Jorge Arcas, ciclismo de voluntad

El Blog de Rafa Simón
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Jorge Arcas, ciclismo de voluntad
Jorge Arcas, ciclismo de voluntad

“¡Campeón!”, le gritan desde el otro lado de la cuneta. Sonríe mientras agita la mano. Lo necesita. Calor humano frente al frio. Crecer al lado de su gente llena el vacío de las carreteras.

Camino de Jaca, ya huele gélido. Desde hace días. En el Alto Aragón, en invierno, se vive de montaña para arriba, según se avecina la temporada de Ski. Para los ciclistas, en cambio, es mejor moverse por los llanos solitarios que llevan hasta Biescas.

Pedalea con zancada larga. Meditada en silencio. Calculada al milímetro por Iosune, su preparadora. Sorteando de memoria las grietas que rasgan un cemento torturado por el frío pirenaico. Por el calor del verano. Aún faltan muchos meses para poder subir hasta el Valle de Tena. Su rincón preferido.

Begoña, su madre, sigue pensando que su hijo debería tomarse un descanso. Nunca ha estado en las fiestas del Pilar, aunque sea para dar un garbeo. Este año lo tenía previsto, pero, a última hora, el equipo le pidió correr, en esas fechas, el Tour de Guangxi, en China. Acudió sin rechistar. Es su pasión. Luego, Alejandro Valverde le dijo que le acompañara a Japón. Al Tour de Saitama. Jorge Arcas, ciclismo de voluntad

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En Japón, el ciclismo discurre a otra velocidad. El público, es igual de numeroso que el español, pero se refleja en rostros ausentes de adrenalina. Miradas rasgadas y pálidas que admiran en silencio. En la recepción del hotel donde se alojó, se percató de que, allí, los aficionados hacen cola para fotografiarse con los corredores. Luego les piden que les firmen fotos que llevan ellos mismos. Seleccionadas con un tacto que abruma. Una chica le mostró una instantánea en la que aparecía celebrando su primera victoria como amateur, con el Lizarte. Jorge sonrió con timidez. El día siguiente, la misma aficionada se acercó a él, con un juguete. “Es para tu sobrina”, le susurró en un inglés tan suave, que engatusaba.

Al mirar a aquella chica sonrojada, Jorge se sintió importante. Querido. Como en su pueblo. En Sabiñánigo, el ciclismo es parte del ecosistema, está protegido por sus habitantes. Cada rincón, es un tesoro para él. Allí recibió el mejor regalo, hace tres años. Cuando era amateur. Desayunaba con premura antes de viajar a León, para disputar la Vuelta de la región, de categoría amateur. Pero su móvil sonó. Era Eusebio Unzue, el manager de Movistar. Jorge tembló al descolgar. Pero le abrazó una voz pausada. “Jorge, tu y yo habíamos hablado en el Valenciaga, ¿Verdad?. Te dije que me interesabas. Ya te lo habrán dicho Oroz y Azcona”. Jorge monosilabeó una afirmación que apenas pudo llegar a su interlocutor pero que corroboraba el guiño de sus directores del Lizarte. Eusebio prosiguió. Le dijo que estaba hecho. La temporada siguiente correría en Movistar. Jorge Arcas, ciclismo de voluntad

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Al inicio de su primera temporada como profesional, en la tradicional primera concentración del equipo, en Gorraiz, Imanol Erviti, uno de los hombres de equipo más veteranos, se hizo cargo de él. Empatizaron desde el primer momento. Tanto, que Imanol le hizo el mejor regalo que ha recibido hasta hora sobre una bicicleta.

El año pasado, durante la disputa de la Paris-Roubaix, en pleno empedrado de Aremberg, Imanol le silbó su estela. A pesar de los tremendos botes que pegaba sobre su bicicleta tras sortear como podía aquellos pedruscos peligrosamente separados por hilos de hierba y barro, Jorge se aferró a su rueda. Imanol, entre frases cantadas a gran velocidad, le fue explicando cada tramo de pavés, hasta dejarle, a solas, en el velódromo de Roubaix. “Ahora respira hondo. Disfruta. Este momento es para ti”, le dijo.

