Enrico Gasparotto: el italiano de las tres cervezas

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
Enrico Gasparotto: el italiano de las tres cervezas
Enrico Gasparotto: el italiano de las tres cervezas

Abrir la ventana, regala calma. El fresco azul del cielo embriaga de pureza el aire alpino que hoy apenas empuja pequeñas nubes deshilachadas que parecen flotar, hinchadas como esponjas. Es el paisaje que, en verano, regala Livigno, ubicado en plenos alpes italianos, donde el país se roza con Suiza hasta casi hacer perder el acento a sus habitantes.

Allí arriba, el trabajo semanal, ha sido duro. En altura, se trabaja en silencio, bajo la discreción de los objetivos que se acercan. Anna, lo sabe. Pronto llegará un evento importante. A Enrico no se lo dicen expresamente, pero sus padres disfrutan presumiendo de nuero. El año pasado, pasó delante de ellos jugándose la victoria en la general del Tour de Polonia.

Enrico Gasparotto: el italiano de las tres cervezas

Enrico Gasparotto con Davide Cassani

“Cariño, estás quedándote en nada”, le recuerda mientras observa su cama deshecha. Ella trabaja, pero los fines de semana, puede acercarse desde Lugano, la localidad suiza donde residen a hacer compañía a Enrico.

La habitación del hotel es hueca en detalles, tan sólo un juego de ruedas y una maleta abierta rebosante de maillots dejan muestras de su trayectoria ciclista que, en realidad, pudo ser otra. A los 15 años, a Enrico le llamaron de Milanello, el centro deportivo del AC Milan. Querían ofrecerle un puesto en las categorías inferiores del equipo, que probara. Pero el club local para el que jugaba se negó. Enrico, de carácter fuerte, entró en cólera. Si no le dejaban ir, tampoco quería seguir perdiendo el tiempo. Abandonó el fútbol para desgracia de Toni, su padre. “Hijo, sabes que yo fui muy buen amateur. Incluso me ofrecieron un contrato en profesionales, pero eso era muy duro, ¿de verdad vas a abandonar el fútbol por eso?”, le preguntó enfadado. Enrico se enfrentó a las dudas de su padre. Años después, en 2005, Enrico compartiría equipo con el gran Mario Cipollini en el Liquigas, en su primer año como profesional.

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Ese año, a su padre le borró los reproches para atiborrarle de orgullo. El chico campesino de la región de Friuli se convertiría en Campeón Nacional. “Pero yo no veo ningún maillot con la ‘bandiera’”, bromea Anna. Y es cierto. Su compañero de equipo, Oscar Mason, le “obligó” a regalársela. “Sabes que aquella noche, la víspera, te metí en la cabeza que el Campeonato era tuyo, así que ese maillot es mío también”, le recuerda siempre entre bromas. En Liquigas no sólo aprendió a tener confianza en si mismo, también aprendió de la humildad de Stefano Garzelli, de Andrea Noé, o de Magnus Backstedt, aquel sueco gigantón que le lanzó en su primera victoria como profesional en la Volta a Cataluña. Ese día, Roberto Amadio, mánager del Liquigas, se dio cuenta de que haberle dado un solo año de contrato era un error que le podía robar tranquilidad y por eso le sentó en su despacho. “Enrico, te voy a dar dos años más, pero vas a ir despacio, correrás sólo las carreras que no salen en la tele, te atragantarás de pavé, pero créeme, encontrarás tu sitio en el ciclismo”, le dijo con firmeza.

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Años después, dejó el equipo para, en 2008, fichar por el Barloworld. Aquel año, añadió al aprendizaje del esfuerzo, la diversión. El equipo, era tan modesto como variopinto. Allí se encontró con las desconocidas estrellas del futuro. Entre ellas un joven británico. Geraint Thomas al que, tras aquella noche en la que coincidieron en el hotel con el High Road, se unieron al festejo por el cumpleaños de Bradley Wiggins, en su habitación, en pleno Giro. Sin embargo, el día siguiente, a Thomas apenas le costó esfuerzo pelear con los hombres fuertes del pelotón una etpa que iniciaba cuesta arriba. Añós después, Thomas le dedicó unas palabras en su libro “According to G.”, en el que ensalzó la amistad de Enrico, al que destacó como un tipo “ajeno al estereotipo de italiano, capaz de tomarse sin problemas, una, dos ó tres cervezas”.

