El año loco de Javier Romo

Hace apenas un año Javier Romo era un prometedor triatleta, pero un encuentro fortuito con Óscar Sevilla cambiaría su destino en tan sólo unos meses. Hoy, el albaceteño defiende los colores del potente Astana.

javier Romo en el GP Miguel Induráin. Foto: Photo Gomez Sport
javier Romo en el GP Miguel Induráin. Foto: Photo Gomez Sport

¿Quién es ahora el viejo y pesado?”, le silbó Óscar Sevilla desde la otra esquina del pelotón. Javier rió. Luego agachó la cabeza con timidez al sentir la mirada de otros corredores que parecieron no entender la broma. Los que se giraron observaron a uno como ellos. Un tipo con envergadura, pero de pecho hundido y brazos pintados en la mínima expresión.

Pero lo que Óscar decía tenía todo el sentido. Hace un año, tras el confinamiento, Javier era un triatleta de libro, de los de espalda ancha y hombros fornidos. Pero tozudo. Las carreras de triatlón no salían y había que mantenerse en forma. Un día unos amigos le llevaron con la grupetta que se movía por la Sierra de Albacete, cercana a su localidad. Allí coincidió con Óscar Sevilla que, asombrado por cómo era capaz de seguirles cuando el ritmo era alto le preguntó por qué no se hacía ciclista. “Es que me han dicho que soy viejo y pesado”, le dijo aquel día, lo que provocó las carcajadas de Óscar. “Tienes 21. Ni yo soy viejo y tengo 44 años”, le respondió entre risas. Luego le retó: “Yo te ayudo a buscar un equipo en amateur. He conocido muchos corredores, y tú tienes algo”, le explicó.

Apenas unas semanas después, el Café Baqué de categoría amateur se ofreció a reclutarle. Parecía que las carreras volverían a organizarse y tendría la oportunidad de demostrar si, efectivamente, estaba preparado para cambiar de deporte. Tras unos inicios prometedores llegó el Campeonato Nacional sub-23. Aquel día, su nombre no salía en ninguna quiniela, pero su entorno, que conocía el resultado de algunos tests que había realizado previamente, tenía confianza en sus posibilidades. Así, ante la sorpresa de todos los favoritos, Javier se impuso en solitario en las tórridas calles de Úbeda. Aquel día cruzó la línea de meta con sobriedad. Sin grandes gestos de alegría, como si le abrumara su propia gesta, a sabiendas de que iba a suscitar muchas preguntas.

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Javier Romo sorprendió a los favoritos para imponerse en solitario en el Campeonato de España sub-23 de 2020. Foto: RFEC

¿Quién era ese chico? Los periodistas parecieron rebuscar. Datos que parecían desembocar en tan sólo un tímido triatleta reconvertido a ciclista. Un chaval que vivía en Albacete con su hermano. Que de adolescente estuvo viviendo en Madrid tras ingresar en el Centro de Alto Rendimiento de la Blume y que, como ídolos de niñez, tan sólo sabía rescatar al atleta etíope Kenenisa Bekele. Una raíz incompatible con la tradición ciclista pero que en apenas unas semanas iba dar un giro vertiginoso en su vida.

El potente Astana puso sus ojos en él. Su corta trayectoria iba a ser recompensada con tres años de contrato. “Qué tal chico, a ver qué tal te adaptas”, le dijo Alexandre Vinokourov, mánager del equipo kazajo en la primera concentración del 2021. Javier, enrojecido en su timidez, bajó la mirada, siendo apenas incapaz de silbar un agradecimiento. Rápidamente, Iván Velasco, uno de los técnicos de rendimiento del equipo Astana dirigió su adaptación en el equipo.

Vamos tú, que esto se enfila”, le silba Luis León Sánchez. Javier reacciona como un resorte. Junto a él debutó en su primera carrera como ciclista profesional, en la Clásica de Almería. La corrió nervioso. Asustado por las caídas. Por el fuerte ritmo. Pronto sufriría las consecuencias de un deporte donde raros son los corredores que no tienen ninguna marca en sus rodillas o codos. El Tour de Eslovenia y el de Romandía se encargaron de tatuar las primeras heridas en su cuerpo. Pero, a cambio, la Semana Internacional de Copi y Bartali le mostró que, a pesar de ser un novato, también merecía el respeto de todos.

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Romo, con los colores del Astana, en el Campeonato de España CRI de este año. Foto: Photo Gomez Sport

En la cuarta etapa, la que giraba por la potentada San Marino, fue superado en la misma línea de meta por Jonas Vingegaard. Javier celebró su segundo puesto con un puñetazo de rabia en el manillar. Ese día supo que Óscar Sevilla no se equivocó cuando vio en él un futuro ciclista, pero también que, en este deporte, el segundo clasificado era el primero en ser olvidado.

Pero el abrigo de un buen consejo, rescatado del cariño de sus compañeros, es el bálsamo que mejor asimila un corredor que aun no conoce cuál es el perfil que mejor le define. Quizás el año que viene. Hoy, tan sólo es un ciclista anónimo al que pocos aficionados saben reconocer por su nombre al pedirle una foto.

Javier es un ciclista sin pasado, pero con mucho futuro. Con un presente que se ha adaptado perfectamente al vértigo. Hace un año, impulsado por un consejo de un encuentro casual con Óscar Sevilla, trazó una nueva línea en su vida. Ganó un Campeonato de España sub´23 sin apenas experiencia en el ciclismo de carretera. Hoy, bajo la tutela de sus compañeros en Astana, ha disputado el Nacional de profesionales. La fórmula de crecimiento del año loco de Javier Romo.

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En el podio, como campeòn de España sub´23 del pasado año. Foto: Photo Gomez Sport

 

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