"¿Pero cómo lo vas a dejar, si todavía tienes buen nivel?", le dijo el año pasado Ari, su pareja. Este año tuvo que volvérselo a repetir. Shinya Sato, el Mánager del equipo, fue todavía más explícito. Le dijo que era un ejemplo para la sociedad japonesa, que servía para motivar a la gente mayor a que hiciera bicicleta. No necesitó más.
Benjamí siempre ha funcionado así, con impulsos desde la desgana inicial. Con la premisa de “si veo que voy mal, lo dejo”, hasta que los resultados, que se iban sucediendo, le obligaban a cambiar el chip.
Su carácter, tan peculiar como desenfadado, le describe desde niño. Con 15 años el padrino de su pareja le apuntó a una carrera de Mountain Bike, que podría haberla corrido como también lo hubiera hecho en una prueba de natación, atletismo o baloncesto. Se le dio bien y por eso decidió competir, pero un chico le dijo que tenía más futuro hacer bicicleta de carretera, así que rápidamente cambió de idea. Además, salía a entrenar con Víctor Seguí, un chaval de su pueblo que corría con la selección nacional de pista y al que conseguía ganar subiendo.
Su primer dorsal en carretera no llegó hasta la categoría juvenil, pero, como se le daba bien, tampoco ponía ningún esfuerzo en la constancia del entrenamiento, lo que hizo que, al pasar a sub23, como sus padres prefirieron que estudiara a que se fuera a correr con un equipo vasco, se limitara a hacer lo justo con el equipo amateur de su pueblo, el Viveros Alcanar.
Por inercia lo acabó dejando hasta que, cuatro años después, como complemento al esquí que practicaba con el equipo del Ejército volvió a su antiguo club, encontrando mejor nivel que el que dejó. Sin embargo, a pesar de que sus resultados como amateur reflotaron, cada año escuchaba la misma cantinela de equipos continentales, que se ofrecían a reclutarle al año siguiente pero, que, al final, o no salían o algo se torcía.
Todo cambió cuando su amigo Yosuke, un japonés que corrió en el equipo amateur de su pueblo, le mandó un mensaje por Facebook que, curiosamente, solapaba el anterior, cuando dos años antes Benjamí le preguntó si podría probar suerte allí. “Benja, todo ha cambiado, el ciclismo comienza a ser interesante aquí, ven a probar”, le dijo a finales de 2013.
Desde entonces, su periplo japonés comenzó a cobrar forma. Se inició en el Matrix Powertag, donde corrió dos años (2014 y 2015), pudiendo incluso compartir equipo con su hermano Eduard, y luego llegó el Team UKYO hasta que la pandemia generó dudas en el equipo. Le dijeron que, si el proyecto seguía, debía quedarse a vivir en Japón, por si de nuevo surgía el impedimento de poder viajar. Benjamí se lo pensó tanto que, cuando quiso responder afirmativamente, el equipo ya había contratado a otro corredor aunque, tras recalificarse como aficionado en Rias Baixas primero y el Controlpack después, el UKYO le acabó recuperando a finales de 2022.
Sin embargo, el equipo nipón cambio de mánager en 2023 y el nuevo, recién llegado del Bahrain, le dijo que "era viejo y cobraba demasiado", invitándole a que se buscara nuevo destino que, afortunadamente, acabó encontrando con el modesto VC Fukuoka, también de categoría Continental, que hizo el esfuerzo de ficharle en las mismas condiciones que su anterior escuadra.
Benjamí es consciente de que su trayectoria es atípica, aunque nunca ha buscado excusas. Sabe que no se lo tomó en serio en su etapa de amateur, que lo de pesarse la comida y entrenar disciplinadamente no iba con él y que, cuando decidió actuar con seriedad, la treintena ya se había instalado en sus piernas, lo que, a pesar de dejarle conseguir grandes resultados hacía que, cada año, los equipos procontinentales se debatieran internamente entre los que avalaban su fichaje y los que pensaban que era demasiado "viejo" para recalar en el equipo.
A cambio, a sus 42 años, el ciclismo japonés le ha regalado grandes victorias como la general del Tour de Taiwan, que venció gracias al empeño que puso en él su entonces director en el Ukyo Pablo Urtasun. También ha ganado múltiples etapas, entre las que destaca la que le dio la victoria en la general del Tour de Ijén en la ascensión al volcán que da nombre a la prueba.
Lo cierto es que no sabe responder si el ciclismo le ha tratado bien o mal, porque, aunque aquellos segundos puestos en la Clásica de Ordizia o en la Japan Cup ante equipos del World Tour no le reportaron un contrato en Europa, a cambio ha encontrado otras cosas. Asia le ha dado vivencias que muchos corredores del World Tour nunca conocerán, como aquella disputa del Tour de China I que luego se encadenaba con el Tour de China II, donde los desplazamientos entre etapa y etapa eran de ocho horas de autobús por lo que, tras una parada en un bazar, decidió comprarse una colchoneta para dormir en el pasillo del autobús.
Tampoco se le olvidará el día que, antes de la disputa del ya extinto Tour de Flores, prueba celebrada en la isla de Indonesia del mismo nombre, llevaron a todos los participantes a nadar entre tiburones y a conocer la isla de Komodo, donde un dragón se escapó de la zona protegida y estuvo a punto de causarle un disgusto.
Sobre si seguirá o no otro año en el pelotón profesional, dependerá de lo que su novia, su Director o sus ganas le pidan. Si comienza flojo lo hará, si no, seguirá hasta que el cuerpo aguante. Y, si lo deja, se irá contento porque, a pesar de que su preparador aun le siga diciendo que puede dar más, se retirará con el cariño de la afición nipona y con el respeto de sus adversarios, aunque sus victorias, muchas, se hayan devaluado por haber llegado desde el virtuosismo de un “viejo”.
