Julián Quintero, el ciclista en blanco y negro

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón - Fotos: Julián Quintero y Manzanas Postobón -
Julián Quintero, el ciclista en blanco y negro
Julián Quintero, el ciclista en blanco y negro

Ver el Giro duele. Es la Italia de otros. Aun así, tumbado sobre su cama, somnoliento, ha celebrado la victoria de “Chavito” en San Martino di Castrozza. Se ha emocionado. Verle abrazado con sus padres es reconciliarse con la vida. Pero apagar la televisión es topar de bruces con la realidad. La Italia que le falta.

Para él, en cambio, en la soledad del gran Medellín, sólo hay voces. Con aroma agrio. “¿Te sientes motivado?, ¿Estás preparado para volver a Europa?”. Las preguntas se disparan boca arriba. Las lee en el techo. Con la misma intensidad con la que fueron formuladas hace tiempo. Luego se descuelgan por la pared hasta golpearle las entrañas. Ya no llora al recordarlas. Pero, lo jura por Dios. Volvería a decir que sí. Mil veces. Tan sólo su habitación es testigo de su pesar. La cama amortigua su dolor. Su acompañante, el último libro de Santiago Posteguillo, es el que le reconcilia con el sueño. Sobre la mesilla, reposa una cámara de fotos, de las de antes.

Julián Quintero: el ciclista en blanco y negro

Esas mismas voces avisaron hace meses. En un hotel de Navarra, la víspera del Gran Premio Indurain. Uno de sus compañeros, Wilmar Paredes, había dado positivo. “Otro más, y cerramos el equipo, ¿me escuchan?”. Fue la advertencia más dura de su carrera. Poco tiempo después, otro compañero, Juan José Amador, fue de nuevo controlado positivo. La noticia le sorprendió entrenando. Días antes del Tour de l´Ain. Se sentía fuerte. Poderoso. Como Julia, la protagonista del libro que reposa en su cama. No llegó a disputar la prueba francesa. Su equipo le obligó a coger, junto con sus compañeros, uno de los vuelos más amargos. El que le llevaría de Europa, a Colombia.

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No ha vuelto a saber de ellos. Paredes, tras conocer la noticia, se fue pronto a Colombia y Amador, que se encontraba en Santander con él, se hacía el escurridizo por los pasillos. Como una anguila. Temeroso. Egoísta. Incapaz de admitir una equivocación. De decir que fue cosa suya. Ausente del gran pecado de haber arruinado el trabajo del resto de compañeros.

En Medellín, las noches comienzan suaves. Luego se tiñen de negro. Las de Julián, llevan días raspando su cabeza con recuerdos. Algunos blancos. Puros. Los primeros, en las montañas de Yarumal, al Norte de Antioquia. Su padre le llevaba a ver las etapas donde la Vuelta a Colombia decidía quién sería su ganador. Allí, agarrado de su mano, en una cuneta, le encantaba ver como los corredores trazaban las curvas con un impulso extremo, elevándose sobre sus sillines. Años después, tuvo que elegir él. Soñar con ser uno de esos corredores o ir a la Universidad.

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Eligió probar fortuna como ciclista. Pero en Italia, como amateur. Allí vivió 5 años, en la Toscana.

Aprendió a pensar como un ciclista europeo. A leer las carreras. A barajar variables. Era todo tan ajeno al ciclismo colombiano. En su país todo se regía por la fuerza. En 2012, Victor Hugo Peña, uno de los ciclistas colombianos más representativos, le llamó. El Gobierno de Colombia iba a lanzar un equipo profesional, y querían contar con él. Querían formar un bloque que compitiese en Europa. Le ofrecieron residir en Bérgamo, frente al Lago d´Iseo.

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Fueron cinco años en los que el ciclismo le ofreció conocer a Leonardo Duque, su gran mentor. De él heredó a ser inteligente en carrera. Supo rodearse de otras jóvenes promesas que, como él, buscaban triunfar en Europa: Esteban Chaves “Chavito”, Jarlinson Pantano, Atapuma. Pronto, conoció su gran carrera: El Giro. El primero que corrió, lo tuvo que abandonar por una tendinitis. El segundo, supo terminarlo. También participó en la Vuelta a España. La terminó con la ingratitud de, tras conseguir entrar en una fuga victoriosa, decantarse por la rueda de Mickael Cherel, no sabiendo elegir la de De Marchi camino de Fuente del Chivo, la que le podría haber llevado a levantar los brazos. Su error se disipó en el paso del tiempo, dejó de interesar a los grandes equipos.

