La vida inefable de “Juanpe” López

El joven ciclista de Lebrija (Sevilla) acaba de debutar con el Trek-Segafredo tras formarse en el Kometa Cycling de la Fundación Contador.
Rafa Simón. Fotos: Kometa Cycling Team / Juanpe López -
La vida inefable de “Juanpe” López
La vida inefable de “Juanpe” López

“Has tomado la mejor decisión hijo, ahora hay que ir a por todas”, le dijo. Sonó convincente. A decisión aceptada. Juan Pedro, “Juanpe”, siempre ha agradecido que su padre, que le regaló su mismo nombre, nunca se metiera en sus cosas. Jamás una duda sobre lo que le ponía de entrenamiento el preparador, ni sobre como actuó en una carrera u otra. Nada. Miró otra vez la maleta, y el billete de avión. La decisión estaba tomada.

Lebrija es, como cada pueblo que rodea Sevilla, un secarral de calma. De silencio que sestea en pleno Agosto. De plazas vacías de niños. De sol abrasador que empuja a sus habitantes a no salir de sus casas.

Lebrija es, también, pasión por los toros, o por el fútbol. Unos del Sevilla, otros, en cambio, como a Juanpe, les engatusó el ingenio de Joaquín. No sólo con sus internadas mágicas en el Villamarín. También con su guasa. Juanpe iba para eso. El fútbol es un reclamo apetecible para gente sencilla, como él. Para chavales de pueblo con costumbres llanas. Pero un verano, como el de ahora, como no había entrenamientos hasta septiembre, sintió como el aburrimiento se apoderó de él.

Esa mañana, escarbando en el trastero, encontró la bici vieja de su padre, cicloturista de los de toda la vida, y se fue a dar una vuelta. Se dio cuenta de que le gustaba y, aún temiendo decepcionar a Joaquín, y a su Betis, se cambió al ciclismo.

La vida inefable de “Juanpe” López

Juanpe López (izda) junto al futbolista del Betis Joaquín.

Pronto llegó otro ídolo. Alberto Contador. Verle bailar sobre la bicicleta era increíble. Como la magia de Joaquín con el balón. Contador tenía un campus, donde los chavales iban a probar suerte. Como quien hace las pruebas con el Betis. Primero acudió como cadete, pero sus medios bailes con el fútbol, no ayudaron. En cambio, como Junior, los resultados fueron buenos. El hermano de Alberto Contador, Francisco, se lo comunicó. Estaba dentro.

Entonces, Contador se convirtió en “Alberto”, un tipo llano que se interesó por él, por su progreso. No se lo podía creer. Ni los Tours, ni el Giro, ni las Vueltas eran una barrera. Era un tipo llano, como él. Era todo tan…inexplicable, que decidió tatuarse un sinónimo en su codo: Inefable.

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Juanpe entrenando con Alberto Contador.

Con la fundación Contador, demostró mucha regularidad, siempre estaba ahí. Con los consejos de Fran. Las miradas cómplices de Jesús Hernández. No se podía mentir a alguien que había sido corredor. Jesús sabía si de verdad le dolían las piernas o si, debía atacar porque los rivales estaban peor. Juanpe, les regaló una Vuelta al Bidasoa y, ellos, algo mejor. Subir al equipo Continental. Al Kometa. El objetivo, la disputa del Giro de Italia Sub23. Pero acudió enfermo. Entonces, conoció la bondad de otro grande, Iban Basso. Iban subió a su habitación. Juanpe le dijo que se sentía mal, que no quería correr, pero Basso le animó a ello: “Juanpe, hay que ser fuerte, en el ciclismo profesional nada es fácil, y de estas situaciones aprenderás”, le explicó.

Un año después, en 2019, empezaría la temporada, de nuevo, con el equipo continental. Trabajó en invierno con dos premisas: Una, evitar la presión de la categoría y, la segunda, seguir los consejos de su compañero de entrenamiento: Juanjo Lobato. El experimentado corredor de Nippo, le habló claro: “Juanpe, estás haciendo las cosas bien, pero ser profesional no es cómo se llega, sino como se mantiene uno en esto, así que no te descuides nunca”, zanjó.

La vida inefable de “Juanpe” López

Juanpe supo, que la vida, por “inefable” que pudiera presentarse, no debía suponer un problema. Ser neoprofesional sólo era un inicio. Un periodo de ensayos. Y, como Contador, quizás como Joaquín cuando debutó con el Real Betis, se armó de valor. Al ataque siempre. En vertical. En el Tour de Hungría, avisó. Dijo al equipo que tenía opciones, y no se escondió. Terminó sexto. Pero, en el Giro de Aosta, se tatuó otro momento en un codo tallado, no sólo en aquel tatuaje, sino en heridas de guerra. Iba a conquistar Champex, en la cuarta etapa. En plena ascensión, se disparó a por la etapa. Como si viera a Contador bailando sobre su manillar. O a Joaquín desbordando a su marcador. Quería la etapa. Le dijo a su Director aquel día, Félix García Casas, que no estuviera nervioso, que tenía piernas. Y no falló. Su currículum se iba perfilando.

Entonces, se produjeron dos llamadas. Una, la del seleccionador nacional, estaba seleccionado para correr el Tour del Porvenir. Otra, la que realmente dio un vuelco a su corazón. Su interlocutor fue Jesús Hernández: “Juanpe, me acaba de llamar Iban Basso, que le han avisado del Trek, quieren que corras como stagiaire con ellos. Debutarías en el Tour de Utah”.

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Juanpe López debutó con el Trek-Segafredo en el Tour de Utah.

El recuerdo de esa llamada aún estremece a Juanpe. Juan Pedro, su padre, nunca decidió por él: “Hijo, sé que tomarás la mejor decisión. Pero, eso si. Una vez que decidas adonde ir, que sea a por todas”. Juanpe lo tenía claro, no es una persona que haga una montaña de un problema, ni de una decisión. Certero como un cambio de ritmo de Alberto. Directo como un disparo de Joaquín. “Papa, quiero demostrar que tengo piernas para ingresas, algún día, en un equipo del World Tour, debo probar”.

En Agosto, las horas pasan lentas en Lebrija. La plaza sigue desierta desde hace horas. El pueblo siestea. En cambio, Juanpe sigue mirando su maleta. Aún desecha. Pero ya repleta de ilusión. Su vida, empezó con patadas a un balón, con la timidez de mirar a Joaquín en un póster. De admirar los cambios de ritmo de Contador. Hoy, ya conoce a Joaquín y, Contador, ahora es Alberto, un tipo que, cuando le vió el otro día con el coche, le pitó, para echar un ratito con él. La vida tiene esas cosas. Esos giros. Hasta resultar, como su codo le recuerda cada día. Inefable.

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