Uno de los inesperados protagonistas de la ceremonia de presentación de equipos que antecedió a la disputa del último Tour de Flandes fue Vlad Van Mechelen. Integrante del quinteto de participantes de edad sub-21 en la prueba, este joven ciclista del Bahrain Victorious originario de Leefdaal, en el centro del país, se topaba con una inesperada y descacharrante -para el público local- pregunta lanzada por la presentadora del evento, quien le recordaba ante la audiencia de la Grote Markt de Brujas cómo sus padres fueron miembros de Dynamite, grupo belga de música comercial muy popular en este país a principios del siglo XXI con títulos como El baile de la pizza, Sexo con esa rubia o Toca la bocina... ¡Moto acuática!
"Sí, mi padre es alguien muy especial", reconocía sonriente y golpeándose el casco, para después bajar del escenario al son de uno de sus éxitos y firmar una aceptable actuación, quincuagésimo cuarto en meta y oficioso mejor joven de la clasificación. Después de descolgarse del pelotón en la segunda subida al Oude Kwaremont por culpa de una inadecuada colocación, todavía conservó fuerzas para intentar sin éxito remontar junto al noruego Hagenes, concluyendo al final en tierra de nadie a más de seis minutos de Tadej Pogacar.
Aunque su nombre no haya sonado todavía demasiado en estos primeros meses en la máxima categoría, Van Mechelen continúa con su positiva adaptación al profesionalismo en una estructura a cuyo filial llegó en 2024 tras dos temporadas en el equipo de desarrollo del actual Team Picnic PostNL. Sus mentores en el conjunto bareiní han visto en él a un ciclista técnica y tácticamente avanzado para su edad, y para el que en esta temporada ya han otorgado un sitio en la alineación de nueve pruebas de un día del calendario primaveral de su país. Alguno, incluso, ha visto en él ciertas similitudes en carrera con el desaparecido Wouter Weylandt, quien tenía una complexión similar sobre la bicicleta, funcionaba bien en pruebas adoquinadas, era rápido y, sobre todo, siempre parecía relajado compitiendo.
Pero más allá de esa faceta artística de sus padres o del potencial deportivo mostrado hasta ahora, donde los triunfos no abundan pero sí las plazas de honor e incluso podios en pruebas juveniles como Mundiales, Europeos, Giro de Lunigiana, Gipuzkoa Klasika o París-Roubaix, donde también destacó como sub-23, su periplo vital merece una pequeña reseña.
Su madre, Erika, lituana aterrizada en Bélgica para estudiar Derecho, acabó conociendo a su padre y sumándose a su aventura musical, para después impulsar la creación de un equipo ciclista que con el tiempo acabaría integrado en la pirámide deportiva del Bahrain como filial juvenil. El propio Vlad ha coqueteado en ocasiones con utilizar su doble nacionalidad y participar en campeonatos representando a esta república báltica, evitando así la fuerte concurrencia para ser llamado por los Driekleur. "Me siento belga, pero esto también es un poco negocio", declaraba sin tapujos recientemente a la prensa flamenca.



