Iñigo Elosegui: el retrato de Momeñe (1ª Parte)

Tras destacar como amateur en las filas del Equipo Lizarte, Elosegui -uno de los jóvenes más prometedores del ciclismo español, y nieto de José Antonio Momeñe, 4º en el Tour´1966- ha dado el salto a profesionales esta temporada con el Movistar Team. Esta es su historia.

inigo elosegui
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De entre sus libros de economía y sus dibujos de anime Iñigo no puede evitar sacar un vistazo furtivo a Punta Lucero. Su casa se dibuja en la falda. En la sombra de un Monte que, de un lado, avista la frontera de Vizcaya con Cantabria. Del otro, parece proteger Zierbena, su pueblo. Enclavado en la Euskadi industrial. La que marca el límite izquierdo de la ría de Bilbao.

Con un suspiro, Iñigo parece pedirse paciencia. Ya habrá tiempo de volver a subir. Como cuando era niño. Entonces se escapaba con su cuadrilla casi todas las tardes. Allí, con sus amigos, simulaban ser exploradores, haciendo suyos los restos que aún quedan de las trincheras y cañones que Franco mandó preparar para defender la entrada de los aliados republicanos en la Segunda Guerra Mundial.

Pero, lo que más le gustaba, era ir a casa de sus abuelos. Después del colegio, como sus dos padres trabajaban, la merienda estaba siempre lista en casa de su abuelo Jose Antonio. Allí, juntos, veían las películas de Indios y Vaqueros de ETB2, el canal autonómico. Luego, en el jardín, daban patadas a un balón. Por aquel entonces, Iñigo quería ser futbolista, del Athletic, para alivio de su abuelo.

Aunque nunca hablaba de ello, José Antonio había sido ciclista profesional. Con victorias en Giro y Vuelta, su gran momento llegó en 1966, cuando rozó el podio del Tour de Francia enrolado en el equipo KAS. Pero de eso, nunca se hablaba en casa. Ni siquiera Álvaro, tío de Iñigo e hijo de Jose Antonio, recibió la más mínima insinuación de su padre para que anduviera en bicicleta.

 

jose antonio momene

 

Las arrugas en la cara de Jose Antonio delataban la razón. En la bicicleta se sufría mucho. Un día, Álvaro se encontró con Gregorio San Miguel, un excompañero de equipo de su padre. “Seguro que Momeñe nunca te ha contado como quedó cuarto en aquel Tour”, le dijo. Ante la sorpresa de Álvaro, San Miguel prosiguió. “A falta de tres etapas, camino de Saint Ettienne, tu padre iba en la fuga. Ni Poulidor ni Jansen ni Aimar pudieron con ellos y llegó a ser líder virtual, pero Langarica le mandó parar”, continuó.

Langarica, el director del KAS por aquel entonces, siempre había sido conocido por su obsesión por ganar las clasificaciones por equipos, aun a expensas de sacrificar éxitos más ambiciosos. San Miguel explicó que Langarica sacó de quicio a Momeñe, tanto que, no sólo se paró, sino que se bajó de la bicicleta, dispuesto a abandonar aquel Tour. “Cuando yo llegué a su altura no me lo podía creer, le ví ahí sentado, en la carretera, menos mal que le convencí para que siguiera y mira, al final quedó cuarto”, concluyó con satisfacción.

Aquella historia llegó a oídos de Iñigo que se juró que él continuaría los pasos de su abuelo. Momeñe murió cuando Iñigo tenía 12 años. Como legado, sólo pudo dejarle una única salida en bicicleta, la primera de su nieto, que, desgarbado, utilizó la vieja Pinarello de su abuelo, con la que casi acaba empotrado en la pared de un bar de Balmaseda, al no darle tiempo a sacar las calas del pedal. Pero fue suficiente. En sólo un día, el gusanillo ya lo llevaba dentro.

 

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A Iñigo nunca le faltaron victorias. Empachado de ellas en juveniles, Juanjo Oroz se interesó por él para que corriera en Lizarte, el equipo amateur que dirigía. “Es que me voy a quedar en la Fundación Euskadi”, le dijo Iñigo, con cierto temor en decepcionar a Juanjo, que, desde un principio, se había interesado por él. “Has hecho bien, así estarás más cerca de casa”, le respondió ante su sopresa.

Así era Juanjo. Un tipo empático. Conciliador. Capaz de gestionar personas. De hacer grupo. Un año después, cuando Iñigo decidió dejar la Fundación para seguir su trayectoria en Lizarte, descubrió que, con Lizarte, un equipo podía llegar a ser una familia. Con Juanjo sentía que podía levantar su ánimo cuando las cosas no salían bien. “Mira Iñigo, en la cabeza tenemos 100 soldaditos. Si cada uno de ellos piensa en una cosa nos dispersamos y eso no debe de ser así. Aúna tus 100 soldaditos en una sola cosa”, le repetía.

 

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En 2018 se proclamó campeón de España en ruta sub-23. Foto: RFEC

 

 Con Juanjo supo salir delante de toda aquella situación adversa que se le presentaba. Sobre todo cuando, en aquel Giro sub23 de 2018, se quería ir a casa. “Es que no sé qué hago aquí”, le dijo, hastiado de llegar a meta en el grupo trasero. Dos semanas antes, en una carrera en Beasain sufrió una grave caída. Magullado, estuvo una semana sin poder tocar la bicicleta pero, la semana siguiente, pidió a Oroz acudir a Italia. Aun con secuelas de la caída, los primeros días, sufrió lo indecible por poderse mantener en el pelotón. Su meta, era la estela del penúltimo corredor.

Tras una de las etapas, ante las bromas de uno de los auxiliares sobre sus penurias, Iñigo bromeó sobre su situación: “Soy como los leones, meo mi territorio para que nadie lo toque, y este ahora mismo es la cola del pelotón”. Ante las risas de sus compañeros decidieron bautizarle como “El León” de Zierbena.

A cambio, llegaron días dorados. El más bonito, aquel en el que consiguió cruzar en primer lugar la línea de meta del Memorial Valenziaga. La carrera más deseada por cualquier corredor amateur en España. Nada más cruzar la pancarta de llegada, Manolo Azkona, gestor del Lizarte, le abrazó entre lágrimas. Para agradecerle que, por fin, un corredor de su equipo pudiera triunfar allí.

 

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En 2019 conquistó el prestigioso Memorial Valenciaga. Foto: Photo Gomez Sport

 

Sus resultados no hacían más que avalar el interés que el equipo por referencia del pelotón español ya había rubricado. Un año antes, Eusebio Unzue, Mánager de Movistar Team, tuvo un encuentro con Iñigo. Le dijo que le quería en su equipo. Pero con una condición. Que no tuviera prisa por hacer las cosas bien. Eusebio era un tipo de los que les gustaban los ciclistas a fuego lento. Por eso, incluso sorprendió al propio representante de Iñigo. “Ya sé que debería darle los dos años que pedís, pero yo prefiero ofrecerle tres”, zanjó.

Además, el contrato se hizo por adelantado. Se firmó para 2020 pero Iñigo correría en Lizarte durante 2019, para que se centrase en ayudar a sus compañeros. En no tener prisas por llamar la atención de nadie. En entrenar como un profesional porque, con un año de antelación, lo iba a ser.

Lo que nadie le dijo era que, su debut en profesionales, no iba a ser el que se hubiera imaginado jamás.

 

Aquí puedes leer la 2ª parte de "Iñigo Elosegui: el retrato de Momeñe"​

 

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