A veces llorar no es tan malo

El blog de Luis Pasamontes

Luis Pasamontes

A veces llorar no es tan malo
A veces llorar no es tan malo

Toda mi vida estuve al lado de mis padres y cuando comencé el colegio lo pasé francamente mal. No fui a la guardería, mi abuela me cuidaba todos los días mientras mis padres trabajaban. Me pasaba el día jugando con los playmobil en casa y simulando con ellos todo lo que veía en televisión. La guerra psicológica a mi madre cuando me llevaba a clase cada mañana, era insuperable. Entre sollozos, mientras el profesor me agarraba de la mano y me metía a clase le decía: “Mama, no me abandones aquí por favor”. Pobre mujer, vaya mal cuerpo que se le quedaba y que pena le daba verme así, aún me lo recuerda. Poco a poco fui entrando en rutina, el ambiente del colegio me empezó a gustar y me marchaba de casa con el bocado en la boca para jugar al futbol en el patio del C.P Maestro Casanova. Yo o todo o nada, de no querer ir a clase a pasar más horas de las necesarias allí. Éramos y somos, porque sigo teniendo contacto con todos, un grupo inseparable; Rubén, Bruno, Majo, Jota, Fredy, Falcón, Angelín…siempre estábamos tramando alguna.

Tan pronto grabábamos una película policiaca, como montábamos una Vuelta Ciclista, sí una Vuelta, Pedaleo -91. Nos pusimos a buscar participantes, había que hacer un pelotón lo más numeroso posible. No éramos muchos los que teníamos bici de carretera, del grupo solo tres, pero hicimos una carrera de unos diez participantes con todo tipo de bicis. Nuestro equipo formado por Falcón, Sergio y yo, queríamos ganar la clasificación por squadras porque había un trofeo como premio. Hablamos con un distribuidor de bebida que nos dio refrescos y alguna joyería cedió medallas y copa. La vuelta se componía de dos etapas; una contrarreloj en el Mercado de Ganado, donde entrena ahora la Escuela de Ciclismo de Cangas del Narcea y una etapa reina con subida al Carrascal y final en el Reguerón, enfrente del Polideportivo que años después llevaría mi nombre, quien me lo diría entonces. La etapa reina estuvo disputada y marcada por el mal tiempo. Sergio y yo nos la jugamos en un apretado esprint donde casi entramos si bici, después de ver muy cerca el suelo en la última curva. Entrega de premios y todos contentos, recordamos cada detalle como si fuera ayer. Los trofeos se oxidan y se llenan de polvo, pero el recuerdo de esos días no, ese es el verdadero premio de Pedaleo-91.

Nos “flipabamos” mucho cuando venían los profesionales y nos motivábamos tanto viéndolos que nuestras cabezas luego discurrían cosas de este tipo. Subíamos al Santuario del Acebo un día antes con tiendas de campaña, para ver al día siguiente la carrera. Nos gustaba ver como llegaban los grandes camiones de televisión, de vallas…alguna vez incluso nos atrevíamos a dirigirlos e indicarles donde aparcar, no siempre lo hacíamos bien y liábamos algún atasco. Comenzábamos a vivir la carrera un día antes de la llegada de los ciclistas. A principio de año buscábamos en la prensa las fechas que tendría la Vuelta a Asturias y marcábamos con una “X” en el calendario ese día. Después de disfrutarla mi motivación estaba por las nubes y siempre mi objetivo era buscar gente en mi pueblo con bici de ciclismo. Me gustaba salir a rodar con varios ciclistas para imaginarme que estaba dentro de un pelotón y a veces en voz alta para reírnos un rato o para mí cuando rodaba solo, imitaba al gran Pedro González en sus retransmisiones. Encontré un grupo de tres ciclistas que tenían bici de carretera, un poco mayores que yo, pero no importaba. Corsi, Cesar y Fernando, cada vez que podía me unía a ellos y a rodar unos kilómetros. Un día nos dirigimos dirección Puerto Leitariegos, yo nunca había pasado del pueblo de Bimeda que está situado a 11km de mi casa. Lo estaba pasando tan bien que cuando nos dimos cuenta y tras alguna parada por el camino, me encontré en la cima de la estación de Esquí. Cuando llegué a casa estaba nervioso y comencé a llorar. Mi madre me preguntaba si me había pasado algo, si me había caído y yo entre llantos le dije: “No, pero he subido al Puerto, perdona mama”. No sabia por que le estaba pidiendo perdón, creo que era una mezcla de emoción por haber subido por primera vez un puerto de montaña y nervios por si me reñía por haber ido tan lejos. Ahora lo pienso y me encanta saber que derramé alguna lágrima de ilusión, la primera vez que subí un gran puerto de montaña con mi bici. Empiezo este post hablando de lágrimas por no querer ir al “cole” y lo termino hablando de lágrimas por verme en la cima de una montaña, lágrimas que me dieron algo fundamental en mi vida; formación y deporte.

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