Su despedida ha sido silenciosa. Como hecha a medida por un sastre que supo coser los retales de su personalidad. A años luz de la de su buen amigo Nairo, que convocó a los medios de comunicación para hacerla pública, porque, entre otras cosas, tenía en vilo a todo un país.
La de Antonio es antagónica, forzada por los acontecimientos. Aunque ya lo esperaba, recibió la noticia como un colegial que alarga la mano con temblor mientras el maestro pasa a su lado devolviéndole su examen corregido.
En el suyo ponía que era no apto para continuar, aunque tampoco contaba con una explicación. Si le preguntaran a él, sí que la tendría. Dos años enfangados entre lesiones y enfermedades en los que no pudo acudir a ninguna Vuelta de tres semanas, la esencia del Movistar, equipo al que ha pertenecido desde que se hizo profesional hace diez años.
Nunca se reprochará el no haber dado todo por un compañero. Desde su primer año en la Vuelta a Murcia hasta la participación en su único Tour de Francia (2023), que no pudo terminar por caída. Dicen los hombres de equipo, aquellos que el argot tilda de “gregarios”, que no hay satisfacción más grande que haber sido parte del triunfo en una Gran Vuelta de un compañero. En el Giro de Italia 2019 consiguió salir en la misma foto que Richard Carapaz y Mikel Landa mientras tiraba de ellos en el Mortirolo tratando de acercarles hasta Vincenzo Nibali en la edición que ganó el ecuatoriano.
Su padre, con el que ahora compartirá también ser exciclista profesional, no ha dicho una palabra sobre su retirada. En realidad, nunca han dicho nada del uno sobre el otro. El orgullo y el cariño no necesitan exteriorizarse para hacerse escuchar. Sabe tan bien como él que el ciclismo es una ola que, o bien se surfea o, si descabalgas de la tabla, te pasa por encima sumergiéndote en el ostracismo del olvido.
Seguramente el público ya no eche de menos a un ganador del Tour de Occitania, a uno de los grandes apoyos de Alejandro Valverde o de Nairo Quintana. El colombiano y él entrenaban mucho juntos y, ahí, en la solitaria compañía del asfalto, alejados de la presión de los resultados, le agradeció todo el trabajo que hizo por él.
Antonio, hastiado de esperar una llamada que nunca llegó, acorralado por la tristeza de asumir que Movistar no le daría un año más de confianza, ha decidido colgar la bicicleta.
En cambio, Fernando y Álvaro han recibido la noticia con alegría. Ahora van a poder disfrutar de su padre todos los días. Aunque le vean raro, no tan delgado como otras veces ni preocupado cuando lo sentían enfermo o postrado en una cama porque se había caído de la bicicleta. Egoi Martínez, su representante, ahora será únicamente su amigo y su mujer la que, de nuevo, siga ahí.
Antonio se acaba de acordar de que uno de sus Giros, el de la Pandemia, lo corrió en Octubre. Pasaron mucho frío. Al menos ahora podrá elegir cuando salir en bicicleta, y tendrá tiempo para pensar que hacer. No es fácil hacerlo cuando, durante diez años, se ha dedicado a hacer siempre lo mismo. A vivir en una burbuja en la que la presión de hacerlo bien condicionaba cada una de sus pedaladas.
Tan sólo la angustia ante la incertidumbre de por donde tirar ahora puede emborronar un poco la alegría que le produce ver a su familia cada día. De momento, acabará un curso que dejó a medias hace tiempo. Más adelante, como en el Mortirolo, metro a metro, igual que consiguió acercar a Mikel y Richard a la rueda de Vincenzo Nibali, conseguirá dar sentido a lo que tenga que venir.



