José Manuel Díaz: talento y despiste para el Nippo Delko

Tras ganar el Memorial Valenciaga 2016, por delante de Richard Carapaz, y militar en las filas del Israel Cycling Academy y el Team Vorarlberg Santic austriaco, el jienense ha encontrado acomodo en el Nippo Delko One Provence.

Rafa Simón

José Manuel Díaz (Nippo Delko), en una imagen del pasado Saudi Tour. Foto: Bettini Photo
José Manuel Díaz (Nippo Delko), en una imagen del pasado Saudi Tour. Foto: Bettini Photo

“Donde habré puesto el mando a distancia”, gruñe. Necesario para conectar con cada detalle. Cada movimiento. Cada vez que percibe como un equipo alinea sus corredores para llevar a su líder a la cabeza del pelotón. Poco importa que queden aun 80 kilómetros para terminar la etapa de un Tour que se describe algo tedioso. La motivación de poder sentir que un día sea él quien esté en ese pelotón es la cafeína que le mantiene despierto.

Afuera, el calor atonta hasta a las moscas que revolotean molestas frente a su ventana. En Jaen, como en cada rincón de Andalucía, el verano se alarga hasta rozar octubre.

El calor siempre fue su compañero de viaje. Forjó sus pedaladas de niño. Alimentadas en la tienda de bicicletas que regentaba Miguel Ángel, su cuñado. Luis, su otro cuñado, es el que se encargaba de llevarle a las carreras. De Norte a Sur.  Su padre, al ser muy mayor, tenía problemas para poder conducir tantas horas. Del aprendizaje se encargó Alfonso Rodríguez, su Director en amateur. No sólo para que aprendiera el oficio. También para que supiera lo que era la vida si es que quería compaginarla con la bicicleta.

En cambio, el profesionalismo se lo proporcionó una carrera. El memorial Valenciaga de 2016. Por aquel entonces, Ran Margaliot, que ejercía las labores de Mánager de la Israel Cycling Academy vivía en España y conocía las mejores carreras del calendario amateur. Le dijeron que el que ganase aquella carrera merecía pasar a profesionales, y, en cuanto vio a Jose Manuel levantar los brazos en las calles de Eibar no dudo en contactarlo. El apretón de manos definitivo llegó en octubre y, apenas un mes después, le invitó a la primera concentración del equipo.

Podio del memorial Valenciaga 2016
Podio del Memorial Valenciaga 2016, con José Manuel Díaz escoltado por los Lizarte Richard Carapaz y Jaime Castrillo.

Fichar por el “ICA” era olvidarse de utilizar el español. “Así es hoy el ciclismo internacional, pero no te preocupes, hasta que te sueltes con la lengua te echaré un mano”, le dijo Óscar Guerrero, uno de los Directores del equipo israelí. Guerrero era un tipo especial. Detrás de su tono rudo, empapado de un fuerte acento vasco, se escondía un tipo que sabía empatizar con él. Con su esfuerzo. Para sacar lo mejor de él.

Durante dos años, José Manuel se esforzó por aprender el oficio. Por entender de qué iba eso de ser ciclista. Pero, tras dos años, decidieron no sólo no renovarle el contrato, sino que, además, le avisaron tarde. Angustiado, entrenaba pendiente del teléfono. De una llamada que le permitiera desprenderse de un único pensamiento: El temor a colgar la bicicleta. Durante todo ese tiempo, tan sólo sus hermanas y su novia conocían su situación. Era incapaz de darle un disgusto así a sus padres. Pero en pleno mes de enero, a sólo un día de su cumpleaños, recibió el mejor de los regalos. Un nuevo contrato. El que firmó, por un año, con el Voralberg.