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Aunque el libro se lo regaló Stephen Cummings tras conseguirlo en el hotel donde se ospedaron durante el Tour de Gran Bretaña. El otro gran corredor que descubrió en el Barloworld fue Chris Froome. Un tipo “larguirucho” al que, en aquel Tour de Carlos Sastre, en pleno Alpe D´ Huez, vio pelearse con los mejores, síntoma de lo que vendría después. Ahora coinciden mucho en Tenerife, el inglés prepara el Tour mientras él se concentra para las clásicas. Allí, en el Teide, Enrico entrena sólo. Sin nadie de su equipo. En cambio, Froome tiene compañeros y parte del staff con él. “Si necesitas cualquier cosa, me dices, eh, por los viejos tiempos”, le recuerda siempre.

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Pero, su camino se separó cuando Enrico decidió fichar por Astana. Allí conoció a la persona que más le ha marcado. Alexandre Vinokourov. “Vino” es un tipo que mira a los ojos. Que te los clava. Que te atrapa con su carisma. Llegó a Europa escapando de un país, Kazajistán, donde no tenía nada. Con su amigo Andrei Kivilev, al que perdió en una Paris Niza. Le enseñó a no rendirse nunca. A obtener fortaleza de cada golpe de la vida. A ser temido por sus rivales. Con él consiguió zanjar la promesa que le hizo a su padre tras ganar el Campeonato nacional. “Babo (papa), con treinta años ganaré un ´monumento´”, le dijo. Fue la Amstel Gold Race de 2012, la primera de ellas, pero no la más especial. La más bonita se la regaló a la viuda de Antonie Demoitie, cuatro años después. Antonie falleció en plena disputa de la Gante-Wevelgem. Sólo tenía 26 años. Enrico, cuando se enteró de la noticia, se encontraba en el Teide. De nuevo, sólo. Sin Anna. Tan lejos. Nunca había conocido la muerte en una visita tan cercana. Quiso ir al entierro, pero su equipo le pidió que se quedara allí, en Tenerife, para preparar la Amstel. En aquella Amstel, tras el esfuerzo de sus compañeros, cruzó la línea de meta con el rostro empapado en rabia, pero ataviado en felicidad extrema. Con el recuerdo de unas horas antes, abrazado con la viuda de Antonie, que le pidió que ganara por él. Tras su victoria, Hilaire van der Schueren, el viejo Director del Wanty, curtido en mil batallas, no pudo contener la emoción y le felicitó con lágrimas en los ojos. Llorando. Como el resto del equipo.

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“Si ese fichaje hubiese llegado antes, ¿te imaginas?”, recuerda Anna. Enrico bien lo sabe. Viajó de luna de miel a Australia atrapado en angustia. Entre llamadas con su mánager para encontrar una salida. Anna supo entender a su marido. Que hipotecara en stress un viaje tan especial. Era su vida. Porque, el ciclismo, lo es todo para él. Lo es intentar ganar una Lieja-Bastoña-Lieja cuando cumpla 38 años. En 2012 se subió al podio. El año pasado, estuvo a punto de hacerlo de nuevo pero, su compañero Pozzovivo, por aquel entonces en el Bahreim, no le ayudó lo suficiente.”Domenico, ancora mi bruzza, lo sai (todavía me quema, lo sabes)”. Se lo recuerda con una cerveza en la mano, frente a las habituales barbacoas que comparten en Lugano. Como dos amigos que no se entendieron, pero que se alejan del rencor.

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En cambio hoy, a los 37 años, ataviado con la indumentaria del Dimension Data. Su amor por el ciclismo sigue intacto. A través del equipo africano ha percibido lo que significa entregar una simple bicicleta, de sus propias manos, a un niño africano y que este le responda que, gracias a ella, podrá ir a la escuela, aprender a leer y dar un futuro a su familia.

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En el equipo africano, ahora su labor es otra. Apoyar a los jóvenes. Hacer de road captain. Las semillas, ya empiezan a florecer. Hace unos días, en el Tour de Austria, en el Coloso de Horn, Stephan de Bod puso en práctica todos sus consejos y, con tan sólo 22 años, terminó tercero en la Clasificación general. “Enrico, gracias, de verdad”, le dijo al terminar. Seguro que volverá a oírse hablar del joven sudafricano. Y Lieja todavía espera a que el año que viene Enrico intente asaltar el cajón. “¿No te olvidas de nada?”, recuerda Anna con el ceño fruncido. Su marido sonríe. Aún queda el Tour de Polonia. Los suegros mandan. Y hay que hacer una buena general. Luego, volverán las barbacoas. Y una buena cerveza. O dos. O tres.

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