Espectadores de excepción

El blog de Luis Pasamontes

Luis Pasamontes

Espectadores de excepción
Espectadores de excepción

Hombres como Flecha, Perdiguero, Lastras o Thierry Elissadhe habían inscrito su nombre en el podio de la Vuelta a Toledo. Era una carrera por etapas importante y ese palmarés me hacia pensar; si los corredores que han estado entre los primeros de la clasificación general han conseguido dar el salto a profesional, esto me debía de servir como motivación extra, esa que todos los deportistas intentamos encontrar y que a veces supone ese puntito que marca la diferencia. El problema es que seguro que más de cien corredores pensarían igual que yo y poder estar adelante no sería fácil. Nunca le había visto en persona y en la salida allí estaba, el mítico Federico Martin Bahamontes movía con fuerza la bandera de cuadros que daba comienzo a una nueva oportunidad de brillar y plasmar el trabajo realizado durante meses.

Recuerdo que una de las etapas más duras transcurría por un vistoso circuito con final en subida, después de un largo kilometraje que te hacia llegar con las piernas “calentitas”. Quería estar atento desde el comienzo, sabia que en este tipo de Vueltas era fácil que un grupo de corredores cogieran diferencia y se jugaran la victoria final, no solo de etapa sino la de la general. Hacía mucho viento, el nerviosismo en el pelotón estaba presente, no me encontraba cómodo, muchos frenazos, cuneta y riesgo de pinchazos y caídas. Cuando vi arrancar a aquel corpulento ruso, no me lo pensé y salí tras él. Al principio únicamente pensando en evitar situaciones de riesgo, pero a medida que pasaban los kilómetros comencé a pensar que… ¿por qué no podríamos llegar?. Las instrucciones de mi buen director Nemesio Jiménez (os hablaré de él más adelante), el que fuera ciclista del KAS, eran claras: “Luis, guarda y no gastes en exceso, queda mucha etapa y solo sois dos”. Por detrás desconcierto y ningún equipo tomaba la iniciativa. Cuando quisieron reaccionar, era demasiado tarde. Los dos fugados encarábamos la última subida, con garantías de llegar. Lancé un discreto ataque para ver como respondía Rotar, salió con facilidad. No podía esperar al sprint de los últimos metros planos, el era más potente, tenía que intentar dejarlo antes. No pensé, solo quería sentir el ácido láctico hasta en las manos, pedalear hasta más no poder, si a mi me dolían  las piernas, seguro que él tampoco iría cómodo. Nemesio gritaba por el pinganillo “sigue, sigue, estás haciendo daño…se ha sentado Luis, se ha sentado”. Metí mi cabeza entre el brazo y el tronco y vi que perdía metros, me dirigía camino de la meta, alcé los brazos.

Era la primera vez que vestía un maillot de líder en una Vuelta por etapas, estaba muy nervioso y me pasé la tarde intentando buscar tranquilidad, distraerme, pensar en todo menos en la última etapa. Hablé desde una cabina de teléfono con mi hermano Ángel y mi madre. Me tranquilizaron y me animaron, me preguntaron a que hora y de donde salía la etapa al día siguiente, sería exigente y definitiva. Domingo muy temprano, comencé a vestirme dentro del coche del equipo con bastante frio, no se si climatológico o nervioso. “Perdona, ¿sabes como se llama el líder de la carrera?”, alcé la cabeza para contestarle y ni siquiera reparé en su tono de voz. Mi hermano y mi madre estaban plantados delante de mí y con una sonrisa de oreja a oreja. “¿Qué hacéis aquí?, Ángel tu trabajas hoy, mama vaya madrugón… ¿creías que nos perderíamos el día de hoy? Mi hermano únicamente vio la salida, quería verme salir de líder, después directo a su trabajo. Mi madre se quedó esperando en meta durante horas, la acercó mi hermano antes de irse. Después de un gran trabajo del equipo, conseguía algo que siempre había visto en televisión y deseaba hacer, cruzar la línea de meta con los brazos levantados, sin ser el ganador de etapa. Fijaros en lo que pensaba, más que en haber ganado la Vuelta, pensaba en eso, en lo que hacían los ganadores del Tour, del Giro o de la Vuelta el último día. El Peugeot 205 que me había comprado mi madre de segunda mano, para poder ir a las carreras, daba mucho de si. Un trofeo que me llegaba por la cintura, un jamón, la bici, la maleta, mi madre, yo y una larga conversación hasta casa. Me di cuenta que no viajaba solo hacia mis objetivos, si miráis a vuestro alrededor por un momento veréis personas (padres, hermanos, amigos…) que con pequeños gestos te recuerdan que están ahí, cerca. Te levantan cuando te caes y te aplauden cuando llegas, están entre el público de tu vida. En compañía, la carretera hacia tu meta, tiene menos curvas.

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