota su apellido, Marc Gómez daba la gran sorpresa del arranque ciclista de mil novecientos ochenta y dos imponiéndose en la Milán- San Remo. Su victoria llegaba pocas semanas después de haber debutado como profesional a los ¡veintisiete años! en una jornada marcada por la lluvia y el frío iniciales, a los que seguiría un cambio brusco de las condiciones tras alcanzar la costa de la Liguria, donde kilómetros después se ascendió por primera vez hasta Cipressa buscando añadir dificultad a los kilómetros finales de la Classicissima.
Gómez consiguió alcanzar en solitario el mítico cruce de la Vía Roma con el Corso Augusto Mombello y levantó el brazo derecho y un dedo de la mano, dibujando un uno como homenaje -según sus palabras- al famoso gesto que había realizado Eddy Merckx para conmemorar su séptimo éxito en este escenario. Momentos antes, al inicio de la bajada del Poggio, había conseguido desembarazarse de su compatriota Alain Bondue, quien resbaló en la primera curva al comienzo del descenso, perdiendo unos pocos metros y segundos que acabaron resultando decisivos en la meta.
El éxito de San Remo no sería, sin embargo, el único al máximo nivel de este hijo de exiliados cántabros llegados a Francia desde Torrelavega. Un año después se impuso en su Campeonato Nacional y tras dos temporadas posteriores al servicio de Bernard Hinault, a quien ayudó en su quinta victoria en el Tour de Francia, viviría un exitoso ciclo en nuestro ciclismo integrado en el Reynolds navarro, al que dio dos victorias de etapa en la Vuelta a España de mil novecientos ochenta y seis, en la que además se presentó en la tierra de sus padres vestido de líder.
Marc Gómez nunca fue un ciclista al uso. Su tardío salto al primer nivel fue consecuencia de una aproximación muy distinta a la de sus contemporáneos. Pese a ser un destacado ciclista en las categorías inferiores, priorizó los estudios y obtuvo incluso un diploma universitario en Informática. Lo de ser profesional estaba fuera de sus objetivos y le hacía pensar diferente del resto del pelotón aficionado, donde llamaba la atención con su imagen nada convencional, en la que a sus obligadas gafas sumaba las piernas sin depilar y una barba inhabitual para la época que, según cuenta, respondía a una apuesta realizada consigo mismo tras perder una prueba por etapas ante Marc Madiot.
Incluso después del gran triunfo en San Remo, su discurrir escapó de todo convencionalismo ante la obligada marcha de su director, quien partía de inmediato hacia Francia y le pidió que cogiese el coche del equipo para desplazarse hasta Ovada en sentido inverso a la carrera. Allí, en un puesto de carabinieri, esperaban pegados a un radiador y todavía con la ropa de competición tres de sus compañeros del Wolber que habían abandonado mediada la prueba. Enterado de la circunstancia, el alcalde de esta villa piamontesa no dudó en acogerles y agasajarles, entregando una placa conmemorativa al propio Marc Gómez, que además fue nombrado hijo adoptivo esa misma tarde.
