Oier Lazkano, el silencioso estudiante del ciclismo

A sus 21 años, el vitoriano del Caja Rural-Seguros RGA no deja de aprender y sigue creciendo a pasos agigantados. Hace unos meses estrenó su palmarés profesional en la Volta a Portugal.

Oier Lazkano en una imagen del Circuito de Getxo 2020. Foto: Photo Gomez Sport
Oier Lazkano en una imagen del Circuito de Getxo 2020. Foto: Photo Gomez Sport

“¿45 segundos? ¡No me mientas!”, jadeó. Aquella afirmación aún le hace reír. No tanto el paisaje que se ha encontrado al abrir las persianas.  Altea, el pueblo alicantino que brilla entre arena y sol todo el año, hoy ha amanecido bajo un manto blanco. “Bueno, está España entera así, habrá que esperar”, razona para sí mismo. Oier es un tipo pausado. Siempre tendente a elegir el camino del medio. Donde no se encuentran ni los malos ratos ni la alegría desbordada. Tan sólo la senda de la lógica pausada, del trabajo que se hace en silencio. 

Por esa vía decidió hacer ciclismo. Por lógica. Si se le daba bien no se iba a quedar en casa jugando a la consola. Su propio impulso le llevó, en 2019, a conseguir importantes resultados en el campo aficionado con su equipo, el Caja Rural-Seguros RGA. Así, en mayo de aquel año, cuando le dijeron que le iban a probar como stagiaire en el equipo profesional, se lo tomó como si hubiera aprobado otro examen en su carrera como ciclista. No fue un premio a los sacrificios de un adolescente. Al menos no para él. En su opinión, el que trabaja en una oficina ocho horas también los hace. Simplemente, unos esfuerzos abren unas puertas y cierran otras. Enseñanza del camino del medio.

2019 brillante victoria oier lazkano santikutz klasika
Lazkano destacó en el campo aficionado. En la imagen celebra su victoria en la Santikutz Klasika 2019. Foto: Caja Rural-Seguros RGA 

Le llevaron a correr las clásicas italianas que cierran el año. No consiguió terminar casi ninguna, pero no le preocupó lo más mínimo. Era lo normal. Tan sólo tenía 20 años. Lo que quería era ver de cerca el mundillo que había visto por la tele, nada más. Ver en qué nivel estaba el resto y cuanto le faltaba a él. Decidió que, para ser profesional, tan sólo debería entrenar duro. Era rodador, así que la intensidad la ganaría con los kilómetros. Lo de subir puertos era otro cantar. Y en el equipo confiaban en él. Tanto que, en 2020, le ofrecieron firmar su primer contrato como miembro de la primera plantilla.

Su actitud, tan campechana como racional, le ha regalado una visión particular del ciclismo. Sin ídolos a los que mirar de reojo con recogida admiración en el pelotón, sus referentes son sus compañeros. Por una simple razón: Porque saben más que él. Su experiencia les avala. Sobre todo la de Jonathan Lastra. La miseria que arrastra en cada Vuelta a España en la que participa le genera la curiosidad del alumno que escruta a su profesor durante una clase. Sus gestos. Sus énfasis. Sus pausas. Para él, la vivencia de un compañero es mucho más jugosa que compartir pelotón con grandes estrellas. Aunque, a veces, el ídolo puede hacerse compañero.  Hace poco conoció a Alejandro Valverde en una concentración con la Selección Nacional. El "Bala" se fijó en el único chico que no conocía, y le dedicó un ratito. Pero Oier le exprimió a miradas durante días, sin que el murciano se percatase. Escrutándole cada pedalada. Por que si Valverde era el mejor, tenía toda la lógica estudiarle.

Aunque en su equipo, cualquiera tiene una historia más que él para contar. Aunque, las suyas, van muy avanzadas para su edad. A ninguno de sus directores se le escapa que su pupilo crece a pasos agigantados. Sin hacer más ruido que el que provoca su risa, tan socarrona como erudita. Enseñanza de campo. Hace meses, Oier se tomó la cuarentena como lo que tenía que ser. Una espera paciente. Estaba en Navacerrada, preparando la Itzulia. Resignado, se volvió a Vitoria y trabajó los días de confinamiento sin victimismo. Se compró un rodillo y comió sano. Eso fue todo. Relativizó. Más miseria pasaban algunas familias.

2021 Presentación oficial Lazkano
Oier Lazkano en una imagen reciente de la presentación del equipo para 2021. Foto: Caja Rural-Seguros RGA 

Tras la cuarentena, no hubo ninguna Itzulia que disputar, pero sí la Volta a Portugal. No tenía el mismo glamour. Ni la misma simbología. Pero era una asignatura obligatoria en su aprendizaje. Además, la ronda portuguesa le tenía preparada una sorpresa: le iba a sacar del anonimato.

“Hoy va a llegar la fuga”, le contaron en el hotel aquella mañana. Su corpulencia de rodador le otorgaba un papel importante en aquella etapa sin grandes cotas. Durante la primera parte dejó que los equipos portugueses hicieran y deshicieran numerosos intentos de fuga. Incluido uno en pleno avituallamiento. Oier se limitó a esperar su momento, encontrado junto a un grupo numeroso cerca de Bigome, un puerto de segunda categoría tan largo como tendido. Sin embargo, cuando su fuga iba a ser neutralizada, decidió apostar por su propio esfuerzo. Por su propia experiencia. Tras el descenso del puerto debía rentabilizar tres minutos durante sesenta kilómetros. Analizó que sufriría sin premio, pero había que intentarlo.

Su mente decidió aplicar la resistencia agónica de Jonathan Lastra. Su mirada, el corto plazo, justo aquel que abarcaba su cuenta-kilómetros y la rueda delantera. Sus piernas, largas y robustas, se batieron constantes al son del tacto rugoso de aquella carretera que parecía no querer terminar nunca. A falta de tres kilómetros, cuando la extenuación le pedía entregarse de una vez, preguntó al coche de equipo que seguía sus pasos cuanto quedaba para que le neutralizasen. “45 segundos”, le cantaron. “¿45 segundos?¡No me mientas!”, balbuceó de manera inconsciente.

2020 oier lazkano volta portugal
En la pasada Volta a Portugal, en septiembre, Lazkano estrenó su palmarés profesional. Foto: Caja Rural-Seguros RGA 

Aquel día cruzó la línea de meta con la única sensación de alivio que supone dejar de sufrir. Ajeno a la heroicidad. Sin la estética lírica del ciclista que se recrea con la victoria. Cruzó la meta ladeado y con un sólo brazo en alto, haciendo insípido el placentero sabor de una victoria. Ya en el hotel, apenas miró su móvil. Su instinto le decía que hiciese como sus compañeros. Masaje, cenar y a la cama. Porque, al día siguiente, nadie le iba a esperar. Y tendría que subir los puertos de la etapa reina igual que el resto, con el añadido de arrastrar aquellas extrañas agujetas en el cuello con las que se despertó al día siguiente, provocadas por la respiración tan cercana al límite de su esfuerzo que acompañó su pedaleo hasta el final.

Tras la ventana la playa de Altea le mira camuflada en una luz brillante y blanca. “Parece que mañana el tiempo dará una tregua”, escucha de un compañero. Una vez más, la paciencia que dicta el camino del medio le ayuda a relativizar los contratiempos. Ningún día está perdido si se puede sacar su enseñanza y él, en la planta baja de aquel hotel, tiene a todo un equipo a su disposición. El método del silencioso estudio del ciclismo.

 

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