André, la astilla de su abuelo e ídolo luso Carlos Carvalho

Andre Carvalho es uno de los mayores talentos del Cofidis y del ciclismo portugués, cosa que debe a las raíces de su abuelo, a las historias que le contaba su padre y a la libertad de elección que siempre le dieron

Andre Carvalho en la CRI de la Itzulia.
Andre Carvalho en la CRI de la Itzulia.

Nunca sabrá lo que le hubiera aconsejado su abuelo para esta carrera. Se hubiera sentido tan orgulloso de él.

La Sierra da Estrella se dibuja en la Portugal más céntrica, la que abraza a España por Castilla. Montañosa y verde. Ideal para preparar carreras bruscas como el Artic Race de Noruega. En cambio, el olor a mar y a la grasa de las cadenas de las bicicletas que almacenaba su padre es lo que define su infancia.

En Vilanova de Famaliçao su padre montó una escuela de ciclismo en honor a su abuelo Carlos, que fue ciclista profesional. André apenas lo llegó a conocer. Sus recuerdos tan sólo son adornos a las palabras de su padre.

Siempre le contó que era muy bueno. Un gran escalador. Incluso, llegó a ganar la Volta a Portugal del 59. Aunque a él la historia que más le gustaba escuchar era la de aquella etapa que estuvo a punto de ganar en la Vuelta a España. Ese día acababa en alto y su abuelo afrontó el último kilómetro con tiempo suficiente para ganar la etapa.

El corredor durante una ascensión en la Volta ao Algarve 22'.
El corredor durante una ascensión en la Volta ao Algarve 22'.

Sin embargo, dados los poco medios que había en la época para delimitar el recorrido y despistado por el cansancio y la niebla, se salió del trazado al seguir la estela de los coches de la organización. Cuando se quiso dar cuenta, los perseguidores ya habían pasado por el lado correcto.

"Hijo, que no te influyan estas historias, yo lo que quiero es que disfrutes de la bici, nada más. No te voy a obligar a que seas ciclista", le decía su padre. Fue el mejor lastre que le pudo quitar a un niño al que todo el mundo le hablaba de su abuelo.

André creció sin presión. Y eso hizo que realmente le gustara la bicicleta. Y que, poco a poco, los genes de su abuelo afloraran. No le vistieron menguado y fino, sino robusto y determinado para las clásicas de un día.

Su talento fue captado por el Hagens Berman Axeon, quizás el equipo de desarrollo de talentos más importante del mundo. Allí le enseñaron a crecer sin prisa. Koos moerenhout, uno de sus directores, le enseñó a creer en él. A especializarse en objetivos precisos.

André Carvalho compitiendo con la selección lusa.
Andre Carvalho compitiendo con la selección lusa.

Mikkel Bjerg en cambio, fue el corredor que más le impresionó. El danés era un líder. Divertido fuera de la carretera y ambicioso a la hora de pedalear. De contagiar a sus compañeros en la búsqueda de la senda de la victoria.

Con el equipo americano cumplió su sueño de disputar las grandes clásicas sub23.

Sin embargo, el verdadero paso llegó en 2021. Cuando le fichó el Cofidis. Suponía el paso al World Tour. Dejar un equipo de jóvenes talentos para ingresar en uno ya consagrado donde tan sólo era un mocoso.

En la primera concentración con el equipo francés se sintió realmente pequeño. En una esquina de la mesa, se dedicó a observar a los demás. En ese momento, Elia Viviani se acercó a él. "André, acércate que te voy a presentar al resto", le dijo. Su voz comenzó a bailar. ¿Cómo podía conocer su nombre?, se dijo a si mismo.

Carvalho en la París Roubaix 21', de la que se tuvo que retirar.
Carvalho en la París Roubaix 21', de la que se tuvo que retirar.

Meses después, llegó el gran día. La Roubaix de verdad. La de los profesionales. Aquel día parecía pintado en los colores de la época de su abuelo. Llovía mucho y el frío campaba a sus anchas entre sus costillas. Pero él tenía una idea fija: coger la fuga del día. Eligió el momento adecuado.

Fue entonces cuando verdaderamente entendió porque llamaban a esa carrera 'el Infierno del norte'. Nunca sabes cuando te va a golpear. Primero le tiró al resbalar sobre el adoquín mojado. Luego pinchó y, cuando consiguió volver al grupo, de nuevo sufrió otra caída que le llevó al abandono tras más de 100 kilómetros de escapada.

Las bocanadas de aire en la Sierra de Estrella no saben a fuego. A casi 2000 metros llevan frescura a su garganta y sacian su sed de mejora. Pronto su calendario globalizado le llevará a correr a Noruega. Lejos de la Volta a Portugal. Quizás nunca la corra. Los equipos del World Tour raramente la ponen en su calendario.

Su abuelo Carlos estaría igual de orgulloso. André es el único nieto que siguió sus pasos. Y si lo hizo, fue gracias a su padre, que nunca le presionó para que lo hiciera.

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