Airán Fernández: Made in Japan

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
Airán Fernández: Made in Japan
Airán Fernández: Made in Japan

Tumbado en la cama, juguetea con su teléfono móvil. Última generación “made in Japan”. Las miradas por la ventana se repiten, pero siempre con el mismo y desilusionante final. Llueve. Quizás sea uno de esos días en el que el rodillo acabe siendo la forma más digna de salvar la mañana. Demasiado arriesgado cogerse un catarro ahí fuera.

Con resignación, decide levantarse. A tientas, trata de dar con el mejor atajo para encender la luz. “¡Ay!”, gruñe al golpear algo con su pie. Esas bolsas antes no estaban ahí. Su habitación es la de siempre, desde que  era un niño, pero, desde hace tiempo, sus padres han ido utilizándola como “centro de operaciones” para guardar otras cosas. Desde hace unos años, ya sólo duerme allí de vez en cuando. La vida puede dar muchas vueltas.

Si no hubiera ocurrido nada extraño, su vida debería de haber transcurrido bajo el guion de una película escrita con cordura. Siendo uno de los ciclistas catalanes más prometedores, su hueco debería de haber estado, al menos, en Europa. Los trofeos que abarrotan las baldas de su armario así lo intuían: desde el prestigioso Balenciaga hasta el Campeonato de Europa en pista. Muchos logros. Tan sólo faltaba “la llamada”.

Sin embargo, nunca llegó

Tuvo que ser su amigo Joaquim “Purito” Rodríguez quien le echara una mano para recalar como stagiaire en el Vini Fantini. Pero correr a tiempo parcial, como becario, no es sencillo. Se trata de hacerlo bien en dos meses. Llegó a correr la Vuelta a Burgos. Vivió de cerca los ataques de Nairo Quintana, de Vincenzo Nibali. Pero no los cambiaría nunca por la admiración que siente hacia su amigo. Tan cercano. Ahora apenas se ven. Joaquim ha colgado la bicicleta y él, desde hace unos años, tuvo que hacer virar su destino.

Giró porque el Vini Fantini, a pesar de acabar contento con su trabajo, perdió un sponsor, el que faltaba para poder asegurarle un salario. Airán puso cordura a su situación “Un año más en amateur y si no sale nada, lo dejo”, pensó. Pero, como si de un milagro de navidad de tratase, la vida le ofreció una oportunidad. Lejos. Pero una oportunidad. Su amigo Benjamí Prades le llamó en plena Nochebuena: “Me han dicho que hay un hueco en mi equipo, pero te tienes que venir a vivir a Japón, ¿qué haces?”, lanzó.

Dos meses más tarde, Airán aterrizaba en Osaka. Sin ningún miedo. La idea era clara: “si no me gusta, si no me adapto, cojo un vuelo a casa y fin de la historia”, se repetía. En un mes, todas sus dudas desaparecieron. Las bromas se sucedían. El Matrix, su nuevo equipo, no transmitía presión. Y, sus compañeros, se ofrecieron a echarle una mano en todo momento. Sobre todo uno. Wada era especial. “¿Me ayudas en el Supermercado? ¿Y luego puedes enseñarme cómo se consigue la tarjeta para el móvil?”, le pedía una y otra vez, con absoluta dependencia. Wada siempre sonreía. Ni una mala cara. Siempre dispuesto a ayudar a su amigo occidental. A acompañarle a hacer las compras en el “mamachari”, las bicicletas que los japoneses emplean para desplazarse por la ciudad.

Y, en la carretera, Airán aprendió lo más importante

Hacerse imprescindible. Especializarse en ser necesario. Tras su primer año, comprendió que las carreras se basaban, sobre todo, en la estrategia. En ataques que dejaran sin bazas a los equipos más potentes. Y, cuando la carrera terminara al sprint, sería el último lanzador de Hayato Yoshida, el sprinter del equipo. Luego estaba echar el resto para Jose Vicente Toribio, en las carreras con más montaña. Su compañero era el encargado de intentar ganar la general del Japan Pro Tour, el circuito japonés profesional. Juntos cubren diariamente las horas de entreno en Osaka. Horas de bicicleta que, a veces, emborrona la nostalgia. Tan lejos de Europa. De sus familias. Pero, aunque pedaleen a miles de kilómetros del ciclismo que anhelaban, siguen siendo fieles a su sueño. Un dorsal en el profesionalismo.

Pero, un día, en un entrenamiento rutinario, Airán sufrió uno de los peores momentos de su vida. Wada, su amigo, se adelantó en un descenso. Tras un par de curvas, lo perdieron de vista. De pronto, lo encontraron en el suelo, inerte. A varios metros de su bicicleta, totalmente partida. Quizás chocó contra una farola. Pidieron una ambulancia, pero fue demasiado tarde. Su compañero, su amigo, murió horas después a consecuencia del terrible impacto sufrido.

Desde entonces, Airán se prometió a si mismo que nunca se olvidaría de él. Que le honraría con una victoria. Pudo ser en el Tour de Kumano de 2016. En la última etapa. Filtrado en una escapada, bajo una incesante lluvia, Airán sentía que era el más fuerte de los diez hombres que iban en fuga. Tras cada repecho, algún corredor perdía contacto. En los kilómetros finales se quedaron sólo cuatro. Entonces, bajo el diluvio, dibujó un ataque. Justo en el último repecho. Pero, en el momento de arrancar, su cadena saltó. Tras tener que detenerse, perdió todas las energías en volver a enlazar con el resto de fugados que, alertados por su cambio de ritmo, pedaleaban con todas sus fuerzas. Fue en el sprint final donde, de nuevo, intentó imponerse con ímpetu pero, otro salto de piñón, le condenó a una foto finish donde dos míseros milímetros le relegaron al segundo puesto.

Y llegó la Japan Pro Tour

Airán tuvo que esperar hasta el año pasado para vencer en una etapa del Japan Pro Tour. Entonces, con decisión, al cruzar la línea de meta, en solitario, miró hacia arriba para marcar una “uve doble” con sus dedos, lanzándolos al cielo. “¡Wada, no te olvido!”, gritó.

La lluvia golpea de nuevo con fuerza su ventana. Con desgana, camina hacia el baño, en busca de una ducha que le despeje. Al entrar se sonríe. Una de las toallas lleva dibujada su cara. Debido a su simpatía, a su carácter abierto, los aficionados japoneses disfrutan hablando con él antes de las carreras, haciéndose fotos. Vienen de lejos para ofrecerle regalos totalmente personalizados. Japón está labrado en una cultura de gestos, de sonrisas que camuflan la timidez. Pero que se corresponden con las hazañas de sus ídolos ciclistas.

Desde hace unos años, Airán es uno de ellos. Se debe a su ciclismo. Porque le acogió cuando se le cerraron las puertas en Europa.

Puede que aun sigan cerradas. Quizás ya se haya alejado mucho de allí, pero, a cambio, sigue siendo ciclista. Viviendo honrosamente de su trabajo. Gozando de reconocimiento. Aunque ahora se sienta extraño en su propia habitación. La que le vio crecer cuando era un prometedor ciclista catalán. Ahora, en cambio, es un profesional “made in Japan”.

 

Rafa Simón-@rafatxus

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