Así se gestó el arcoíris de Valverde

La concentración en Sierra Nevada fue la clave para el éxito pero, ¿qué sucedió allí? Entrenos, bromas, mucho descanso, un avión perdido y helados. Éste fue el camino hasta el cielo.
Ainara Hernando. Fotos: Photo Gomez Sports -
Así se gestó el arcoíris de Valverde
Así se gestó el arcoíris de Valverde

El domingo por la tarde en Innsbruck, tras la euforia, la explosión de alegría, los gritos y las lágrimas de oro por el triunfo inolvidable de Alejandro Valverde, todos los corredores de la selección española no dudaron en señalar que la clave del arcoíris del murciano fue la concentración en Sierra Nevada. El 21 de septiembre, apenas cinco días después de que terminase la Vuelta en Madrid, todos los ciclistas, a excepción de Jonathan Castroviejo, que ya estaba en Innsbruck para disputar la crono por equipos mundialista y la individual, se concentraron en el Hotel Guerra, a 1.550 metros de altitud.

Todo había comenzado tres meses atrás. Antes del Dauphine, Javier Mínguez se acercó a Granada, a ese mismo hotel. Allí estaba concentrado Alejandro Valverde. Junto a sus respectivas familias, comieron, charlaron y la propuesta, por parte del seleccionador, se puso encima de la mesa. Una concentración de siete días en ese mismo hotel antes de partir al Mundial. Alejandro aceptó. Apretón de manos.

El cansancio de Enric Mas y la rivalidad

“Pero luego nos costó porque veníamos de la Vuelta y estábamos todos muy cansados”, confesó tras hacerse con el arcoíris el murciano. Hartos de vagar de hotel en hotel durante el Tour y, casi de seguido, en la Vuelta. “Vi caras de cansancio”, dice Mínguez. “De Enric Mas, que por los eventos que tuvo tras la Vuelta no pudo descansar. De Valverde también, ya que había tenido catarro los últimos días de la carrera”. Pero ninguno falló.

Al principio, eso sí, las sensaciones fueron raras. “Una semana antes estábamos metiéndonos el manillar en la Vuelta y de repente éramos un equipo”, señala De la Cruz. “Era necesario hacer algo así porque llegamos el jueves y se hacía raro”. Se miraban con recelo. Aquellos que hacía días habían sido rivales. “Nos pasó el primer día cuando llegamos a Granada. Pero esa noche, en la mesa cenando ya estábamos haciendo bromas, cuatro risas y olvidado”.

Ese mismo día, cuando Valverde llegó a la concentración, nada más bajarse del coche “me dijo: ya ves, que no te he hecho ni caso”, cuenta Mínguez, en relación a la Vuelta a España y el deseo del seleccionador de que el murciano levantase el pie para reservar fuerzas para el Mundial. El murciano aterrizó con dos amigos, “El Saltitos y el Jaba. Uno tiene una imprenta y el otro, es director de un colegio”, cuenta Mínguez. Estuvieron el primer día y aprovecharon a salir con Alejandro a montar en bici.

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Dos días de entreno duro

Juan Carlos Escámez, inseparable masajista y amigo de Alejandro Valverde, también lo reseña: “El buen ambiente surgió muy fácil, Alejandro se encargaba de hacerlo y todos se han acoplado a la perfección”. Tanto que, en cuestión de días, pasaron de ser rivales “a un grupo de amigos”. Eso sí, con toda la dedicación a una causa. Con una sola misión: convertir a Valverde en Campeón del Mundo. La recuperación y el descanso fue el punto más importante de esos siete días de conjura en Sierra Nevada, pero también los entrenamientos. Dos sesiones largas, una de cinco horas el domingo y otra, el miércoles –día antes de partir- de cuatro. El resto, dos o tres horas pedaleando. Todos, menos Mikel Nieve que al no correr la Vuelta a España salía antes, se juntaba con el resto y después proseguía acumulando horas encima de la bicicleta.

