Jon Irisarri, el profesionalismo de la solidaridad

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón (@rafatxus). Fotos: Solidarity Cycling Project / Bettini Photo -
Jon Irisarri, el profesionalismo de la solidaridad
Jon Irisarri, el profesionalismo de la solidaridad

“Kalayu, tengo que parar”, le explicó entre gestos. Era imposible seguir avanzando por esa carretera. El cemento era bueno. Las principales industrias del sector lo producen a escasos kilómetros de allí. La temperatura, en pleno invierno, ideal. Pero, a los lados, la cuneta acompañaba seca. Desgranada en sucio polvo gris. En olvido. Jon volvió a levantar la vista. Al fondo, unos niños conducían una vaca tan huesuda como ellos. Granjeros de ocho años. Mekele, edificada en una de las esquinas más altas de Etiopía, sigue muriendo sola. Enterrada en su propio polvo. A espaldas del mundo.

Jon, extendiendo sus manos, les pidió que esperaran. Minutos después, tras parar en el pueblo más cercano, se acercó junto a Kalayu, su guía, con todos los plátanos que pudieron meter en sus maillots. Cuando estiró sus brazos para que los niños los cogieran, no pudo evitar observar sus manos, ásperas como las de un hombre. Sus cuerpos, desnutridos. De estómago inflado. Pero, lo más duro, era sostener su mirada. Oscura, tímida, pero limpia en agradecimiento. ¿Qué le pasa al mundo? ¿Qué hacía el allí?

Jon Irisarri, el profesionalismo de la solidaridad

Foto: Solidarity Cycling Project

Si se encontraba en la seca Mekele y no en la lluviosa Leaburu, en las entrañas de su Guipúzcoa natal, era gracias a aquella cena. La que compartió meses antes con Tsgabu Grmay, ciclista profesional del Mitchelton-Scott y Mikel Gurutxaga, responsable de la ONG Solidarity Cicling Project. Tras el postre, le ofrecieron una nueva experiencia. Mikel, conocer la labor de la ONG en Etiopía. Grmay, vivir unos días en su casa. Unas navidades diferentes. Solidarias.

Cuando llegó, un sábado por la tarde, se dio cuenta de que, durante el viaje, se le había partido la patilla del cambio. Horas después, de madrugada, dieron con un chico que, con ayuda de una chapa, le soldó la patilla averiada con la que poder entrenar hasta que abriesen un establecimiento el lunes. Nadie le pidió dinero. Allí se paga con valores. Mekele le iba a gustar.

Por las mañanas, entrenamientos cálidos, ricos en altitud, ajenos al frío europeo. Tan próximos a la bondad de unos pocos, Grmay y Mikel, pero también la de Hailu Hailemelekot, ciclista que correrá en el equipo amateur del Caja Rural esta temporada.

Jon Irisarri, el profesionalismo de la solidaridad

Foto: Solidarity Cycling Project

Juntos, por las tardes, atienden a diez chicos. Para que sean ciclistas, o, al menos, para que lo puedan intentar. Les ofrecen, no sólo una bicicleta y un maillot. También lo más importante. Una merienda. Y el abrigo del cariño. Muchos de ellos no cuentan con él. No tienen familia. Hailu fue uno de los chicos a los que Mikel apoyó. Para que fuera captado por uno de los pocos equipos que hay en Etiopía. Si consigues entrar en uno, podrás disponer de unas monedas, de comida y, quizás, de un billete para Europa. El que tuvo Grmay.

Cuando esos chicos vieron a Jon por primera vez, les llamó la atención la blancura de su piel. Ninguno había visto uno, a excepción de Mikel. Le preguntaron por Europa, por cómo es el ciclismo allí. Jon se sonrojó. Hablar de carreras de primer nivel, de profesionalismo, casi le parecía ofenderles. Pero a él nadie le regaló nada. En 2016, corriendo en las filas del Caja Rural amateur se convirtió en uno de los ciclistas más laureados del año. No tardó en recibir la llamada de Juanma Hernández, el Mánager del primer equipo.

A finales de año estampó su firma en uno de los momentos más bonitos de su vida. El siguiente fue meses después. Tras un entrenamiento con el equipo sobre las carreteras por las que circularía una de las etapas guipuzcoanas de la Itzulia de 2017, Eugenio Goikoetxea, uno de los directores del equipo, observó cómo los jadeos de Jon bien valían una oportunidad, aunque fuese un “neo”. Un par de semanas después, Jon pudo compartir pelotón con uno de los últimos bailes de Alberto Contador sobre su bicicleta. Mejor aún: consiguió aparcar el esfuerzo de la última etapa ante el abrigo de los suyos. Familia y amigos le llevaron en volandas por las rampas de Arrate hasta coronar su primera gran vuelta del circuito World Tour.

Jon Irisarri, el profesionalismo de la solidaridad

Jon Irisarri en una imagen de 2017. Foto: Bettini Photo

En cambio, el año siguiente, en su segunda Itzulia, de nuevo camino de Arrate, estuvo a punto de sucumbir. Una multitudinaria caída le llevó al suelo. Aturdido, se levantó sobre un asfalto teñido de frio y lluvia. De humedad que, en un instante, le atrapó. Sin embargo, le impulsó un grito: “Come on guy, follow me (vamos chico, sígueme)”, le silbaron en un inglés apresurado. Gracias a un inesperado compañero, Sander Armée, del Lotto Soudal, consiguió acompasar un ritmo que les devolvió al tiempo de control de la etapa. Quizás para Sander, ciclista experimentado del World Tour, sólo significó superar un lance en una carrera. Para Jon, en cambio, fue mucho más.

Fueron días de gloria que aclararon malos pensamientos trenzados en otras carreras donde el viento y la fatiga le hicieron sopesar la idea de abandonar la bicicleta. Si no lo hizo fue gracias a Rubén Martínez, uno de sus de sus exdirectores en su etapa de amateur. Hace unos años le dijo que, cuando pasara a profesionales, el brillo en amateur sería emborronado por muchos días malos. Como en una tormenta que no atisba a menguar. Pero que el sol saldría de nuevo.

Jon Irisarri, el profesionalismo de la solidaridad

Foto: Solidarity Cycling Project

Hoy, aunque no tenga un dorsal sobre su espalda, aunque no le acompañe ningún esfuerzo, también sabe que ha valido la pena ser ciclista. Por tener la oportunidad de estar allí, ante esos niños. Bien sea para ofrecer unos pocos plátanos en cualquier cuneta polvorienta o para intentar que, los chicos amparados por la Cyling Solidarity Project, tengan una oportunidad. Cuentan con la tutela de Grmay, Hailu, Mikel y, desde, estas navidades, él también. Su lazo con Mekele, con Etiopía, ya se ha soldado. Como aquella patilla del cambio que le consiguieron arreglar de madrugada a cambio de nada. Se puede ser ciclista profesional, pero también una persona solidaria.

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