Nicolás Saenz, el colombiano del País Vasco

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón - Fotos: Manzanas Postobón, Lizarte, Eiser y Punta Galea -
Nicolás Saenz, el colombiano del País Vasco
Nicolás Saenz, el colombiano del País Vasco

El chillido que precede una caída siempre es seco. Agónico. Luego se escuchan frenazos trazados a la desesperada. Que tratan de impedir, inútilmente, el inminente chasquido metálico de las bicicletas al golpear el suelo. En ese momento, cada ciclista trata de sortear la caída como puede. El pelotón se abre en un bandazo casi unánime, como un banco de peces en el mar evitando la red de un barco pesquero.

Los que han tenido peor suerte, permanecen inertes sobre un asfalto que se dibuja húmedo. Entre lamentos opacos. Nicolás ha tenido suerte, su posición en el pelotón le ha permitido esquivar la caída. Ha sido fruto de la pelea entre Sky y Deceuninck por aproximar a sus hombres fuertes al repecho de Estibaliz.

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Nicolás tose, pero el Helicóptero hace sordos unos esputos que dibujan muy mal color. Sobrevuela el rincón donde Julien Alaphilippe, segundo clasificado, frunce la cara de dolor. Antes de arrancar, no puede evitar ver que, unos metros por detrás, un corredor del Sky también requiere de atención médica. Jonathan Castroviejo no se mueve. Permanece aturdido, sosteniendo uno de sus codos, antesala de una fractura de clavícula. Nico lo mira con lástima, es como un vecino, otro Getzotarra. Como él.

A los dos les adoptó el Punta Galea. Un equipo de los de toda la vida, de la margen derecha del gran Bilbao. A Castroviejo desde escuelas, a Nico, desde juveniles. El vino desde Colombia. Gracias a que, el Colombiano que lo hizo anteriormente, Jason Cortés, dejó una buena imagen. Mikel Guinea, uno d elos directores del equipo vasco, tenía buen trato con uno de los directores de la Sociedad Ciclista “Esteban Chaves” y, dado que la experiencia de Cortés funcionó, decidieron traer tres colombianos más el verano siguiente. Nico no era el más destacado, pero sí el que más ganas tenía de ser ciclista. Mikel y él conectaron rápido.

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Tras dos veranos como juvenil a tiempo parcial, con estancias de tres meses, Mikel le ofreció volver el año siguiente como amateur, al Seguros Bilbao. Se trataba de abandonar de nuevo su familia a cambio de aprender el oficio. Olvidarse de un ciclismo, el Colombiano, al que le sobran portentos y le faltan escuelas donde formarles a cambio de aprender de la estrategia de Europa.

El año siguiente, tras la desaparición del Seguros Bilbao, se gestó, siempre dentro de los convenios con el Punta galea, una segunda oportunidad con el Eiser, donde se decidió incluir a Nico. Su madre, Constanza, habló con su hijo. “Hijo, sabes que la plata de la familia es para que consigas tu sueño, pero no podemos permitirnos segundas oportunidades, tan sólo hazlo lo mejor que puedas”.

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Nico, inevitablemente, heredó un enemigo cruel. Las prisas por hacerlo bien. Tan sólo contaba con un pasaje de tres meses para conseguir su sueño, ser profesional. Por eso, desde la primera carrera, Nico corrió alocado, con la imperiosa necesidad de destacar. Mikel, habló con él. Tras varios años, se estaba ganando su confianza. Aunque Nico vivía en un piso que el equipo había habilitado en Asua, ubicado a escasos kilómetros de Algorta, Mikel le ofreció siempre el cariño de su mujer, Noel, y de su hija, Naroa.

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Construyeron una amistad basada en la confianza, como si de padre e hijo se tratara. Mikel le habló claro: “Te estás precipitando. Corres con prisas. Sé que hay poco tiempo, pero tienes que usar la cabeza. Atacar sólo cuando eso suponga una diferencia, no un trabajo para los demás”, concluyó. En la prueba siguiente, en Segura, Nico consiguió el segundo puesto. Pronto llegarían las victorias, la lucha por las grandes vueltas. Escaparate donde los equipos profesionales otean nuevos talentos. Mikel ya tenía la atención de algún equipo profesional. Pero, en la Vuelta a León, Nico tuvo una caída. Seca, como la de Castroviejo. También se rompió la clavícula. De nuevo, Mikel, ejerció como si se hubiese caído su propio hijo. Llamó a Constanza, que, asustada, se sentía impotente, a miles de kilómetros de su hijo. Pero ella palpó la seriedad, el tacto de un hombre que, aunque jamás lo había visto en persona, le hizo saber que cuidaría de su hijo.

