En las concentraciones en altura los días pasan calcados. Fotocopias con 24 horas de duración necesarias para hacer un buen papel en las competiciones venideras: entrenar, comer y descansar durante tres semanas.
Inclinado sobre su plato de pasta, Joseba advierte su mirada reflejada en un vaso de agua. Sonríe aliviado con la imagen que proyecta. Está disfrutando de la comida. No siempre fue así.
Joseba siempre ha sido ansioso. De pequeño le dijo a su padre que quería seguir su estela y la de su tío, que quería competir, pero no le dejaron hacerlo hasta los catorce años. Desde entonces no paró, quería ser ciclista profesional, uno de verdad.
Años después, su progresión, como la de todo ciclista en el mundo, la frenó la pandemia. Obligado a permanecer en su casa empezó a obsesionarse con no perder la forma y, para ello, comenzó a controlar obsesivamente el peso. No quería engordar ni un solo gramo. Al principio se contentaba con no ganarlo pero, luego, empezó a pedirse bajar un poco cada vez. En tres meses perdió ocho kilos.
Tras la pandemia, en un Campeonato de España, a los 20 kilómetros su cuerpo se bloqueó de cintura para abajo. Incapaz de pedalear acabó cayendo por su propio peso cuando perdió la velocidad. Una ambulancia le llevó hasta donde estaban sus padres. Sentado en un banco, no podía entender que le había pasado hasta que, días después, se lo explicó un médico: su cuerpo había entrado en estado de anorexia y, para protegerse, dejó de utilizar las extremidades inferiores, por supervivencia energética.
Al terminar la temporada, fue aun peor. Su cabeza giró el rumbo completamente. Comenzó a excederse en sus comidas, a abusar de todo aquello que no se había podido permitir durante cada temporada. Los atracones se repartían a lo largo del día. Su madre le dijo que necesitaba ayuda, y juntos pudieron resolverlo junto a una psicóloga y un nutricionista.
Hoy eso ya no es un problema, a pesar de que el peligro siempre estará latente. Sus análisis son perfectos; además, tuvo claro que se curaría porque quería seguir siendo ciclista.
Sabe que al profesionalismo llegó porque si unos Nacionales le avisaron de su problema, los siguientes -en 2022- le auparon al oro, aunque el contrato con el Caja Rural no lo pudo firmar hasta finales de año cuando, tras una victoria en Zegama en septiembre, le dijeron que estaba hecho, lo que le puso fin a un periodo de presión que no recuerda con cariño.
Ser profesional le está dando muchas cosas. Tiene el cariño de sus compañeros del Caja Rural - Seguros RGA, a los que observa con detenimiento para asimilar todo lo que le puede hacer mejorar. Tiene claro que lo suyo es lo que no sale en la tele: subir agua a los compañeros, evitarles la mirada del viento para que puedan lucir al final... De hecho, uno de sus mejores momentos como ciclista fue cuando en el Tour de Limousin 2024 trabajó duro para que Orluis Aular y Jefferson Cepeda consiguieran sendos triunfos de etapa frente a otros equipos del World Tour.
Aunque, si le preguntaran por algo suyo, se acordaría de su victoria en Portugal, en la Clásica de Arrábida. Aquel día empezó torcido. Fue incluso superado por la ambulancia que cerraba la carrera cuando rompió su bicicleta. La de repuesto ni la había preparado, no tenía ni el soporte para su Garmin, que tuvo que llevar en un bolsillo del maillot. Pero aquel día nunca le dolieron las piernas y, cuando desde el pinganillo le dijeron que dejara de pensar en sus compañeros, que su grupo se jugaría la etapa, apretó los dientes con fuerza en un repecho final que, tras cruzarlo, le desmoronó en lágrimas recordando los momentos tan difíciles que había tenido que pasar hasta entonces para levantar los brazos.
Unas semanas después llegó la Itzulia. Aquel día llevaba muchos kilómetros en fuga. Pero, absolutamente todos, los hizo en compañía de algún aficionado, de algún amigo o familiar que vociferó su nombre a su paso. Conocía cada curva, cada charco de gravilla por el que no debía pasar. Por eso, cuando los jueces pararon la carrera porque en el grupo de favoritos una tremenda caída había obligado a detener la competición, su corazón empezó a palpitar con fuerza. A él y a los otros cinco escapados les dijeron que sólo ellos disputarían la carrera, que el resto del pelotón llegaría a meta neutralizado.
Aquel día, de nuevo su ansia le invitó a intentarlo en un todo o nada. Llegó a meta en sexto lugar, pero no se reprochó nada porque podría no haber estado allí.
El saludo de otro ciclista al pasar junto a su mesa parece rescatarle de sus pensamientos. Los días pasan lentos: entrenar, comer y descansar, pero son plenos en vitalidad, en dar sentido a su pasión. Hace unos meses su equipo fue invitado al Tour de Francia. Sabe que no estará entre los elegidos, porque cree que hay corredores que lo merecen más. A cambio, volverá a la Itzulia y conocerá las Clásicas de las Ardenas. Suficiente para seguir aportando al equipo. Alma noble, cuerpo obrero.
