Norman Vahtra: el relevo de Jaan Kirsipuu

Afincado en Valladolid, el velocista del Israel Start-Up Nation -campeón nacional de Estonia-, sigue luchando para destacar en el World Tour. Esta es la historia del ciclista que soñaba con emular a su ídolo, Jann Kirsipuu.

Norman Vahtra en una imagen del Tour de Flandes 2020. Foto: Dion Kerckhoffs / Bettini Photo
Norman Vahtra en una imagen del Tour de Flandes 2020. Foto: Dion Kerckhoffs / Bettini Photo

“Vaya moral tienes, Norman!”, le lanzan atónitos. Para asombro de sus compañeros de entrenamiento, sus piernas lucen desprovistas de abrigo en pleno mes de febrero. Él, a falta de un buen castellano para defender su atuendo muestra en su móvil la temperatura que hace en Estonia. Su país, desde hace meses, castiga a sus habitantes con temperaturas por debajo de los veinte grados negativos. En cambio, su nuevo destino, con temperaturas positivas bañadas en un sol tímido, le resultan absolutamente primaverales.

Norman no eligió al azar ir allí. Fue un acuerdo con su novia. Ella quería hacer un año de Erasmus en España, pero también le quería en su aventura. Por eso abrieron un mapa de la península ibérica y colocaron el dedo en el mismo lugar: Valladolid.

No le ha costado adaptarse. Las carreteras son tranquilas, aunque el viento peine innumerables rectas desprovistas de arboleda. Hoy, en el páramo interminable que une Wamba con Zaratán, pedalea vigoroso. Bajo su chaqueta térmica, algo entreabierta por el sofoco, parece asomar su mejor tesoro. El premio a un día que ejecutó a la perfección. El maillot que atesora tres franjas: la bandera nacional de su país. Su victoria más sonada. Triunfo mudo en España. Ciego a ojos de los pueblos que atraviesa. 

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Foto: Israel Start-Up Nation

Tartu, su gélida ciudad natal, debe esperar para ver a su Campeón nacional. Tan sólo sus nuevos compañeros de aventura, jóvenes promesas vallisoletanas, pueden gozar de la estela de Norman. Corpulenta y ruda. Su envergadura dibuja un clasicómano. Un hombre de viento. Tan sólo su tez aniñada y su cabello corto color ceniza parecen suavizar una estampa fría y potente. Sus espaldas son fornidas, labradas en sus inicios como jugador de waterpolo primero y karateka después.

Sin embargo, si ahora es ciclista, tan sólo lo explica una razón: le gustaba la velocidad. Sentir que iba más rápido que el resto de sus compañeros. Apretar los dientes en armonía con el bamboleo de su manillar. Atizar las piernas en un esfuerzo tan corto como intenso. Con la mirada puesta en una meta imaginaria. Soñaba con emular a su ídolo, Jaan Kirsipuu. Por eso se enroló en el principal club de su país, la escuela de Rein Taaramae. Entrenar le motivaba, pero cuando Reim se acercaba a charlar con él, sentía que podía ir mucho más rápido. Sobre sus cualidades no había mucho secreto: era mucho más rápido que los chicos de su edad y, con su peso y altura, era complicado subir los repechos en las primeras posiciones.

Con el paso del tiempo, en su club le dijeron a él y a su amigo Peeter Pung, los dos chicos más prometedores de su generación, que si realmente querían mejorar, debían salir a formarse fuera. Les gestionaron un convenio con un club amateur francés, el Villeneuve Saint Germain. Juntos compartieron sueños y un piso. Además, el club les pagaba sus gastos. Norman se adaptó muy rápido. Sus buenos resultados le valieron repetir en el equipo francés el año siguiente y en verano de 2017, el Ago Aqua Service, un equipo continental belga, le ofreció la posibilidad de correr como ciclista profesional a prueba.

