Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona

El Blog de Rafa Simón
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Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona
Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona

“Todavía piensas en ella, ¿verdad?”, le pregunta Idoia.

Los atascos son tediosos. Quizás no haya sido buena idea coger el coche. Óscar siente evadirse cada vez que se detienen. Como el humo del tubo de escape del coche de delante. Parece que no vayan a moverse nunca.

Idoia, con una suave caricia sobre su mano, repite la pregunta. Conoce a su novio. Él sonríe, acompañando una excusa inverosímil con una risa nerviosa. Cómo olvidarla. Aún sigue sin recordar todos los detalles. Se hace una idea según se lo cuenta la gente, sus amigos. Fue algo increíble.

La víspera no durmió con Aritz Bagües. Como el resto de días. Con “Bagu”, las tardes de hotel son divertidas. Habla mucho. Esa noche no. Le pusieron con Mikel Bizkarra. Mikel estaba cansado, había estado en la escapada todo el día. Óscar, en cambio, estaba inquieto. La humedad gallega no le había sentado bien. Las sensaciones no eran buenas. Le ponía de mal humor. Mikel, veterano, percibió su malestar, y prefirió no molestarle, dejando que se recluyera en el descanso de una cama donde no paraba de dar vueltas.

Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona

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Pero, el día siguiente, Óscar tenía trabajo. Rubén Pérez, uno de los directores del equipo, fue claro. “Tú y Edu (Prades) seréis los encargados de coger la fuga. Va a ser numerosa y tenemos que luchar la etapa”, señaló tras levantar la vista de su cuaderno de notas.

Óscar asintió. Lo intentaría al menos. Unas horas después, él, Edu y Gari Bravo rodaban, entre motos, junto a una treintena de corredores. Fue un pulso empapado en velocidad. El pelotón no pudo con ellos. Desde el coche, Xabier Muriel, el segundo director de Murias, le señaló a Bauke Mollema: “Que no se te vaya Óscar. Si salta, tú a su rueda”, le recalcó cuando se acercó a coger un botellín. Sin embargo, Ilnur Zakarin, de Katusha, llevaba suficientes compañeros como para sostener el peso de la fuga.

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Los escapados mantenían la distancia. Muriel fue explícito por el pinganillo: “Chicos, hoy llegáis a meta vosotros. La conocéis bien. Hasta donde lleguéis”. Óscar, tras dar un relevo, tuvo un momento para levantar la vista. Hacia el horizonte, que esperaba curvado. Tras un desvío, al que entraron a gran velocidad, esperaba ella. La Camperona. Leonesa. Tallada en curvas firmes. Secas. Casi todas imposibles. De porcentaje extremo. En ese momento, el corazón de Óscar empezó a palpitar con fuerza. Observó cómo los gregarios de Zakarín se apartaban. Sin apenas tener tiempo de reacción, un sexteto de corredores le pasaron como una flecha. Óscar apenas se inmutó. En cambio, se exigió un ritmo. Su Garmin le marcó 400 Watios. Hasta donde pudiera mantenerlos. Del coche de equipo apenas pudo escuchar nada más. Las ultimas indicaciones de Muriel se perdieron entre el griterío. El aficionado español es pasional. Anima desde dentro. Pura víscera que bracea descompesadamente. Como si le insuflaran fuerza. Ánimos vociferados a escasos centímetros de su agonía. Le pedían sufrir. Pedaleo firme. Peter Serry dio un bandazo justo a su lado. Unos metros después, sintió los chepazos de Zakarin, luego, serpenteó entre los jadeos de Kudus y de De Plus. Con la vista anclada en el manillar sobrepasó a Bjorg Lambrecht, que también se retorcía sobre su bicicleta. El belga, incrédulo, sólo pudo seguir con la mirada arañada en sudor como alguien que no había vigilado en absoluto, le sobrepasaba.

Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona

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Sólo restaban dos kilómetros. Las piernas le dolían. El aire, escaseaba. Óscar intentó no gemir. Pero sentía que, por más que abría la boca, el oxígeno no penetraba con facilidad. Más chillidos. La velocidad era tan lenta que parecía que el asfalto le atrapaba. Su pulsómetro le seguía señalando los 400 watios que se había pedido. Por primera vez levantó la cabeza. Frente a él, percibió una batalla. Rafal Majka y Dylan Teuns se miraban. Se retaban en un pulso mudo.

