Diego Rosa: el percance que cambió un destino

Una inoportuna lesión le apartó del Mountain Bike. Un año después, Diego Rosa firmaba su primer contrato profesional como ciclista de carretera. Hoy es uno de los gregarios de confianza de Nairo Quintana en el Arkéa Samsic.

Diego Rosa: el percance que cambió un destino. Foto: Arkéa Samsic
Diego Rosa: el percance que cambió un destino. Foto: Arkéa Samsic

En Corneliano d´Alba, el cielo, aunque pintado en un azul fresco, está enmarañado entre nubes. Ubicado en el Piemonte, forma parte de la Italia que más se aleja de la picaresca que aparece en las películas. Aunque allí, como en el resto del país, los niños sucumben rápido a los encantos del fútbol. A la disyuntiva de querer emular a los futbolistas del Torino o de la “Juve”.

Diego sintió ese embrujo hasta los 12 años. Más tarde, los descensos entre viñedos con su Mountain Bike comenzaron a llenar su tiempo. Un día ganó una prueba infantil en el pueblo vecino. Su ansia de más victorias le llevó a crecer en un ciclismo de diversión. Sin ídolos, sin gestas inspiradoras en la televisión. Pero, con la edad, su talento le empujó, superada la veintena, a disputar una prueba de la Copa del Mundo de Mountain Bike en Sudáfrica. Sin embargo, aquel día se fracturó un dedo en una caída. Sin saberlo, estaba ante la mejor decisión, la que cambia una vida, llegada del infortunio, haciendo bueno el dicho de que no hay mal que por bien no venga.

Sólo tenía un mes para prepararse para la siguiente prueba así que, como veía que con la bici de carretera si podía entrenarse, se animó a correr una carrera en amateur para no perder el nivel competitivo. En la subida final, no dejó de pasar corredores, hasta terminar en tercera posición. Emocionado, decidió que sería el asfalto el que determinaría su futuro.

Meses después, ya con 23 años, Olivano Locatelli, director del Palazzago Elledent lo reclutó en su equipo. Locatelli era un tipo severo, gruñón, pero, impresionado por sus cualidades, en sólo unos meses le enseñó todo lo que tenía que saber sobre ciclismo.

El año siguiente, en 2013, firmaría su primer contrato profesional con el Androni Giocattoli. Tan sólo era el inicio del vértigo que estaba por llegar. Una semana antes de comenzar el Giro de Italia de aquel año, el equipo le pidió participar. La noticia le dejó en manos del insomnio. ¿Iba a ser capaz de soportar una prueba de tres semanas cuando apenas un año antes ni siquiera hacía carretera?

Tranquilo chaval, tú y yo vamos a echar una mano a Pellizotti y celebraremos tu primera grande juntos en Brescia”, le dijo Emmanuelle Sella ante su incredulidad. Sella, como buen veterano, sabía que su joven aprendiz estaría a la altura. En aquel Giro Diego aprendió a sufrir en las etapas de montaña, en darlo todo por sus líderes hasta vaciarse. Pero, de todos aquellos hombres que rodaron en aquel pelotón, hubo uno que le impresionó. El ganador final: Vincenzo Nibali.

En 2015, su talento les iba a unir. El equipo Astana decidió contar con sus servicios. Sin embargo, el equipo kazajo le derivó Fabio Aru, el otro jefe de filas. Fabio y él se conocían desde años atrás. Sólo les separaba un año de edad. Habían compartido concentraciones en amateur, incluso carreras de ciclocross. Por eso, aquel año, en su participación en la Vuelta a España, Aru apenas tuvo que indicarle nada, se conocían demasiado bien. Tanto como para ser partícipe de la estrategia para aislar a Tom Dumoulin en la penúltima etapa y ganar in extremis la ronda española.

Tras terminar la Vuelta, Diego se sentía tan pletórico que, semanas después, el equipo le envió a disputar la Milan- Turín como jefe de filas. La idea le atraía por un doble motivo: las clásicas se le adaptaban muy bien, tanto como para brillar como líder y, la carrera discurriría muy cerca de su casa. Contaría con las cunetas repletas de su gente. Aquella fue la fórmula que dibujó el mejor día de su vida sobre una bicicleta.