Norman disputó carreras donde toda la dureza se aglutinaba en un solo día. Clásicas belgas donde las últimas horas de carrera se convertían en un frenético martirio para aguantar el ritmo del grupo, especialmente aquel Gran Premio de Valonia donde la lluvia y el frío parecía querer minar su moral. Al final de su periodo como stagiaire, el club belga no le ofreció un contrato, pero Norman se prometió no hundirse.

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Foto: Israel Start-Up Nation

René Mandri, gestor del National Cicling Tartu, le ofreció toda su confianza para relanzar su trayectoria. Como si se tratase de un nuevo sprint. “Vamos a invertir nuestro esfuerzo en ti. Te llevaremos a carreras donde pueda explotar tu punta de velocidad. Eres joven, y yo se ver tu valor”, le dijo. René encendió de nuevo la fiereza de Norman. Así, tras un periodo de adaptación a la nueva estructura, Norman volvió a trabajar sus condiciones de sprinter, y tras superar varios problemas en su rodilla, 2019 se convirtió en el año en el que la mentalidad de su idolatrado Jan Kirsipuu pareció apoderarse de su ambición.

La experiencia de años anteriores le hizo recordar qué debía hacer el año siguiente en cada carrera. Donde posicionarse. Que estela elegir. Eso le otorgó la victoria en el Gran Premio de Kalmar. También sabía aprovecharse de los errores tácticos de otros equipos, lo que le llevó a adjudicarse la general final de la carrera Ciclista de Solidarnos, una de las más reputadas del calendario Continental polaco. En aquella carrera, en la última etapa, su corpulencia le hizo perder contacto con los primeros pero, en el último descenso, consiguió regresar al grupo. Tras llegar a él, se ocultó tras los corredores que lo cerraban, para que el resto de favoritos no se percataran de su presencia y, en el sprint final, supo hacerse con la victoria final.

En total, sus brazos se alzaron nueve veces aquel año. Para René fue motivo suficiente para descolgar el teléfono. “Tengo un chico que te puede interesar”, le dijo a Kjell Carlstom, Mánager de la Israel Cycling Academy.

Desde entonces, la vida de Norman giró bruscamente. Su trayectoria como gran promesa nacional se mezcló entre todas las nacionalidades que engloba un equipo del World Tour: el Israel Start Up Nation,  que aspiraba a ser uno de los mejores equipos del mundo . Su rol, a sus 23 años, se destinaría a ayudar a los sprinters más consagrados del equipo. Las carreras pasaron de ser pruebas a nivel continental donde medirse con otros jóvenes talentos a dispararse en el vértigo más vertical que un sprint de alto nivel puede ofrecer.

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Foto: Israel Start-Up Nation

El primero de ellos fue en la Vuelta a San Juan del pasado año donde la belleza de las carreteras plagadas de público conquistaron su mirada. Allí tuvo que jugarse el tipo en favor de su compañero Rudy Barbier, al que pudo empujar en los últimos metros hacia la victoria en la primera etapa.

Hoy, a sus 24 años, en cada sprint, en cada carrera en la que siente que su cuerpo se atosiga cuando se acerca al límite de sus fuerzas, cuando el peligro de una caída contra las vallas acecha, la cabeza le pide que siga. Que sienta la libertad. El viento en la cara. Para llegar a ser un gran sprinter, su objetivo más codiciado.

“¡Vamos, que vas a reventar los KOM de todo Valladolid!”, bromean sus nuevos compañeros. Volver con viento a favor despliega aun más su fuerza. En aquel páramo, bajo su manillar, se ofrece la meseta castellana. Villanubla a un lado, Ciguñuela al otro. Zaratán, en cambio, espera en un corto pero vertiginoso descenso. Y unos kilómetros después, el regalo de un pequeño paseo al atardecer frente a la Catedral de Valladolid. En unas semanas llegarán los primeros objetivos. Las clásicas belgas. Allí donde, a pesar de su valía, el AGO no quiso darle una oportunidad. Esta vez si la tendrá. Para orgullo de Jaan Kirsipuu.

 

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