Él se contentaría con verles. Con la tercera plaza. Pero, aunque le dolía todo el cuerpo, se pidió seguir. Mientras, en medio de aquel pasillo humano, los aficionados reaccionaban con sorpresa al ver su maillot pistacho allí. Tan delante. Se aliaron con él. Con el chico humilde que había osado acercarse a las ruedas de dos hombres tan afincados en el gran ciclismo. En cambio, él sólo era un chico de Burlada. Sin palmarés.

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“¡Aupa Óscar!”. Una voz se filtró entre las otras. Tímida. Tibia entre tantas. Pero entregada. La reconoció. La sintió. Era Idoia. El impulso que necesitaba su modestia. Como si rompiera un guión, se elevó de nuevo sobre el sillín. Pidió otro esfuerzo a su cuerpo. Al sobrepasarles, ni Majka ni Teuns le miraron. “¿Quién será ese?” parecieron querer decir con la displicencia de unas pedaladas que ya no acompañaban las suyas.

La pancarta del último kilómetro quedó atrás. La agonía iba perdiendo fuerza. En ese momento, era el nerviosismo el que pareció imperar. Su carácter cambió por segundos. Prudencia por ambición. “¿Por qué no voy a poder levantar los brazos yo?”, se dijo. Jaleó a sus piernas. Sólo un último esfuerzo. Dulce y agónico. Su mandíbula acompasó su golpe de riñón. Rígida. Como si se fuera a partir. Pero la meta era suya. Elevó los brazos. Gritó. Lloró.

Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona

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Aquel día, tras cruzar la línea de meta. Su humildad tomó las riendas de su gesta. No supo decir más de cuatro palabras a ningún periodista. Él sólo se preguntaba que qué hacía ahí. Que no se lo creía. ¿Porqué le estaba felicitando Simon Yates? Si él no era nadie. “Sólo soy un chico de Burlada”, acertó a decir ante la insistencia de las grabadoras que se arremolinaban bajo su boca.

"Fue increíble ¿verdad?", le susurra Idoia. Ella sabe que esa victoria fue mucho más. Suponía el premio a un invierno pálido, en un Hospital. Donde su novio acertó a remediar una operación de nariz que le impedía respirar. Una infección que luego se le trasladó al oído. Que le hizo escupir sangre durante días.

Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona

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Óscar pensó en aquella camilla que no sería nadie en el ciclismo. También lo creía en amateur, hasta que consiguió su primera victoria en Durango. Luego, Juanjo Oroz, forjó su carácter en el Lizarte. Le pidió que mirara dentro de él. Le enseñó a cuidarse, a no comer “guarrerías” cada vez que paraban en una gasolinera camino de alguna carrera. Años más tarde, Jon Odriozola, Mánager de Murias, le ofreció la oportunidad de ser profesional.

Hoy, un mes después, ha conseguido asimilar que él también puede ganar. Ser un buen profesional. Como todos los que le felicitaron. Él, que sólo se conformaba con disfrutar del ambiente de las salidas de la Vuelta. De aprender a correr "una grande". Valía con atreverse a saludar a Peter Sagan, siempre ataviado con esas gafas tan extravagantes de ídolo mundial.

Óscar Rodríguez, el gran inesperado de la Camperona

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Ahora, un mes después de su logro en la Camperona, sus amigos, sus compañeros, siguen construyendo para él una victoria que no consigue recordar por sí solo. Que le emborrachó de emociones, pero que, cada día, durante un rato, imagina como fue.

“Acelera txapeldun”, le pide Idoia. El coche de delante por fin se ha movido. Ella está contenta. Su novio, a sus 23 años, está avanzando en su carrera profesional. Y su tía les ha regalado un fin de semana en el balneario de Gorraiz. Donde suele hacer las pretemporadas el Movistar. Quizás acabe siendo un guiño del destino. El tiempo dirá. Y aún queda el reconocimiento de su gente. Los de Burlada. De los que le conocieron en escuelas, cuando el ciclismo era sólo salir con los amigos. Si no llovía, claro. Ahora, no. Es profesional. Ganador de una etapa de la Vuelta a España. Aunque él siga insistiendo en que sólo es un chico de Burlada.

Rafa Simón @rafatxus

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