Víctor Langellotti: adicto al ciclismo

El monegasco del Burgos-BH superó su adicción a los videojuegos que a punto estuvo de costarle su carrera como ciclista. Llamado a última hora para correr La Vuelta, vistió el maillot de la montaña antes de tener que abandonar por una caída. Esta es su historia.

Victor Langellotti luciendo el maillot de la montaña de La Vuelta. Foto Sprint Cycling Agency.
Victor Langellotti luciendo el maillot de la montaña de La Vuelta. Foto Sprint Cycling Agency.

¿Puedes cariño?”,pregunta Estelle. Él asiente. La casa en penumbra parece comerle. Aun conserva el diagnóstico médico en la mano: el tendón del dedo corazón seccionado, una costilla rota y un hematoma en la clavícula. El resto no se lo han tenido que decir. Las contusiones en la cara, manos, rodilla, hombros y cadera le dibujan como un boxeador tras una mala pelea. No sólo no podrá correr el Mundial. Su temporada también ha terminado. Al entrar en la habitación observa la papelera. Cuantas veces la tiró de una patada. Esta vez no.

Víctor tuvo que abandonar la Vuelta a España por culpa de una caída que no le ha dejado huella porque no la recuerda. Fue la única manera de perder un maillot de la montaña que aún conserva, aunque se lo tuvieran que cortar en el Hospital de Oviedo, donde le operaron.

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El ciclista monegasco en una imagen de la pasada Vuelta a España. Foto. Burgos-BH.

Si acudió a correrla fue porque a su compañero Ángel Madrazo le obligaron a abandonarla por haber dado positivo en COVID. “¡Haz la maleta y coge el vuelo que te acabamos de mandar!”, le pidieron. El venía de correr la Volta a Portugal. Llevaba dos días sin tocar al bicicleta tras once de competición. Tan sólo tuvo tiempo de subirse una hora al rodillo. Luego viajó de Niza a Eindhoven. Allí le esperaban miembros de su equipo, que le llevaron al hotel de Utrech, donde llegó de madrugada, tan sólo unas horas antes de disputar la primera etapa, una crono por equipos. Al día siguiente, tuvo que ver irse a otro compañero entre lágrimas. Manuel Peñalver lloraba en el Hall del Hotel. También había sido contagiado con el COVID.

Víctor lo pasó mal las primeras etapas, las de Holanda, donde sufrió a cola de pelotón, sin apenas disfrutar de ningún momento de la gran cantidad de público que se agolpaba por las cunetas. Una vez trasladados a España, su cuerpo decidió cambiar. Se sentía otra vez competitivo. Por eso decidió pelear las fugas, en busca de un maillot de la Montaña que se encontró en Bilbao.

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Foto: Sprint Cycling Agency

Subir al podio fue un regalo. Un espejo para un ciclista aun desconocido para el gran público. Pero no para todos. “¡Gallo, como me alegro de haberte visto ahí arriba!”, le dijo Matxin, director del UAE Team Emirates. Tras bajar se abrazaron. El vasco había sido tan importante para él. Se conocieron en el Giro de Aosta de 2017. Víctor había podido competir gracias a los esfuerzos de su club, el UC Mónaco. Allí terminó tercero el prólogo inicial y el director vasco se fijó en él. Le dijo que no le veía aun con capacidad para ser un corredor del World Tour, pero si para probar en un escalón inferior y le habló del Burgos-BH, que iba a dar el paso a Profesional Continental el año siguiente. Unos meses después, Matxin medió para consumar su fichaje.

Víctor había conseguido su sueño de ser profesional. Aquel año se trasladó a vivir con Estelle, dejando la casa familiar. Con tiempo para descansar mientras su chica trabajaba, llenaba los ratos muertos jugando a videojuegos, al FIFA. Lo había hecho desde joven, pero en su casa sus padres tan sólo le habían permitido estar un par de horas, como a muchos adolescentes. Pero sin control paterno, el tiempo frente a la consola aumentaba cada vez. De dos horas pasó a cinco. Luego dejó de salir a entrenar para seguir jugando. Apenas llegaba a dormir. Descuidó su alimentación. También su relación con Estelle. Para colmo, perder un partido al FIFA le volvía loco. Violento. Cuantas veces tiró esa papelera de una patada. Ella se hartó. Su chico había tocado fondo. Se había alejado de su familia, de sus amigos. Se veía que padecía una depresión, aunque no se la hubiera diagnosticado nadie. “¡Estás tirando tu vida a esa basura que acabas de golpear!”, le gritó un día entre sollozos.

Victor Langellotti

Víctor agachó la cabeza. Lo había intentado muchas veces, Una semana, dos, pero luego volvía a jugar. Habían pasado dos años. El Burgos-BH aun creía en él. En cambio, su fisionomía era la de un tipo sedentario. Con 15 kilos de más y totalmente alejado de la bicicleta su carrera pendía de un hilo.

Un día, su padre le llamó. Si decidió ser ciclista fue por él. Primero probó como futbolista, luego como atleta. A Umberto le dijeron que su hijo mejoraría muscularmente si practicaba ciclismo. Rápidamente le metió en el único club que había en el Principado. Él formaba parte de la Federación Monegasca de Ciclismo. Pusieron todos los medios para subir un escalón. Para que su hijo y otros compañeros pudieran probar suerte. “¿Hijo, llegarías a tiempo de correr los Europeos?”, le preguntó, esperando que ni siquiera le dejara terminar la frase y le colgara el teléfono.

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Foto: Sprint Cycling Agency.

En cambio, Víctor sintió algo dentro de él. Un objetivo. Una esperanza. Sabía que no terminaría aquellos Europeos. Pero perdió peso. Su primer entrenamiento fue de una sola hora. Llegó a casa asfixiado, pero con ganas de salir al día siguiente. Y de revelarse contra su adicción. Vendió su ordenador. Su consola. Todo lo que implicara dependencia. Abrazó a Estelle. Era ciclista otra vez.

Hace tan sólo un mes, Víctor ganó una etapa en la Volta a Portugal. Era el primer corredor monegasco de la historia en alzar los brazos. Rápidamente se llevó la mano al pecho, donde tenía conectada su emisora interna. “¡Alexis, te debo tanto!”, le dijo entre sollozos. Alexis Gandía es su Director en el Burgos-BH, pero también su preparador. El que se encargó de que aquel chaval obeso y adicto a los videojuegos pudiera ser ciclista otra vez.

Victoria Volta a Portugal
Langellotti celebrando su victoria en la ronda lusa. Foto: Volta a Portugal

Una victoria que, tras la baja de un compañero, le dio el crédito suficiente para disputar inesperadamente una Vuelta a España que, una grave caída, impidió que terminara.

Podría enfadarse de nuevo. Refugiarse en algún videojuego. Al toser su costilla rota le hace aullar de dolor. Para colmo, no correrá el Mundial. Su temporada terminó por los suelos, pero enfundado en un maillot con un mensaje. “¿Cariño, estás bien?”, pregunta Estelle. Cómo no va a estarlo. Es adicto a ella. Y al ciclismo.

 

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