Fisioterapia mental

El blog de Luis Pasamontes

Luis Pasamontes

Oviedo era como mi segunda casa, raro era el fin de semana que no me quedaba a pernoctar para poder participar en las distintas pruebas que se celebraban en la capital o cerca. Que fuera mi segunda casa no significaba que mi familia dispusiera de un inmueble allí, nada más lejos de la realidad. Mis estancias dependía de la hospitalidad de algunos de mis compañeros y sobretodo de otro de mis directores que residía en la capital Asturiana, Maxi. Cuando hablo de las personas que no dudaban en ofrecer su casa como simulado hotel, para que aquel joven de 14 años pudiera evitar viajar en autobús y ahorrarse unas pesetas, me refiero también a sus familias. Nunca una mala cara, siempre encantados de ayudarme de manera desinteresada, sin esperar nada a cambio. Yo lo pasaba fatal, tenia la sensación que era un incordio, una molestia, me costaba relajarme y no sentirme avergonzado por aquella situación, pero el amor por la bici maquillaba mis mejillas sonrojadas cada vez que tenia que aceptar sus ofrecimientos. Muchas veces me decían que era un hijo más para ellos, un hijo más…¿sabéis lo que significa eso? Con aquella edad ves las cosas de otra manera, ahora valoro realmente la importancia de aquella frase. Carmen es la esposa de Maxi, recuerdo el día que la conocí; me esperaba con una ensalada gigante presidiendo la mesa, alrededor platos y platos de comida: “Luis te he preparado algo de comer, no quedes con hambre cariño” dijo mientras me daba dos besos. Esa misma tarde corríamos en Gijón, yo andaba con alguna molestia en la rodilla aún y constantemente le decía a Maxi; “creo que me tendré que bajar, me va a doler la rodilla, seguro”.

“Luis no lo pienses, ahora come y desconecta, ya veremos luego como vas, no te preocupes”. Tras una copiosa comida al lado de esa buena familia, cogimos el Peugeot 505 del equipo y emprendimos camino hacia Gijón. Yo no me quitaba de la cabeza mis molestias, Maxi intentaba hablar de todo menos de la carrera. En el camino desde la estación de autobuses a su casa, le había comentado que los días que salía acompañado a entrenar y estaba distraído, apenas me dolía. Utilizó la misma fórmula, distraerme, mantenerme con la cabeza en otro lado que no fuera sobre una bici. Durante la pequeña reunión que hicimos antes de la salida, yo me autodescarté.

Maxi me comentó que hiciera lo que pudiera y que a la mínima molestia me bajara de la bici, que no forzara nada de nada. Calenté con mis compañeros, hablábamos y nos reíamos mientras subíamos uno de los “repechos” que tenia el circuito de la prueba. Comienza la carrera, lo único que nota mi cuerpo es ese nerviosismo típico que nunca conseguir quitar, ni aún después de muchos años y que además considero necesario en mis competiciones, la manera de saber que estoy dentro, que esto empieza. Mis compañeros siempre a mi lado y pendientes, pero nadie preguntaba sobre mi rodilla, solo comentábamos como veíamos a los rivales o si la subida parecía más dura ahora que antes. Van pasando las vueltas y cada vez me encuentro mejor, ¿la rodilla, qué rodilla?, pedaleo como nunca y mis sensaciones son buenísimas. Finalmente y después de una escapada, consigo cruzar la línea de meta en primera posición y grito, grito de alegría. Espero a todos mis compañeros y nos vamos abrazando uno a uno, Maxi aparca como buenamente puede el coche del equipo y empieza a correr hacia la marea de ciclistas del Rior( Roberto, José Luis, Manolo, Mario, David, Perdones, Ojeda, Beteta, Emilio…) “Luisin que bien que no haya dolido nada la rodilla y eso que pensabas bajarte”, me dice sonriendo y dándome un abrazo eterno.

No me había felicitado por la victoria, su victoria era que mi rodilla no se había quejado. Acababa de descubrir el principal motivo de mi grito, al cruzar la meta. Mi mente no había pensado ni por un minuto en la tendinitis de la que estaba saliendo, cierto que ya había mejorado muchísimo, pero desde que comencé a comer con Carmen aquella gigantesca ensalada, Maxi estaba distrayendo mi atención, ayudando a mi mente a no pensar en el dolor que había producido mi tendón días atrás. La presión por ganar, por vencer, no existía, no tenia cabida en aquel equipo, estábamos presionados a jugar, a disfrutar, a ser felices. Sigo pensando que he sido un afortunado por la gente que me rodeaba en esos años, sigo disfrutando y se me pone una sonrisa de lado a lado de la boca, cuando leo un mensaje de Carmen o Maxi, en mi teléfono, en mis Redes Sociales. Te animo a que pienses en esas personas que en algún momento de tu vida, fueron tu mejor medicina. Gracias Carmen, Gracias Maxi.