Mulu Hailemichael: la sonrisa etíope del Nippo Delko

Tras pasar un año en el Dimension Data for Qhubeka, de categoría Continental, este joven ciclista etíope -21 años, de perfil escalador- corre desde esta temporada en el Nippo Delko One Provence, con quien estrenó su palmarés de victorias en el Tour de Ruanda. Esta es historia

Mulu Hailemichael: la sonrisa etíope del Nippo Delko. Foto: Nippo Delko One Provence
Mulu Hailemichael: la sonrisa etíope del Nippo Delko. Foto: Nippo Delko One Provence

Su sonrisa parece tener un resorte. Es social. Perenne. Natural como el brillo de sus ojos. Sabe agradecer una conversación. Su hilo de voz sube y baja en un inglés que cada vez se traba menos. Su risa se lanza sonora. Su cuerpo se dibuja menudo. Su modestia, embaucadora. Lo aprendió de su madre. Ella engendró a siete hijos. Él fue el segundo. Pero sobre él también cayó el peso para ayudar a su familia. Le dijo que trabajase duro. Y que siempre fuese agradecido. Por eso, es fácil sentirse especial a su lado.

En su bolsillo no falta un teléfono de última generación. Y, su vestuario, desde su gorra curvada hasta sus zapatillas deportivas, es el de un joven europeo. Es la nueva realidad de Mulu. Aunque no le ciega. Sabe que poder vestir así le ha costado mucho esfuerzo. Y que, su familia, aún sigue allí. Lejos.

En Kerseber, su pueblo natal, a las afueras de Adigra, en la Etiopía que mira de frente a Rwanda, la vida es dura. Seca como el polvo que desprenden los zapatos desgastados de los granjeros al caminar por las cunetas mientras arrastran su ganado de vacas famélicas bajo un sol que siempre aprieta. Su padre es uno de ellos. Asi que, trabajar duro, lo aprendió rápido viéndole madrugar cada día. Pero Mulu tenía suerte. Sus padres le permitieron ir a la escuela. Y podía hacerlo en una bicicleta vieja. Sorteando piedras por el sendero. Emulando al Hailu Hailemelekot, el gran héroe local, que, tras una pequeña experiencia como corredor en España le ofreció sus mejores consejos.

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Foto: Nippo Delko One Provence

Pronto, sus aptitudes para el ciclismo le llevaron a participar en pruebas locales organizadas por un ciclismo, el etíope, que crece, precaria y lentamente, gracias al esfuerzo de Tsgabu Grmay (corredor del Mitchelton Scott), Hailemelekot y algunas ONGs. Su facilidad para escalar las  montañas que crecen alrededor de Adigra le otorgaron un perfil de escalador que, rápidamente, le sirvieron para formar parte del combinado nacional amateur de su país, hasta forzar la atención del equipo de cazatalentos del Dimension Data de categoría Continental. Con el equipo africano participó en el Tour de Rwanda.

Correr en Rwanda significa empaparse de África. Serpentear por el muro de Kigali ante un baile de aficionados vestidos en ropas de mil y un colores. De rodar junto a un público que se entrega a un pelotón, al que ofrecen el agua que quizás no puedan beber mañana. Para Mulu, además, significó competir contra equipos Europeos. Atrapar su atención.

Cuando firmó por el Nippo-Delko francés renunció a crecer con un equipo africano para sentir de cerca Europa. Para crecer en el ciclismo de verdad. Y, vestido con el azul celeste de su nueva equipación alzó las manos, por fin, en Rwanda. En Huye.

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Hailemichael festejando su victoria en la 2ª etapa del Tour de Ruanda 2020. Foto: @tour_du_Rwanda

En su nuevo equipo, los compañeros se esfuerzan mucho para integrarle. Para que aprenda a comer como un ciclista europeo. Con una alimentación diferente. Para explicarle que, con un cuerpo tan pequeñito, no necesita ponerse delante de ellos en el llano para taparles. Dicen que todo lo arregla con una sonrisa. En un inglés más voluntarioso que académico.

Philippe Lannes, mánager del equipo, le trata como a un hijo. Le ofreció una casa junto a la suya, en Marsella, tan cercana que su propia mujer puede llevarles cada día la comida. Vive junto a Biniam, el eritreo, también de su edad. Quizás el único que realmente pueda comprenderle. En África también son vecinos. Aunque la rigidez de la fronteras haga que no se puedan ver nunca. Cuando caminan juntos, Biniam, mucho más alto que él, se vislumbra serio. Mulu siempre contraresta con bromas. Pero sólo cuando están vestidos de calle. En la carretera, es otra cosa. Mulu llegó al equipo para apoyarle. Para sostener las arrancadas del eritreo. Quizás para hacer juntos más llevadero el lastre de echar de menos a una familia que apenas ven. Que, en el caso de Mulu, sigue creciendo en una esquinita de Etiopía. En un pueblo labrado en polvo. Mulu pudo salir de allí. Porque siguió los consejos de su madre. Porque trabajó duro.

 

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