Pero, en el ciclismo, el destino lo escriben muchos detalles. Unos, son buscados. Otros, en cambio, muy difíciles de controlar. Meses después, Jorge disputaría la Vuelta a España. Su primera gran Vuelta. Pero, en la crono inaugural por equipos de Nimes, en Francia, algo salió mal. Cuando apenas llevaban disputando unos pocos kilómetros, Jorge cayó al suelo en un giro, golpeándose la muñeca.

Al día siguiente, cada bache de la carretera era una punzada. Apenas podía apoyar la mano en el manillar, y, su espalda, totalmente amoratada, le dolía cada vez más. No le dejaba respirar. Por la noche, tuvo que ser su compañero de habitación, Antonio Pedrero, quien le ayudara a acostarse. Cada jornada, el mismo proceso. El mismo dolor. Diez días después, una gastroenteritis quiso poner fin a tanta agonía. Con el estómago cerrado, la debilidad se hizo extrema. Condenado desde la salida, tan sólo pudo realizar los primeros kilómetros de la duodécima etapa. Hundido, deslizó el dedo a su pecho, donde tenía ubicado el micro de su auricular: “No puedo más, me tengo que bajar”, balbuceo entre sollozos. Pablo Lastras y “Txente” García Acosta, sus Directores, no dudaron en apoyar a su pupilo. Había llegado demasiado lejos. Jorge Arcas, ciclismo de voluntad

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El año siguiente, volvieron las emociones. Envolvieron para él algo muy preciado. El reconocimiento de un gran líder. Alejandro Valverde, tras la tremenda caída sufrida en el Tour de Francia de 2017, volvía a sentir la sed de victoria. Acudió a la Vuelta a Valencia pensando, de nuevo, en levantar los brazos. Durante la disputa de la segunda etapa, pidió a sus corredores prepararle el camino hacia Albuixech, ya que, el final, se le adaptaba bien. Pero el equipo Sky no desistía en apretar la carrera.

Al mirar de reojo a Wout Poels y Gianni Moscon, Jorge pensó que quizás, Movistar había acudido con un bloque poco experimentado para trabajar por la victoria de su líder. Pero Alejandro no dudó: “Chicos, os quiero unidos. Ordenados. Esta victoria va a ser nuestra”, bramó. Jorge no cejó en su empeño. Estuvo siempre al lado de su líder, hasta que no pudo más. Minutos después, al cruzar la línea de llegada y ver la cara resplandeciente de Valverde, se emocionó. La palmada del murciano sobre su espalda valía oro. Representaba lo que quería ser. Como Erviti. Un hombre de equipo.

Pero, de nuevo, el destinó, dibujado siempre entre trazos incontrolables, volvió a visitarle con crueldad. Mes y medio después, el equipo le seleccionó para disputar gran parte de las clásicas belgas. Le encantaban. Tanto público enfervorizado en las cunetas. El olor a patatas fritas tras el paso por cada pueblo. El serpenteo entre rotondas trazado en pura tensión. Tras la disputa de la E3, Gante y a Través de Flandes, tan sólo le quedaba el gran monumento. El Tour de Flandes. Sin embargo, en una de sus curvas, se vio implicado en una caída. El impacto contra el suelo fue lateral. Trató de levantarse entre bicicletas. Pero, al mirar su brazo, escupió un lamento seco. Su codo estaba fracturado. Jorge Arcas, ciclismo de voluntad

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A su vuelta a casa, Jorge habló con sus directores. “Tenéis que inscribirme para la Vuelta a Aragón. Deseo correrla con toda mi alma”, rogó. Le pidieron calma, pero él se pasó un mes encerrado en el garaje de su casa, sobre el rodillo. Sin un solo día de carretera. Sin ver la luz. No hasta poder salir de allí y plantarse, tan sólo unos metros delante de su casa, en la salida de Sabiñánigo. Ante su gente. Sus padres. Como profesional. No defraudó.

El aliento de su círculo es necesario para él. Vitaminas a un crecimiento paulatino. Calor humano en el frio invierno. Colateral a un pedaleo que, desde amateur, ha llevado Iosune, su preparadora. Su confidente. Hoy, trazado por los bajos del Pirineo aragonés, entre Jaca y Biescas, pero que en verano le llevará, de nuevo, al Valle de Tena. Quizás sea para preparar, de nuevo, aquella Vuelta a España que el destino, tan caprichoso como a veces cruel, le arrebató a golpazo limpio. Aunque nunca minara su ciclismo de voluntad.

Rafa Simón @rafatxus

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