“Oye, ¿tú has tenido un traumatismo importante? Vente, que creo que sé lo que te pasa”, le dijo su dentista. Nunca imaginó que pudiera ayudarle pero, desde un ángulo totalmente opuesto a sus preocupaciones, le dio la respuesta que llevaba tantos años buscando.
Antonio sabía que iba a probar con la bicicleta porque su padre, que estuvo a punto de ser profesional con el Puertas Mavisa, le seducía con historias que, a veces, se adornaban hasta perder legitimidad. Sin embargo, eran corroboradas por los que si le vieron correr. Ahora él también utiliza esa treta con sus hijos. De hecho, la tercera, la recién nacida Carlota, ha sido la última en escucharlas entre toma y toma, aunque no se pueda quejar.
Antonio ha aprendido a abrirse, a hablar con el pecho descubierto, sin miedo a ser tomado por un blandengue. Si alguien captó su sensibilidad fue Juanjo Oroz, Mánager del Equipo Kern Pharma, cuando Jesús Buendía, preparador físico de Antonio, le preguntó, sin consultar con él, si a pesar de sus 22 años le podía fichar para la estructura élite del Lizarte, porque si no iba a dejar la bici. Antonio hablaba en serio. Estaba hastiado de la política de Manolo Saiz en el extinto Aldro con la que, a su juicio, primaba el hacerse ciclistas a toda costa, sin importar la persona que iba bajo el maillot, y eso le superaba, no estaba preparado.
En Juanjo encontró el abrazo que necesitaba, la motivación para comenzar a hacer las cosas bien siendo él mismo. Por eso le confesó su paternidad: “Juanjo, sé que ser padre es un problema para el equipo, que habéis invertido en mí. Si tengo que dejarlo, me meto en la fábrica y punto”, le dijo. Juanjo, en cambio, le reclamó su esfuerzo hasta que llegara el bebé. Que se ganara el derecho a decidir su futuro. Meses después, le secundaron varios triunfos. Los suficientes para que, su primer hijo, llegara con un trabajo bajo el brazo, el de ser profesional con el Euskaltel-Euskadi.
En el equipo vasco Jorge Azanza, su actual Director Deportivo, le enseñó a ser quién es, a buscarse como ciclista, y a aprovechar sus oportunidades. La más emotiva llegó en la Vuelta de su tierra, en Murcia. Ganó en un día atípicamente lluvioso, frío, donde la calidez sólo llegó después, cuando se fundió en un abrazo entre lágrimas con su padre.
Un día, su progenitor le confesó que su padre, el abuelo de Antonio, nunca quiso que su hijo fuera profesional. Por aquella época, el salario de un ciclista modesto era el mismo que el mínimo que se podía cobrar en cualquier trabajo, por lo que, cuando el equipo le llamaba para correr, nunca le avisaba, o le decía que no había carreras, hasta que lo acabó dejando a pesar de que el Puertas Mavisa le ofreció un contrato para ser profesional. Su padre nunca quiso eso para él; por eso, le dio todos los medios para ser ciclista sin ponerle ninguna presión.
Antonio se sintió realmente ciclista unos meses después de su victoria, con la disputa de su primera Vuelta a España, la de 2021. En aquellas tres semanas consiguió entrar entre los diez primeros en tres etapas -en Córdoba, Villanueva de la Serena y Santa Cruz de Bezana-, y durante muchos días las fugas parecían imantarle mientras en las jornadas de montaña guardaba energías.
Pero, tiempo después, la sensación de no progresar se apoderó de él, como si le faltaran estímulos. De nuevo apareció la figura de Juanjo Oroz, que le acabó reclutando para el Equipo Kern Pharma, equipo que en ese momento dirigía junto a Manolo Azcona.
Sin embargo, el cambio nunca fue a mejor. A pesar de que su labor se fue decantando hacia el trabajo en favor de los líderes de equipo, cada vez que la exigencia se elevaba, caía enfermo. Antonio estaba preocupado, llegó incluso a buscar ayuda de un psicólogo para tratar de entender que le pasaba.
En cambio, la solución llegó de la forma más inesperada. Un día, Javier Escribano, un dentista que había conocido unos años atrás, le preguntó si había tenido un traumatismo grave alguna vez. Antonio no tuvo que hacer mucha memoria. En el verano de 2020, justo cuando la pandemia permitía volver a hacer vida normal, él volvía de un entrenamiento cuando, en el descenso de un repecho de carretera muy estrecha, un coche colisionó de frente con él. Del impacto despertó dos horas después. Lo supo porque cuando abrió los ojos el reloj de la ambulancia marcaba la una de la tarde y él tenía que estar en casa a las once. Los enfermeros le calmaron, le dijeron que tenía rota una vértebra y una costilla y que le llevaban al hospital de Cartagena. También le tuvieron que reconstruir cinco dientes.
“¿Cinco dientes?”, le interrumpió su amigo. “Vente a la consulta rápido, que creo que lo tenemos”, le espetó. El dentista lo vio claro. Antonio, no tanto. Habían pasado muchos años de todo aquello. Cuando le reconstruyeron la boca, una infección quedó enquistada en cada uno de los dientes, como una caja de pandora que sólo se abría cada vez que su cuerpo afinaba en pos de algún objetivo concreto. Ahora, gracias al hallazgo de su amigo Antonio puede decir que ha dado solución a su problema. Que la bajada de rendimiento tenía explicación. Y que, todo lo conseguido, tiene más mérito aún.
Por eso quiere seguir siendo ciclista muchos años, recuperar momentos como los de la Vuelta a España de 2024 en los que, aunque su trabajo no siempre lo grababan las cámaras, se sintió parte de aquellos tres triunfos logrados por sus compañeros. Además, aunque nadie lo supo, convenció a un compañero para que no desistiera en la labor que le había sido encomendada y que, al finalizar la Vuelta, le agradeció entre lágrimas. Seguro que Manolo Azcona, fallecido durante aquella misma Vuelta, estaría muy orgulloso de él. De un gregario que no sólo lo es dando pedales, sino también arropando con su empatía.
Ahora, además, es padre de tres criaturas y, encima, Paqui, la alcaldesa de Alcantarilla, su pueblo natal, movió una exitosa iniciativa para que una calle de la localidad llevase su nombre.
De repente, aquel abrazo con su padre vuelve a su cabeza. Le emociona pensar que le hizo sentir orgulloso. Quizás fue una victoria pequeñita, pero la firmó alguien que, ahora, es feliz.



