Lorenzo Fortunato: El último heredero del Zoncolán

Fue el último hombre en ser firmado por Alberto Contador en el Eolo Cometa, el último en ser convocado para el pasado Giro de Italia y el primero en coronar el Zoncolán.

Lorenzo Fortunato: El último heredero del Zoncolán.
Lorenzo Fortunato: El último heredero del Zoncolán.

“¡Lorenzo, grande!”. Él sonríe con timidez y se detiene para hacerse una foto con alguien que le ha reconocido. Las palabras de ánimo que ejercen a modo de palmadas sobre su espalda parece que vayan a partir en dos su estrecha osamenta.

En su Bolonia natal, ahora es un ídolo local. Sus paseos por Via Zamboni, en el centro de la ciudad, ya no son anónimos como cuando era estudiante. Allí, en el número 33, se licenció en Educación física. Lo hizo porque Paola, su madre, le dijo que el ciclismo era una ilusión, pero tener unos estudios era una realidad, así que debía de luchar por ambos.

Caminar por aquella calle, totalmente cubierta por los soportales le trasladan a su adolescencia, cuando era un juvenil que lo hacía bien pero que, en amateur, más que los triunfos, le describió su regularidad. La suficiente para formarse a prueba en el Saxo Tinkoff de Alberto Contador. Por aquella época, el madrileño era su referente, pero nunca lo conoció. Sus carreras nunca coincidieron. A él le mandaron al Tour de Noruega, totalmente alejado de los objetivos de Contador, si bien aquella carrera encendió su pasión por llegar a poder vivir de la bicicleta.

Pero su paso a profesionales fue con la estructura que hoy posee el Vini Zabu. Llegó en 2019, con 23 años, amparado en las enseñanzas de Orlando Maini, ex ciclista profesional y uno de los mentores de Marco Pantani. En aquel equipo pronto entendió su cometido. Debía estar al lado de Giovanni Visconti. En lo que necesitara. Y lo hizo de buen grado, Visconti era un ganador y eso le motivaba, aunque eso le supusiera perder las oportunidades que la pandemia se encargó de arrebatarle el año siguiente.

A finales de 2020, sin apenas haber corrido, la opción era renovar un tercer año, pero una inesperada llamada cambiaría su destino: “Lorenzo, sé que hemos llegado a correr juntos, aunque no nos conocimos. Esta vez será diferente. ¿Te vienes a mi equipo? Te ofrezco seguir creciendo despacio, sin presión alguna”, escuchó asombrado de una voz que conocía de sobra. Alberto Contador ponía a su disposición la oportunidad de firmar dos años por su equipo, el Eolo-Kometa.

Asombrado, aceptó sin dudarlo, sabiendo que, en pleno mes de octubre, sería el último hombre en hacerlo. Pero en ningún momento se sintió menos por eso. A pesar de su anonimato, tanto Iván Basso como Alberto Contador, los dos socios del proyecto, le ofrecieron sus consejos en aquel invierno de cambio.

Sería precisamente Basso el que le dio la orden que cambiaría su vida. Fue durante la disputa del Giro de Italia. Para Lorenzo, acudir a disputarla ya era una victoria. Había sido el último en ser seleccionado para acudir. Estar en la salida de Turín ya era una victoria. Pero, con el paso de las etapas, su optimismo iba en aumento. Las sensaciones en las etapas montañosas eran buenas, y Basso se percató de aquello. Por eso, aquella mañana, sus órdenes cambiarían el destino de Lorenzo para siempre: “´Fortu`, hoy cogerás la fuga tú. Harás historia en el Zoncolan”. En el Zoncolan nada menos, pensó. Allí habían triunfado grandes corredores. Gilberto Simoni, Igor Antón, Chris Froome y hasta el propio Ivan. ¿Por qué iba a ser el siguiente? Sólo era un anónimo del pelotón.

La confianza de Basso le dio la motivación suficiente para sufrir en la hora más dura de su vida. La que empleó el pelotón para decidir que corredores dejaba partir en fuga. Lorenzo se llevó a su compañero Vincenzo Albanesse. El sureño creía tanto en él que se vació para que la fuga llegara con el mayor tiempo posible a la base del coloso dolomita.

Una vez allí, el sol dejó paso a la niebla. Aturdido por el ritmo Jan Tratnik alzó la vista por un momento. Decidió aliarse con unas rampas tan vertiginosas que le acorralaban a un esfuerzo máximo. Con la mandíbula inferior totalmente empujada hacia afuera sentía que su corazón iba a estallar tratando de seguir las embestidas del esloveno. Por detrás, Alessandro Covi cedía junto al resto de escapados que  parecían rendirse a las húmedas curvas que perpetuaban un serpenteo penitente de ciclistas descolgados.

A falta de tres kilómetros, los gritos de los tiffossi se hicieron mudos. Sintió que era el momento. Con un potente cambio de ritmo, consiguió alejar de su estela al Tratnik para pedalear hacia la gloria. En medio de una agonía que parecía no terminar nunca, los chillidos de alegría de Basso le hicieron percatarse de que lo conseguiría. Ni Tratnik ni los hombres de la general iban a llegar a él. Desfondado, aun tuvo la capacidad de soltar las manos del manillar un par de metros antes de cruzar la línea de meta. Había hecho historia. Tanta como para que Alberto Contador, cogiera el primer vuelo para poder felicitarle en persona y cenar junto al resto del equipo.

Dicen que la primera vez, es la mejor de todas. Porque despierta emociones que nunca antes se han sentido. Por eso, ganar en el alto de Grappa el mes siguiente no fue igual. Triunfó bajo el guión de un equipo que le vistió como líder. Ante otros ciclistas que conocían su rueda.

Mi permetti una foto (me puedo hacer una foto)”, le pide otro aficionado que le felicita por su renovación con el equipo. Por querer ser fiel con quien confió en él cuando no era nadie. Y aunque ahora viva junto al lago de Como, aunque los paseos junto a su novia a kilómetros de Bolonia sean el bálsamo que le producen calma, no olvida que en aquella ciudad, sobre esa calle en la que el sol no puede penetrar en todo el año, caminó mil y una veces hasta conseguir hacer feliz  a su madre el día que se laureó. La victoria en el Giro también fue otra laurea. La de un ciclista anónimo que, sin quererlo, se convirtió en el último heredero del Zoncolán.

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