Niki Terpstra: el héroe de aquella París-Roubaix

Maestro clasicómano, en el extenso palmarés del neerlandés brillan especialmente sus victorias en dos "monumentos": el Tour de Flandes´2018 y en la edición de 2014 del "Infierno del Norte".

Niki Terpstra: el héroe de aquella París-Roubaix. Foto: Tim van Wichelen / Bettini Photo
Niki Terpstra: el héroe de aquella París-Roubaix. Foto: Tim van Wichelen / Bettini Photo

Apretar con firmeza el bolígrafo le provocó un extraño hormigueo por el cuerpo. En aquella esquina del papel iba a rubricar su nuevo destino. Un cambio cargado de responsabilidad. Al estampar su firma sintió alivio. Llegaba la hora de ser un verdadero líder. Lo que pasó después, sólo obedece al destino. No pudo hacer nada para remediarlo. Y Niki nunca lo lamentó. Es parte de la vida, nada más.

A veces, el dolor de los meses pasados acude a su cabeza como un martilleo. Pero Niki sabe desembarazarse de ellos. Del recuerdo del chasquido de sus huesos contra el suelo. La vida le ha dado mucho más. Con un breve suspiro se devuelve al café que saborea en una terraza que mira al mar. Almería regala calma. Olor a sal. Sin percatarse de ello, estira sus finas y largas piernas hasta tocar la silla de otro compañero. Su cuerpo parece despojarse de cualquier dolor. Todo va bien. La esencia del ciclismo vuelve a sonreírle.

Margaret ya sabía que su hijo estaba destinado a un deporte así. Siempre en su bicicleta, iba y venía por las calles de Beverwijk, allí donde Holanda se estrecha hasta casi partirse por el efecto del mar. Le gustaba la velocidad. Emular un sprint de Mario Cipollini. Pero ese no era su fuerte. En las carreras con su club local, su velocidad se disparaba cuando la carretera se plagaba de adoquines. Cuando otros chicos apenas conseguían controlar sus bicicletas en el traqueteo del pavés, Niki sentía que volaba. Con los años, tanto en junior como en amateur, sus resultados eran cada vez más visibles en ese tipo de carreras.

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En 2007 el profesionalismo tocó las puertas de su futuro, atraído por sus numerosas victorias en el campo aficionado. El Milram, equipo alemán teñido de la elegancia italiana, sedujo a Niki, que siempre se había sentido atraído por una cultura en la que imperaba la buena comida y el buen gusto para vestir. El primer año de profesional fue difícil. Sabía que su fuerte eran las clásicas de un día. Pero el nivel de las carreras era muy superior al que había experimentado hasta entonces. Eran años en los que la comunicación con otros corredores más experimentados era más visual. No se solía molestar a los jefes. Pero escrutarles funcionaba para mejorar.

Sin embargo, tras cuatro años, el equipo anunció su cierre. Niki lo tenía claro. Si quería apostar por su futuro, el siguiente equipo debía ser el Quick Step. La formación belga era, con diferencia, una escuadra implicada históricamente con las pruebas de un día.

A sus 27 años, se sentía en plenitud de facultades para satisfacer las expectativas que Patrick Lefevere, Mánager del equipo, había puesto en su fichaje, asesorado por Wilfred Peeters, el Director Deportivo del equipo que más había insistido en su incorporación. Desde un primer momento le explicaron las cosas con claridad: El líder era Tom Boonen. Eso era indiscutible. Niki encontró en él no sólo un líder, también un amigo. En muy poco tiempo, tan sólo mirarse les valía para dictar sentencia en las carreras. La estrategia ganadora podía llegar en cualquier momento.

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Formaban un gran grupo. Gert Steegmans, Iljo Keisse, Tom y él rodaban como uno sólo. Compartían la mentalidad de campeones. Pero siempre se prometieron una máxima: no eran invencibles. La prepotencia era dar ventaja al rival. Por eso, en 2012, no hizo falta que Tom se lo pidiera. Sólo con verle pedalear supo que tenía que atacar para llevar al belga hacia su cuarto Paris-Robaix.

Sin embargo, dos años más tarde, el favor cambió de manos. En aquella edición, el autobús del equipo, totalmente rodeado de fans, pareció estremecerse cuando Tom salió por la puerta delantera. Los micrófonos buscaban un titular. “Quizás tenga el equipo más potente de todos los tiempos para ganar”, exclamó orgulloso. Por detrás, Niki se limitó a coger su bicicleta. Ambos lo sabían. Boonen llevaba los galones, pero él podría jugar sus bazas.

Horas después, el velódromo de Roubaix le vio entrar angustiado. Con el pedaleo nervioso del niño que atravesaba Beverwijk en un abrir y cerrar de ojos. A duras penas escuchaba a Wilfred Peeters desgañitado gritándole por la radio interna que aun contaba con 20 segundos, que disfrutara del kilómetro de su vida. La distancia óptima para saborear las dos vueltas que culminan la carrera que siempre había deseado ganar. Pero temía pinchar. Que algo inoportuno pasara. No fue así. Los flashes pintaron su maillot abierto a la altura del pecho. Su grito de felicidad empapado en sudor y polvo añejo.

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Cuatro años después, una cabalgada en solitario en el E3 Harelbeke le otorgaban, a una semana del Tour de Flandes, las piernas más fuertes de la carrera. No había secretos. Era el favorito. Haciendo de los muros de piedra su arma más letal, disparó su talento ante la marea de espectadores que abarrotaba Oude Kwaremont. Luego se sometió a la tortura de la agonía en solitario hasta la llegada de Ninove. Con el tiempo suficiente de elevar los brazos, de cruzar la línea de meta sin pedalear hasta caer rendido en el reconfortante abrazo de Ramona, su mujer.

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Foto: Bettini Photo

Y fue a ella a quién miró segundos antes de que su mano marcara el último trazo de una firma que cambiaría su destino. En 2019 intentaría el asalto a las clásicas como único líder de su nuevo equipo, el Direct Energie. Su misión: ayudar al equipo a coger peso en las clásicas. Enseñar su talento a las jóvenes promesas del equipo y, por supuesto, seguir apostando por sus éxitos personales.

Pero el destino pareció querer premiar con infortunio su decisión. En la siguiente edición del Tour de Flandes, una caída le privó de defender su título. El año siguiente sería aún peor. Cuando la pandemia que asolaba el mundo entero parecía dar una tregua al ciclismo, Niki, en el mes de junio, sufrió una grave caída entrenando tras una moto que le ocasionó múltiples fracturas y, con ello, un profundo declive en la preparación de unos objetivos que bailaban con cambios de fechas.

Nunca se lamentó. El aficionado sigue teniendo memoria. Quizás, cuando pasen los años, cuando no haya aplausos, cuando nadie grite su nombre, será momento de hacer balance. De recordar que el día que Boonen acudió con la armada más sólida de la historia del equipo fue él quien ganó Roubaix. Pero hoy no. Hoy el mar de Almería susurra sus gestas. El cuerpo ya no duele. Y, en la mesa de al lado, los más jóvenes del equipo le observan sin que se dé cuenta. Como él lo hacía con sus compañeros de Milram. Son los galones del héroe de aquella Paris Roubaix.

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Foto: Bettini Photo