Se trataba de un modesto equipo austriaco. Dotado de buen calendario y mejores intenciones, pero desprovisto de un presupuesto que le hiciera pensar que podría permanecer allí más de una temporada. Además, la comunicación era difícil ya que la mayoría de los corredores hablaban en alemán. “El secreto es invertir esfuerzos en el calendario. Deja que los equipos te vean y la inversión habrá dado sus frutos”, le aconsejaron. El reclamo perfecto era el Tour de Austria. Lo afrontó como si se tratara de una nueva edición del Valenciaga. En dos de las etapas llegó a cruzar la meta casi sin oxígeno. Abatido por los colosos alpinos que describen una carrera agresiva. Llevada a mucha altura. Especialmente la última, la que conduce a la cima del temido Kitzbuheler Horn a casi 2000 metros sobre el nivel del mar. Los últimos kilómetros le hicieron agonizar. Intentar agarrarse a la rueda del sudafricano De Bod era tan agónico como tratar de respirar. Pero su travesía alpina fue escuchada. El nuevo mensaje de bienvenida lo trajo además, uno de sus confidentes en la bicicleta: Javier Moreno.

Javier, que por aquel entonces militaba en el Delko Marseille, también se encontraba disputando la ronda austriaca. Escuchó como los directores hablaban de su amigo. Por eso no dudó en aconsejar su fichaje. “Macho, creo que te quieren, y yo voy a hacer todo lo que esté en mi mano para solventar cualquier duda que tengan, te lo juro”, le dijo rotundo.

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José Manuel Diaz firmó un contrato por dos temporadas con el NIPPO DELKO One Provence

Para Jose Manuel, Javier era más que un compañero. Era el espejo donde siempre se había visto reflejado sobre la bicicleta. Jienense como él, le había llevado siempre a su rueda, desde que era un juvenil. Regañado mil y una veces,  a Javier le desesperaban sus despistes. Como aquel día en el que a su pupilo se le olvidó recargar la batería de su cambio electrónico. “¿Francis, le dejamos aquí o qué?”, sugirió entre risas aquel día Javier. Francis Cabello, exciclista y preparador, les estaba haciendo una jornada de “tras-Moto” pero, al quedarse sin batería, José Manuel debía ir pegado a la moto para aprovecharse del rebufo con tan sólo un plato de 39 dientes mientras que era Javier el que debía ir expuesto al aire.

Pero, despistes aparte, Jose Manuel progresó en un equipo donde las órdenes se daban por radio hasta en cuatro idiomas. La multiculturalidad recordaba a la del “ICA”. Aunque, esta vez, la experiencia le otorgaba otro rol. “Vas a tener tus oportunidades, quiero que las aproveches, que seas consciente de lo que tu cuerpo puede dar. Exprímelo al máximo, pero con cabeza, y durarás mucho tiempo en esto”, le decía Gorka Guerrikagoitia. El vasco conocía bien los límites de su corredor y, aunque le exigiera, era por su bien. Sin embargo, su llegada la equipo coincidió con la retirada de su amigo. Pero Javier se encargó de que heredase la motivación. Las ganas de pelear cada carrera. “Si te dicen que te exprimas, lo haces, y no se hable más”, le repetía cada vez que hablaban por teléfono.

Por eso, meses atrás, subió Lagunas de Neila con la mandíbula arqueada. Sentía que las piernas iban a estallar. Pero el equipo le pidió vaciarse. Porque, para Delko, las buenas actuaciones equivalen a nuevas invitaciones a las carreras de prestigio. Y, aunque no fuera así, lo haría igual. Porque se lo debe a Javier. A su familia. Al miedo que sintió cuando su carrera pudo haber terminado con apenas 23 años. Y al sueño de que, algún día, sea él el que esté sacando su televisor, en ese pelotón de elegidos para correr el Tour de Francia. Disputando etapas que, aunque el calor asome ahí fuera, aunque el sopor del entrenamiento matutino trate de adormecerlo, es infinitamente inferior a su pasión. Y a su ahínco para encontrar el mando a distancia que asoma bajo el cojín de su sofá, como si tratara de burlar su despiste.