Así, en 2015, cuando sentía que su trayectoria comenzaba a trenzarse en madurez, el Team Colombia desapareció. A pesar de tener contactos, Julián no consiguió recalar en un equipo de entidad, y debió regresar a Colombia, recalando en equipos con poco calendario.

Julián Quintero: el ciclista en blanco y negro

Julián naufragó en años oscuros. Llegó incluso a correr en un equipo Chino. Un país donde el ciclismo era algo recreativo. Allí, cuando un corredor se retira de una carrera, empieza a ejercer de masajista para el resto, como si fuese un juego. Incluso, se alejó de la gastronomía del país, aferrándose en el arroz y la pasta durante meses para evitar problemas gástricos. A su vuelta a Colombia, presa de la desorientación sobre su futuro, llegó incluso a montar una Hamburguesería.

Afortunadamente, encontraría refugio en sus estudios de fotografía profesional. En los blancos y negros que le regalaba su cámara. Retratar otras realidades le hacía obviar la suya. Olvidaba preguntarse por qué no podía volver a Europa.

En 2018 se dio un ultimátum. Recordó aquellas rampas en las montañas de Cerumel donde su padre le llevaba a ver cómo aquellos ciclistas de espalda jorobada por la inclinación del esfuerzo se jugaban los triunfos en la Vuelta a Colombia. Si él ganase una de esas etapas, seguramente atraparía el interés del Manzanas Postobón, equipo creado recientemente con las mismas miras que el Team Colombia donde había corrido.

Decidió actuar cerebralmente. Como un ciclista italiano. Seleccionó una etapa. Unos compañeros de fuga. Entre ellos, Aldemar Reyes, del Postobón, parecía tener la etapa controlada, llegada a su localidad natal. A falta de unos kilómetros, Julián como si apuntase con su cámara, captó como Reyes perdía unos metros mientras discutía con otro de los fugados que parecía vaguear en los relevos. Acertó a atacar, a seleccionar una fuga donde, de repente, era uno de los más fuertes. Su siguiente foto se disparó a falta de 500 metros. Donde demarró hacia la victoria.

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Esa misma tarde, aquellas voces llamaron a su puerta por primera vez. Le formularon aquellas preguntas: “¿Te sientes motivado?, ¿Estás dispuesto a volver a Europa?”. Julián les juró que si. Que su edad no era impedimento, que tenía la ilusión de un chico de 20 años. Que, en 2019, los resultados hablarían por él. En Amorebieta acabó en segundo lugar. Detrás de Betancourt. A pesar del lastre.

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Días después de saber que su compañero Paredes había dado positivo. Antes, había sido noveno en las duras rampas de Estibaliz, encerrado entre Bauke Mollema y Adam Yates. Posteriormente, lloró amargamente su segundo puesto en la última etapa del Tour de los Alpes tras no poder derrotar a Fausto Masnada, una de las revelaciones de este Giro, en las montañas que rodean Bolzano, bajo la lluvia.

Julián Quintero: el ciclista en blanco y negro

Julián Quintero: el ciclista en blanco y negro

Por eso,ocho días después, gritó de pura rabia cuando cruzó victorioso la línea de meta de la primera etapa de la Vuelta a Asturias. Porque había decidido disputarla a pesar de salir resfriado. Porque no le importó verse rodeado de los corredores del Movistar, que preparaban allí el Giro. De nuevo, disparó su foto a falta de 500 metros, para conseguir la instantánea que da una victoria.

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Una foto en blanco y negro que retrata su vida. Que no empaña en ocres una trayectoria de idas y venidas a Europa y que los errores de otros se han empeñado en condenarle a la soledad de una habitación donde, afortunadamente, un pasaje de “Yo, Julia”, el último libro de Santiago Posteguillo, le ha dejado reencontrarse con el sueño.

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Quizás, cuando despierte, otras voces valoren su dedicación y le saquen de esta pesadilla oscura. Quizás le pregunten, de nuevo, si está dispuesto a volver a Europa.

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