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Diego Rosa celebrando su victoria en la 5ª etapa de la Itzulia 2016. Foto: Photo Gomez Sport

Con Nibali coincidió menos, pero, cada vez que lo hacían, se sentía orgulloso de ser parte del equipo del “Tiburón de Mesina”. A Nibali le gustaba charlar con él, incluso no tenía problema en compartir con Diego su masajista personal. A Diego le encantaba la frescura de Vincenzo, su ciclismo a la antigua. A veces, ni siquiera él sabía cuándo iba a atacar su líder. En el Giro de Lombardía, como guinda final de aquel año, Diego se dejó la piel para que su compañero ganara.

Tras la meta, a Vincenzo le acapararon los flashes. A él se lo llevo un auxiliar camino del autobús. Tras una ducha, se fue pronto a casa. Sin embargo, durante el trayecto sonó su teléfono: “Perdona tío, no he podido decirte nada con toda la parafernalia de la victoria. Te quería agradecer tu trabajo. Has estado genial”, le lanzó, impregnando su cansancio en puro orgullo.

Pero, el año siguiente, Lombardía quiso a Diego en primera persona. A pesar de acudir en buena forma, su cabeza había viajado ya al domingo siguiente, fecha marcada para su boda, por lo que apenas pudo prepararla. Pero la carrera le dejó atrapado a cincuenta metros de la meta donde, in extremis, fue sobrepasado por Esteban Chaves. Aquel segundo puesto fue la última prueba que realizaría con Astana.

Supongo que te imaginas la cantidad de líderes que hay en el equipo. Quiero que estés con ellos. A cambio, puedes seguir dando pasos en las clásicas”. Dave Brailsford, mánager general del equipo Sky, le puso un contrato encima de la mesa al que no podía decir que no. Curiosamente, la gran estructura británica estaba liderada por un tipo tranquilo. Chris Froome era un tipo amable, extremadamente educado. Dotado de una calma contagiosa. En la Vuelta a España de 2017, Froome se vistió de líder en la tercera etapa. Diego nunca sintió presión por hacerlo bien por su líder. En cada cena, el británico agradecía a todos su trabajo, recordándoles que todo iba a salir bien. Sin embargo, el destino quiso que Diego se dejara la piel para que Froome venciera a Nibali, su antiguo líder.

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El italiano corrió tres temporadas (2017-2019) en el poderoso Team Sky.

Tras tres años en Sky, Diego, a pesar de conseguir la victoria en la General de la Copi-Bartali, sentía que su progreso no había sido el adecuado. Necesitaba un cambio de aires, una nueva motivación.

La solución la tenía Emmanuel Hubert, el Director General del Arkea Samsic. En sólo un estrechón de manos con el francés, Diego supo que la decisión había sido la correcta. Hubert le dijo que en su equipo tendría la capacidad de opinar, de decidir conjuntamente con el staff qué pruebas correr sin que hubiera ninguna imposición jerárquica, lo que le liberaba de lo que sentía en Sky. Además, el Arkea, al no ser equipo del World Tour, debía pelear por las invitaciones, por lo que su papel sería el de conseguir puntos para conseguirlas, aunque eso supusiera renunciar a victorias.

Tras dos años, Diego siente que la decisión fue la correcta. Aunque no todo fue como él quiso. En 2020 su papel estaba destinado a apoyar a Nairo Quintana en el Tour de Francia. Durante la primera semana, el equipo le liberó de cualquier responsabilidad. Sin embargo, en la octava etapa, tras descolgarse en el Col de Balés, el equipo le pidió hacer un esfuerzo para contactar con el grupo de favoritos en la bajada para poder lanzar a Nairo. Sin embargo, en una curva, se salió de la carretera, fracturándose la clavícula. Totalmente hundido pidió perdón al equipo por dejarles con un hombre menos.

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Diego Rosa en una imagen de la reciente Vuelta a Burgos. Foto: Photo Gomez Sport

A cambio, en las clásicas de un día sus prestaciones ayudan a que el equipo obtenga los puntos necesarios. Y Diego es feliz. Como lo es cuando, tras cada esfuerzo, recarga energías en Corneliano d´Alba. Allí la tensión de la competición se disipa entre las viñas. En un paseo con su pareja bajo un atardecer todavía caluroso. Amparado en el recuerdo de que la rotura de un dedo cambió un percance por el mejor de los destinos.

 

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