Iñigo Elosegui: el retrato de Momeñe (2ª Parte)

Tras destacar como amateur en las filas del Equipo Lizarte, Elosegui -uno de los jóvenes más prometedores del ciclismo español, y nieto de José Antonio Momeñe, 4º en el Tour´1966- ha dado el salto a profesionales esta temporada con el Movistar Team. Esta es su historia.

Iñigo Elosegui durante la pasada Clásica de Almería. Foto: Photo Gomez Sport
Iñigo Elosegui durante la pasada Clásica de Almería. Foto: Photo Gomez Sport

Aquí puedes leer la 1ª parte de "Iñigo Elosegui: el retrato de Momeñe"

 

Lo que nadie le dijo a Iñigo era que, su debut en profesionales, no iba a ser el que se hubiera imaginado jamás.

Cuando Iñigo fue oficialmente presentado como corredor de Movistar, no sólo fue recibido por la voz calmada de Eusebio, explicándole que no debía de tener prisa por ser un gran corredor. Fichar por el equipo significó que, a pesar de su juventud, de ser un novato, ningún otro corredor le iba a castigar con la prepotencia que, en unas normas no marcadas, rigen el ciclismo como un deporte de galones.

 

Elosegui, abajo en el centro, junto al resto de debutantes en el Movistar Team 2020
Iñigo Elosegui, abajo en el centro, junto al resto de debutantes en el Movistar Team 2020. 

 

Desde un primer momento, Carlos Verona, en la primera concentración de su equipo, le abrió las puertas de su forma de ser. En la sauna de aquel hotel de Navarra donde el equipo se concentró por primera vez aquella temporada, Carlos le ofreció su cercanía. Sus consejos. Su empatía, quizás recordando como el también recaló en el Quick Step cuando sólo era, como él, un veinteañero.

Un día se fue de excursión con su primo a la Ruta del Cares, en Asturias. Sabiendo que Jurgen Roelandts le contó una vez que la familia de su mujer era de allí, le envió una foto al ascender el Naranjo de Bulnes, para que supiera que había ido. Ante su sorpresa, Jurgen le dijo que se encontraba por la zona, y que podían quedar para tomar un café más tarde, cuando bajaran al pueblo más cercano. Él, que tan sólo era un neoprofesional, robándole tiempo a todo un clasicómano, de reconocido nivel mundial. Sin más protocolos que la sencillez de un rato juntos en un viejo bar de la zona.

Por eso, su debut en la Vuelta a San Juan no le robó ni un minuto de sueño. Había esperado tanto ese momento, le habían facilitado tanto portar aquel dorsal los grandes hombres del equipo que su primera carrera sólo fue eso. Una carrera más. Allí, esforzado por apoyar a Sebastián Mora en los sprints filtró su silueta sin miedo a ser atropellado por la de los trenos de los grandes sprinters. Ni los zumbidos de la rueda de Sagan, ni la maquinaria del implacable UAE de Gaviria le amedrentaron. Por el contrario, le hicieron ver que, ese mundo, estaba hecho para él. Aunque, con una condición: Debía entrenar duro.

 

Iñigo Elosegui durante la Vuelta a San Juan
Elosegui durante la Vuelta a San Juan (Argentina), en la que debutó como profesional. Foto: EFE

 

Como periodo de aclimatación, el equipo decidió acudir una semana antes de la carrera, con la intención de salira a rodar por las mañanas, con temperaturas que, al regresar, ya rondaban los 40 grados. Tras cada entrenamiento, a la llegada al hotel. Iñigo estaba reseco. Aturdido. Pero, para su sorpresa, los hombres del Bora o del Deceuninck, que habían salido a rodar antes que ellos, aún no habían regresado al hotel. Por eso, de pronto, recordó la imagen de su abuelo cuando merendaba en su casa. Frente al televisor. Las arrugas de la frente, prematuramente exprimida por un sacrificio que nunca relató a su nieto. Eso era el ciclismo.  

Sin embargo, un mes después, en otro continente, su sueño tornaría en pesadilla. Tras la disputa de la quinta etapa del UAE Tour, mientras trataba de conciliar el sueño en un hotel de Abu Dabi, Dario Cataldo, su compañero de habitación, se levantó al escuchar el timbre de la habitación. “No puede ser, no puede ser”, respondió. Al otro lado de la puerta, Jacobo, jefe de prensa del equipo, y “Txente” García Acosta, uno de los Directores, trataban de explicar a Darío que en el pelotón se habían dado dos casos de positivo en Covid-19 y que ahora todos los equipos debían pasar por un control.

La angustia de Iñigo se hizo patente por segundos. A pesar de que Cataldo trató de tranquilizarle, sólo pensar que, si él o alguien del equipo daba positivo, deberían permanecer en cuarentena allí, en un hotel, tan alejado de su casa. Sin nada que hacer. Sin su familia. Eso le angustiaba.

 

Iñigo Elosegui UAE Tour
Iñigo corrió el UAE Tour, carrera abruptamente interrumpida por el coronavirus. Foto: Bettini Photo  

 

Fueron días de tensa espera masticada en el balcón de una terraza de un gran hotel donde Alejandro Valverde, todo un campeón del Mundo y referente del equipo, les explicaba a él y a Cataldo qué coches de los que tenían enfrente eran los que más posibilidades tenían de vencer en la prueba de Fórmula Uno que cada año se celebraba en el circuito que tenían a pocos metros de distancia. La relajación de su jefe de filas fue la dosis de calma que vació su ansiedad hasta que los médicos confirmaron que nadie había sido contagiado por el virus. Que podían volver a casa.

Una brisa de aire empuja los dibujos de Iñigo al otro lado de la mesa apartando instantáneamente a Iñigo de sus recuerdos. Sorprendido, al cerrar la ventana de su habitación, no puede evitar observar de nuevo Punta Lucero. Esculpido en tonos verdes que bañan los caminos que trepan por su ladera y que conducen a las grutas que él y sus amigos descubrieron de niños.

La espera con su presencia frente a su ventana es más plácida. Además, así tiene más tiempo de poner en práctica los consejos sobre dibujo que le ha enseñado Cataldo, que también es un apasionado. Pronto podrá hablar con su compañero en su propio idioma. Apasionado de las lenguas, ya habla cuatro y pronto serán más. El japonés empieza a absorberle más tiempo del que debiera.

No hay prisa por volver a la carretera. Eusebio nunca se la ha pedido. La única presión, es la propia. La generada por su mala costumbre de darle vueltas a los fallos. Ahora no los hay. Tan sólo debe dar pequeños pasos para seguir justamente los de su abuelo. Aunque éste nunca le pidiera seguir su estela. Tal vez, si estuviera presente, se alegraría de que su nieto se haya empeñado en ser su vivo retrato.

 

inigo elosegui

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