“Ha sido un acierto porque si vas a casa después de la Vuelta, aunque entrenes, desconectas. No es lo mismo. Si les dejas a su aire, físicamente no llegan igual”, coinciden varios miembros de la selección. Eduardo González Salvador, el médico que estuvo con ellos durante la concentración cuenta que “unos cuantos llegaron bastante tocados y conforme pasaban los días le dieron totalmente la vuelta. Ellos mismos lo veían, cada día cambiaban de cara. Les ha venido genial”, y no solo físicamente. “Mentalmente también porque se ha hecho un grupo de amigos y cada uno ha dado todo lo que tenía dentro”.

Descanso, risas, bromas y mucha conversación. Convivencia. Ahí residió la clave. “Allí ya tuvimos una primera charla”, recuerda Javier Mínguez. “Allí les dije que teníamos un líder, que era Valverde pero que los demás también eran necesarios, imprescindibles y que tenían que aportar”. En esa charla, “que a mi me gusta darlas en privado, le pedí a Escámez que también se quedase”.

Así se gestó el arcoíris de Valverde

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Rodillo antes del vuelo perdido

Toda la expedición de técnicos abandonó la concentración dos días antes, para llegar a Innsbruck antes de la contrarreloj individual que disputaron Castroviejo y Marc Soler. A los siete ciclistas solo les quedaba esperar a que llegase el jueves. Esa mañana, Valverde no perdonó y también se subió a la bicicleta. Rodillo para soltar las piernas, unos 30-40 minutos en un día que iba a ser agónico. La selección debía tomar dos vuelos, ambos de la misma compañía. Iberia. Granada-Madrid y Madrid-Munich. Ahí llegó el momento más tenso, porque el vuelo que les llevó a la capital de España salió con retraso y, al llegar al aeropuerto de Barajas, a pesar de que el que debía llevarlos a Munich aún estaba en tierra y con el ‘finger’ puesto, no les esperó ni les dejó entrar. Pánico.

Los corredores estaban con Juan Carlos Escámez, Senen Pintado (mecánico), Rubén Madrigal (encargado de material), Rubio y Pep Toni (masajista). La situación fue tensa. “El primero que reaccionó fue Herrada, que en el mostrador les dijo que les iba a salir más caro. Tratamos de explicarles que éramos la selección española y que íbamos a un evento internacional. Que solo era cuestión de que nos abriesen la puerta. Ellos nos decían que el piloto había ordenado ya cerrar las puertas, que era el procedimiento”, rememora Escámez.

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Nada más que hacer. “Yo traté de calmarlos y fuimos a la zona de reclamación de Iberia. Ellos se quedaron sentados viendo la carrera y vino Félix García Casas para ayudarnos. Mínguez me puso de cabecilla del rebaño, de pastor”, dice entre risas Escámez. “Buscamos la mejor solución posible. Nos daban la opción de que volasen por separado porque había otro avión a Munich esa misma tarde pero estaba lleno y había la posibilidad de viajar a Venecia”. Pero el traslado hasta Innsbruck era demasiado largo. “Era demasiado, una paliza para los corredores que tenían que hacer el Mundial el domingo”.

Así se gestó el arcoíris de Valverde

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La solución llegó. “Se dieron cuenta de la magnitud del problema”, afirma Escámez. “Había un vuelo el día siguiente, a las nueve de la mañana, que estaba lleno pero gestionaron un cambio de avión para que el que viniese fuera más grande y así hubiera sitio”. Hicieron noche en Madrid. “Cenamos todos juntos y acabamos comiendo un helado”, relató Valverde.

Al día siguiente salieron a las 8:45 de la mañana. A las once y media aterrizaban juntos en Munich, donde el autobús les esperaba, con las bicicletas cargadas y comida. “Arroz, pechuga y hasta arroz con leche les puso el cocinero”, prosigue el masajista de Valverde. “Pudieron ver el repecho del Gramartboden cuando terminó la carrera de los sub23. El Igls no pudieron pero el domingo lo tenían que subir 7 veces así que les daba tiempo. Además teníamos a Castroviejo, que ya la había hecho y les llevó a una subida cercana que era muy parecida. Él fue el mejor guía”, concluye Escámez. Así fue el camino hasta el oro mundialista.

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