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Mikel ya no volvió a saber de los equipos profesionales que se habían interesado por Nico, pero sí de Juanjo Oroz, Director del Lizarte, uno de los mejores equipos amateur en España. Oroz fue claro con Mikel. Le ofrecerían las mejores condiciones para que su familia no tuviese que realizar un gasto que ya no era viable. Viviría en Navarra, en el piso del equipo.

Juanjo pronto descubrió la sonrisa de un chico educado, agradecido, abierto al aprendizaje, al trabajo en equipo. Le dijo que, en Lizarte, no había prisa. Que sólo pensara en el colectivo. Que le llevaría a las mejores carreras de Europa para que, de una vez por todas, explotase su potencial. A Juanjo, su intuición le dio la razón. En las carreras vascas destacaba, pero lo suyo, eran los puertos largos, de carreras de fondo. Le llevó a disputar el Giro sub23 y semanas después, el Giro de Aosta. Junto al tour del Porvenir, eran las mejores carreras del circuito amateur del mundo. Nico no defraudó. Se peleó con los mejores.

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Por eso, Mikel decidió hablar con Oroz. Como si se tratara de un padre que, preocupado por el futuro de su hijo, visita al profesor en busca de orientación. Quería saber si le iba a ayudar. Juanjo le tranquilizó. Esta vez, había una salida al profesionalismo. Colombiana. El Manzanas Postobón se había interesado por él.

Oscar Vargas, uno de los Directores del equipo, conocía a Nico desde juveniles. Le dio una oportunidad: “Nicolás, tu trabajo en el Giro fue bueno, pero queremos estar seguros, ya sabes como funciona esto”. Vargas hablaba del test de esfuerzo calibrado en unos números que, si eran alcanzados, supondrían su paso al equipo.

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Vargas, tras obtener los resultados, no se sorprendió. Los esperaba. Cuando Nico le dio la noticia a Mikel, como si se tratara de las notas del colegio, se sonrió. Entre vascos, los sentimientos, rara vez se demuestran con palabras. La confianza, cuando es mutua, habla en la mirada. Por eso, Mikel, aunque sabía que eso supondría dejar de ver a Nico, no derramó ni una sola lágrima.

Tan sólo se abrazaron. Recordaron los paseos por Algorta, con sus amigos. Las comidas en familia, regadas con alimentos que Nico nunca había visto como los Chipirones, los caracoles o las Gambas. Intercambiaron sentimientos en un abrazo cargado de verdades dicha siempre a la cara.

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Ahora, las enseñanzas, los consejos, sólo serán telefónicos. La batuta ya no será de Oroz, ni de Mikel. Jonathan Restrepo, el único corredor del equipo que conoce el World Tour, ha llenado muchos ratos muertos en concentraciones explicando a los más jóvenes lo que tienen que hacer. Los números, los resultados, los vigilan Vargas o Saldarriaga, directores del equipo. Ellos le dijeron a Nico que, en abril, volvería a su otra casa, al País Vasco, para correr la Itzulia.

Por eso, a pesar de que la gripe que se trajo de Colombia cada vez le ahoga más, que, en la salida de cada rotonda, Sky le hace apretar los dientes hasta llegar al límite del sufrimiento, su labor será asistir a Carlos Quintero y Aldemar Reyes en lo que ellos le pidan. Pero, sobre todo, sentir el olor a mar de una costa, la vasca que le abrió sus puertas hace años, cuando sólo era un juvenil que quería ser profesional. Disfrutar de una afición que le llama por su propio nombre.

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“¡Vamos, Nico!”, le grita Aldemar. Castroviejo estará atendido. Como lo estuvo él. Mikel siempre se encargó. Por eso, Constanza nunca temió por su hijo. Tenía una familia. Y un destino: Ser el primer Colombiano de Algorta en hacerse profesional.

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