La luz de Beñat Intxausti

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
La luz de Beñat Intxausti
La luz de Beñat Intxausti

Bajo la luz de una lámpara, con la noche prematura de invierno al otro lado de la ventana, cualquier cristal es un espejo. Aunque trate de ver más allá, es inevitable ojear hacia uno mismo. Beñat se sigue observando serio. Algo parco en palabras. Porque la prudencia siempre guio el mar de desánimo porque el que ha navegado los últimos años. Demasiados.

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Ahora en el Euskadi-Murias, su nueva casa

Tras su silueta se reflejan varios maillots. Los amarillos, a pesar de los años, aún lucen fuerza. Como un primer amor que nunca se olvida. Beñat fue un hombre deseado. Desde bien joven. Euskaltel- Euskadi apostó por él, pero la oferta de las estructuras de Matxin y Gianetti le convencieron. Euskaltel- Euskadi tuvo que conformarse con llegar después. Como una novia esperanzada, incapaz de olvidar. Sólo compartieron un año. Aun así, la hizo un gran regalo. Un segundo puesto en la Vuelta de casa, la Itzulia. Ante los grandes.

La luz de Beñat Intxausti

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Pero, de entre todos los contrastes, la luz busca sombras, brillos. La habitación de Beñat esconde, tras la desesperación, un pasado metálico, brillante. Dos copas alzadas en el Giro de Italia. Dos etapas entrelazadas por una maglia rosa. Lo lució un día. Pero lo peleó siempre. Italia y su Giro le divertían. Le silbaban buenos consejos. Guiños bajo un sol de mayo que siempre pintó unas piernas peleonas bajo un cuerpo oscuro, delgado. Ataviado con otro color, el azul oscuro. El emblema de Movistar. La novia más sólida. Sellado con un recuerdo. Una foto con Xabi Tondo. Un amigo que se fue, pero que le regaló la capacidad de relativizar. De no rendirse nunca. La base más sólida que acompañaba al ciclista que crecía en tiempos. Beñat ya no era ningún niño.

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Por eso, con treinta años. La luz que más ciega tocó la puerta de su talento. No había ningún equipo más poderoso. Y lo quería a él. A ese chico serio. De ojos grandes. Un hombre seguro de sí mismo. Seña de identidad del SKY. La luz de Beñat Intxausti

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Aquel invierno, hace tres años. No hubo ningún día oscuro. Ni una tos. Sus piernas auguraban gestas venideras. Hilaban fácil sobre los pedales. Mallorca, con su Challenge, fue un aperitivo. Valencia, un paseo. El equipo triunfó con Poels, el holandés de tez blanca y hombros anchos, escoltado en el podio por aquel chico enjuto, de tez aún aniñada, a pesar de su treintena.

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Afrontaba, en el equipo más poderoso del mundo, su plenitud ciclista. Pero, como si de pronto, la luz se esfumó. Tras acudir a Canarias a realizar entrenamientos de calidad bajo el mejor de los climas, su cuerpo se olvidó de responder. Fueron meses en los que, cada mañana, la luz del sol dibujaba un rostro triste, taciturno. Anclado en un enfado parco en palabras. Con el cuerpo acordonado por una Mononucleosis que no se quería ir.

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El Euskadi-Murias de 2019 al completo

Le agobiaba unos meses, luego le soltaba, sólo para que fuese a las carreras a sentirse peor. Maltrado. Atrapado en debilidad cuando antes bailaba en puro garbo. Arrastró su miseria por Europa. Eslovenia, Polonia. Luego tuvo que decir basta.

Pero, a su ventana, aunque las estaciones del año se turnaban, no volvió a entrar la luz. 2017 volvió a ser cruel y, 2018, a pesar de que los médicos pronosticaron un cambio, volvía a pesar toneladas. Ante su balcón se asomaba, cada día, la misma sinrazón. La misma desidia en la rutina: Entrenamientos livianos. De los que dolían más en la cabeza, que en el cuerpo. Del otro lado, tiraba su familia, su novia, sus compañeros de “grupetta”. La ilusión.

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Dave Brailsford, el mánager del equipo SKY, había decidido renovar su contrato un año más. Sabía que Beñat había hecho todo lo posible por recuperarse, por no perder la esperanza. Era un premio. Un guiño a su tozudez. Pero, el destino, le seguía punzando. Era su tercer verano gris. Teñido en frustración, Beñat tenía casi tomada la decisión. Basta de engañarse. Quizás era el momento de dejar de correr. De tirar la toalla.

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Pero tras el amarillo, el naranja o el azul, faltaba un color. El verde. Lo había tenido tan cerca. Jon Odriozola, Mánager del equipo Murias, se interesó por él. “¿Qué te dicen los Médicos, Beñat?”, le preguntó. Beñat sonrió. Esta vez los números no fallaban.

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Odriozola no se lo pensó. Le pidió que se animara. Que en 2019 volvería a tener un dorsal. Necesitaba un hombre experimentado. Beñat tendría una bicicleta nueva con la que poder dejar atrás sus malos recuerdos. Un lastre que se esfumaría, tres años después, frente a la ventana que hoy refleja su silueta. Huesuda. Sana. Por eso sonríe. Parco en palabras, porque es prudente, pero firme en su mirada, que vuelve a ser tan oscura como brillante. Sabe que la fuerza, esta vez, ha vuelto de nuevo. Para traerle la luz que nunca debió abandonarle.

Rafa Simón @rafatxus

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