“…y es por esto que el equipo no seguirá, lo siento chicos”, finalizó Toni Vallcaneras. La estupefacción se hizo eco en la sala. La angustia tronó. Razonarlo resultaba una tarea prácticamente imposible.
El ciclismo es un deporte en el que los accidentes son vistos como un daño colateral. La carrera sigue sin clemencia mientras los damnificados tratan de minimizar los daños, de levantarse en el menor tiempo posible mientras la cámara les apunta por unos instantes. El día siguiente, aquello es historia.
Sergio hoy se ha levantado con ganas. Hace menos de un mes de todo aquello, pero con ayuda de sus familiares está empezando a encajarlo. El otro día, yendo a validar su cartilla del paro sufrió un resbalón y se rompió el radio de un brazo en la caída. Por eso ahora tiene que ir en autobús a la universidad. Le faltan dos asignaturas para acabar la carrera de Ingeniería Mecánica. Luego se acercará a la tienda de bicis de Ramón. Allí se siente cómodo, le escuchan, lo mismo que Jandro y Bruno, sus exdirectores de la época amateur en el Gomur, o Luismi, que le llevó desde niño hasta juveniles.
Todos ellos se alegraron mucho cuando les dio la noticia de que sería profesional. De esto hace algo más de un año. Este debía ser el de la consagración, el de la mejora de su rendimiento tras un salto tardío producto de una mononucleosis que se perpetuó demasiado tiempo en su cuerpo.
El Illes Balears Arabay fue un buen destino. Un equipo Continental de reciente creación acoplado en gente joven y dispuesta. Con ellos descubrió en qué podría destacar. Le gustaron las clásicas francesas o las belgas, como Le Samyn, allí vio a Van der Poel de cerca. De todo aquello la que más ilusión le hacía era repetir en la Clásica de Jaén, sentía que podría ser el primer test importante de la temporada para analizar su progresión. Apenas faltan unos días para que se dispute.
Antes debía participar en la Challengue de Mallorca, la carrera de casa, la del equipo. Llevaba desde octubre entrenando para ello. Este invierno en Heras, la localidad cántabra donde nació y donde vive, ha hecho mucho frio. El viento ha soplado más fuerte de lo normal y la lluvia tampoco ayudó mucho a mejorar los entrenamientos.
Por eso, cuando a escasos días de comenzar la temporada les dijeron en aquella concentración que las cinco horas previstas de entrenamiento no serían las mejor acompañadas por la meteorología, no le importó. Luego, tras el entreno, llegó la comida pero, durante el masaje, alguien tocó la puerta. “Dejad eso ahora y bajad a la recepción del hotel”, escuchó al otro lado. A medio vestir descendió junto al resto de compañeros y staff. Las miradas se pintaban mudas. Sin darse cuenta, la incertidumbre le estaba empezando a oprimir el pecho. Una vez abajo, fueron llevados a una sala ubicada en un hotel cercano al suyo.
Allí les esperaba Toni Vallcaneras, el máximo responsable del equipo. Su rictus era serio. Una vez se hubieron sentado todos fue al grano. Escueto y directo. Señaló que, desgraciadamente, la financiación prevista de las entidades públicas enroladas en el proyecto no había llegado y que, a pesar de que contaban con el presupuesto de los sponsors privados, esto no era suficiente, por lo que, muy a su pesar, desde aquel momento el equipo quedaba disuelto.
Sergio, al igual que sus compañeros, respondió en silencio. Su cabeza tronaba rabia. No entendía como había podido suceder aquello y las explicaciones, a su juicio, le resultaban demasiado escuetas y huidizas, como ensambladas sin precisión. Sentía, como el resto, que habían jugado con sus ilusiones, con el esfuerzo de haber llegado hasta ese último entrenamiento previo a la competición.
Semanas después, ha decidido volver a entrenar, como si aun fuera ciclista profesional, como si nada hubiera pasado. Con los acoples que ha puesto a su bici, la personal, el brazo escayolado tiene sujeción. Respecto a su futuro, en un inicio se atrevió a anunciarse públicamente, a exponer su caso, pero ha decidido que será mejor que lo gestione un representante. Se lo ha buscado Luismi. Sabe que, en un ciclismo que nunca espera, tener contactos es algo vital. Los suyos son de otro tipo, más afectivos. Necesarios para adaptarse a la nueva realidad de un pelotón que, como si se hubiera caído, no va a detenerse por él.




