Los consejos suelen ir avalados por los galones que otorga la experiencia. Otras veces, simplemente se reivindican para uno mismo. Andrea Mifsud, uno de sus compañeros por aquel entonces en el Nice Métropole Côte d'Azur, equipo continental francés, exclamó momentos antes de una carrera que ellos también merecían una victoria, que tenían dos brazos y dos piernas como el resto de corredores del pelotón.
Paul lo escuchó mientras se colocaba la emisora bajo su maillot. Aquellas palabras le motivaron, tocaron en las puertas de su ego. Lo cierto es que sus brazos son distintos de los de muchos ciclistas. Están abrasados en tinta. Dice que son la extensión de su cuerpo, de su mente. Desde sus hombros hasta las muñecas bajan multitud de símbolos que describen a un muchacho influido por la escena musical que vive. Desde rock y tecno, pasando por todo lo electrónico. No conforme con eso, su pelo corto brilla en dos colores, rubio oxigenado y moreno. Pero todo aquello, incluidas las amplias perforaciones en las orejas y un bigote no pueden ocultar un rostro aun aniñado.
El proceso ha sido relativamente reciente. Años atrás, cuando decidió seguir la estela de su padre, su aspecto era ajeno a su metamorfosis actual. Aun recuerda verlo salir por la puerta de casa vestido con la equipación del equipo amateur para el que corría. En realidad fueron muchas puertas. Paul y su familia se han mudado varias veces. Luego fue su padre el que tuvo que cambiar la bicicleta por la moto para apoyar a su hijo en los entrenamientos de velocidad.
Siempre quiso ser escalador, pero su cuerpo tenía otros planes. Mientras él soñaba con triunfar en la ascensión a un puerto, lo que se le daba bien era lanzarse en los sprints. Fue entonces cuando decidió obedecerle. Olvidarse de los frenos y someterse a la adrenalina de las llegadas masivas.
Su trayectoria fue igual de rápida. Sin paso previo por el campo amateur, el modesto Nice Métropole le reclutó con tan solo 18 años. Su primer año en el profesionalismo fue duro. Alguien le dijo que aquel año sería peor que el corredor más flojo que identificara en el pelotón. A cambio, ver a muchos de sus ídolos le generaba ánimo porque imaginaba que ellos, en algún momento, también habrían pasado por aquella etapa.
Su ciclismo ha sido siempre el de la obra, el de ver desde abajo las edificaciones de los equipos grandes. El de un calendario modesto, pero lleno de vivencias. A cambio, recuerda haber podido subir a un camello en el Tour de Argelia o haber pasado por una autopista repleta de militares en el Tour del Kosovo. Algunas de aquellas pruebas le ayudaron a levantar los brazos, como ocurrió en el Tour de Marruecos. Otras más reputadas, como los Cuatro Días de Dunquerque o el Tour de Loira, mostraron que no se iba a confirmar con brillar en citas más humildes.
Gracias a ello, el Euskaltel - Euskadi se fijó en él a finales de 2024. La alegría vino en buen momento ya que, justo unos días después, no pudo evitar una enorme piedra en la carretera que le hizo caer al suelo, rompiéndose la pelvis.
Entonces tuvo miedo, dudas. Le angustiaba simplemente el hecho de no saber si podría volver a caminar con normalidad. Afortunadamente, su tesón hizo el resto, empujando a uno de sus brazos tatuados a firmar aquel contrato cargado de responsabilidad. Se le pidió hacer puntos para el equipo. Dejarse el alma en un buen sprint. A cambio, sin apenas hablar español ni euskera, el equipo le integró como si fuera uno más.
Jon Aberasturi fue el hombre en el que encontró la pausa que necesitaba. El alavés le dio un consejo basado en la veteranía, no en la reivindicación. Le enseñó a esperar su momento, a no perder energías en vano. En el ciclismo los buenos disparos están contados en la culata de las pistolas que manejan los ciclistas modestos.
Sin embargo, aquel día, su bala tenía un tacto especial. No era como las demás. El Tour de Taiwan no estaba resultando fructífero. Sentía que su demarraje siempre llegaba tarde. Pero ese día olía diferente. Su mirada estaba cambiada. Su sprint volvió a lanzarse tarde. El treno del Israel le impidió una buena colocación. A cambio, la fuerza que imprimió a las bielas fue distinta. Como si hubiese recordado las palabras de Andrea Missú, sintió que sus brazos y piernas eran igual de fuerte que las del resto de hombres rápidos. Quizás algo más. Siempre dice que explicar la sensación de una victoria sólo la puede entender quien haya experimentado lo mismo. Lo cierto es que las victorias, lo mismo que su estética, podrán llegar a ser una extensión de si mismo.
